El panorama empresarial afrontará una mayor incertidumbre en el período posterior a la COVID.
Las empresas deben vigilar tres factores de riesgo: el político, el tecnológico y el social.
La pandemia ha demostrado la importancia de la colaboración entre los sectores público y privado.
Durante el último año, el panorama empresarial se ha vuelto mucho más precario debido a la prolongada incertidumbre y confusión en torno a las respuestas a la pandemia, los desafíos del despliegue de las vacunas y las variantes emergentes del virus, así como a los efectos indirectos en otros riesgos.
Las empresas han tenido que gestionar crisis económicas y sanitarias simultáneas, que han impulsado nuevos protocolos de interacción con empleados y clientes, el trabajo a distancia a una escala sin precedentes, la reconfiguración de las cadenas de suministro y numerosas quiebras, consolidaciones y alianzas creativas.
Estos acontecimientos y las perspectivas de riesgo a largo plazo llevan a las empresas a preguntarse cómo prepararse para lo que pueda venir. Su principal preocupación es sobrevivir y desarrollar resiliencia. Y no solo frente a los efectos persistentes de la pandemia y su posicionamiento competitivo, sino también ante los ciberataques desatados recientemente, los fenómenos climáticos catastróficos y los disturbios sociales que exigen cambios en el lugar de trabajo y en las comunidades.
Aunque muchas empresas han innovado y se han adaptado a circunstancias que cambian rápidamente —y han ganado cuota de mercado en el proceso—, no todas lo han hecho. Tampoco todas se beneficiarán de la recuperación económica prevista. Las empresas deben prepararse para una reorganización caótica durante este volátil período de recuperación. Además, tendrán que reforzar y revisar constantemente sus estrategias de mitigación de riesgos para mejorar su resiliencia ante futuras perturbaciones.

La disrupción está en todas partes
La industria se enfrenta a disrupciones desde todos los frentes. Los líderes deben vigilar de cerca tres factores críticos de riesgo: el político, el tecnológico y el social.
En el ámbito político, las empresas deben estar atentas a las distintas trayectorias de los paquetes de estímulo y a cómo podrían favorecer a determinados sectores o tipos de empresas, así como a la disponibilidad de crédito. Las pequeñas y medianas empresas, muy golpeadas durante la pandemia, también podrían encontrar adverso el ciclo de recuperación. Solo en Estados Unidos, cerró el 43 % de las microempresas y pequeñas y medianas empresas (mipymes) entre enero y abril, y muchas otras aún corren el riesgo de cerrar definitivamente.
Muchos gobiernos también se están inclinando cada vez más hacia el proteccionismo para crear economías más autosuficientes y sostenibles. En parte, como respuesta a la COVID-19, durante la cual los cierres de fronteras, los confinamientos y las restricciones a las exportaciones asfixiaron las cadenas de suministro extendidas, las empresas deben vigilar los cambios en las políticas nacionales centradas en la seguridad y la autosuficiencia. Estas políticas podrían obstaculizar el acceso al talento extranjero y a la inversión, así como las futuras oportunidades de fusiones y adquisiciones.
Los factores tecnológicos también están acelerando la transformación y disrupción del panorama empresarial. La pandemia desencadenó una revolución tecnológica sin precedentes para empresas grandes y pequeñas. La rápida digitalización transformó de la noche a la mañana las interacciones sociales y laborales. El comercio electrónico, las videoconferencias, los videojuegos y el streaming experimentaron un crecimiento sin precedentes. Se calcula que el uso de Internet en todo el mundo en 2020 aumentó un 30 % mientras que el comercio electrónico creció más de un 20 %.
Esta rápida digitalización también ha aumentado exponencialmente la exposición de las empresas a riesgos cibernéticos y ha creado redes más complejas y potencialmente menos seguras. El Informe de Riesgos Globales 2021, de hecho, señala las deficiencias de las medidas de ciberseguridad como uno de los principales riesgos a corto plazo. Y a lo largo de 2020 vimos un aumento de los ciberataques contra organismos gubernamentales y empresas de todo el mundo; muchos aprovecharon la crisis de la COVID-19 para infiltrarse en las redes. A escala mundial, el volumen de ataques se duplicó entre el segundo semestre de 2019 y el primero de 2020.
Este cambio monumental podría generar riesgos potencialmente catastróficos a largo plazo. La precipitada carrera hacia la automatización, en respuesta a la necesidad de aumentar la eficiencia y reducir la mano de obra presencial, puede exponer a las empresas a riesgos financieros y éticos imprevistos, sobre todo ante consumidores y trabajadores más comprometidos con causas sociales, preocupados por la pérdida de empleos y dispuestos a llevarse su talento a otra parte.
Los factores sociales también están ejerciendo una presión real sobre la industria. Las empresas se enfrentan a un mayor escrutinio social de sus prácticas, en particular en relación con los aspectos ambientales, sociales y de gobernanza del desempeño empresarial (ASG) y el cambio climático. Estas preocupaciones prioritarias también se reflejan en el Informe de Riesgos de este año, en el que los riesgos ambientales dominan el cuadrante de alta probabilidad y alto impacto del panorama de riesgos.
Ahora más que nunca, los consumidores, los empleados y los inversores esperan que las empresas reflejen sus valores. Esto quedó patente cuando se manifestaron los efectos sanitarios, sociales y económicos a largo plazo de la pandemia, así como en la respuesta a movimientos mundiales por la justicia social, como Black Lives Matter (BLM). Por ejemplo, el verano pasado, en el punto álgido de las protestas de BLM, miles de empresas dejaron de anunciarse en las redes sociales. Están surgiendo riesgos para los ingresos, la reputación y, en última instancia, el valor a largo plazo relacionados con la diversidad de los empleados, la seguridad laboral y la remuneración justa; la externalización, el trabajo por encargo y la contratación; y la acción climática.

Transformaciones del lugar de trabajo y la salud
La pandemia ha transformado las necesidades y demandas de los trabajadores y los lugares de trabajo, ya sea en oficinas corporativas o domésticas, instalaciones de fabricación, tiendas, hospitales, centros de distribución o medios de transporte. La mayor experiencia con el trabajo a distancia y los horarios flexibles está cambiando las expectativas sobre cómo, cuándo y dónde trabajarán los empleados. Esto pone a prueba la capacidad de las empresas para mantener su cultura, creatividad e identidad corporativas, así como la motivación de sus empleados.
Esto también tiene importantes repercusiones para la salud y el bienestar de los empleados y de la sociedad en general. Las empresas pueden sufrir pérdidas de productividad y deben gestionar con más cuidado los desafíos relacionados con la seguridad y la protección de los empleados. Esto fue sin duda cierto en los primeros días de la pandemia, cuando las encuestas mostraron que el 55 % de los empleados eran menos productivos y estaban menos comprometidos debido al trabajo a distancia.
En un plano social más amplio, la persistente crisis mundial de salud mental, agravada por la pandemia y los confinamientos asociados, ha tenido efectos asombrosos. La pérdida de escolarización, los cambios en las condiciones laborales, la pérdida de empleos, el aislamiento y la recesión económica han expuesto a personas de todas las edades a mayores tasas de depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático y pérdida de productividad. El costo del deterioro de la salud mental podría ascender a 1,6 billones de dólares durante los próximos 10 años solo en Estados Unidos.
Responder a riesgos verdaderamente mundiales
Más allá de los desafíos de salud pública de la crisis actual, los gobiernos, los organismos internacionales y las empresas han tenido dificultades en múltiples frentes para responder a este riesgo mundial.
Todas las organizaciones pueden aprender mucho del último año. Sin embargo, en lugar de prepararse para la última crisis, deberían buscar lecciones transferibles que puedan aplicarse a distintas amenazas emergentes y complejas.
Pensemos en lo que se logró cuando los sectores público y privado aunaron esfuerzos durante la crisis. Vimos:
· El desarrollo y la distribución rápidos y sin precedentes de múltiples vacunas.
· La adaptación de las cadenas de suministro y los procesos de fabricación para desarrollar equipos de protección personal y material médico esencial.
· La capacidad de pasar al trabajo a distancia y a nuevas formas de trabajar incluso en las industrias más reguladas.
Esta capacidad de actuar con un propósito único debe institucionalizarse: la búsqueda de resiliencia nacional y mundial trasciende a cualquier organización y a cualquier riesgo.
Es esencial ampliar la colaboración en toda la sociedad —entre los sectores público y privado, las comunidades y las ONG—. Esto implicará desarrollar programas de estímulo que incentiven esfuerzos de recuperación sostenible, incluidos proyectos de infraestructura verde y energía limpia. También requerirá alianzas entre los sectores público y privado para mejorar las competencias de los trabajadores ante el auge de la economía digital. Y debería impulsar la creación de nuevos mecanismos de seguros frente a pandemias y riesgos emergentes que puedan ayudar a estabilizar las empresas durante crisis prolongadas.
Para desarrollar y mantener la resiliencia, es importante que las empresas vigilen los acontecimientos potencialmente muy impactantes a corto plazo y el panorama a más largo plazo. Y que estén preparadas para responder con eficacia, creatividad y colaboración. Esto es vital para que las empresas y la comunidad mundial puedan sortear de manera sostenible los riesgos y oportunidades que se avecinan, reforzar su resiliencia ante futuras perturbaciones y avanzar hacia la prosperidad a largo plazo.




