La COVID-19 ha puesto de manifiesto la dependencia de la sociedad de la conectividad digital, a la vez que ha dejado al descubierto las desigualdades de acceso de los países en desarrollo.
La industria tecnológica se encuentra en una posición única para ampliar el acceso digital a través de soluciones de almacenamiento en la nube basadas en 5G, que podrían reducir significativamente el coste de los dispositivos.
La Alianza Edison, una iniciativa conjunta de Verizon y el Foro Económico Mundial, tiene como objetivo priorizar la inclusión digital en todo el mundo.
El último año ha ilustrado con crudeza lo crucial que se ha vuelto la conectividad digital en la vida de personas de todos los niveles de ingresos, en países de todo el mundo.
No hace mucho tiempo, el acceso a internet de alta velocidad se consideraba un “complemento deseable” para las personas acomodadas y la élite tecnológica. La COVID-19 lo ha convertido en algo imprescindible para cada vez más personas: un salvavidas para el trabajo, la escuela y las relaciones sociales a distancia, e incluso para las consultas de atención sanitaria.
Es poco probable que este estilo de vida hiperconectado desaparezca con la llegada de las vacunas contra el coronavirus. Para empezar, sería un error pensar que este será el último confinamiento masivo de nuestra vida. El cambio climático está cargando los dados a favor de fenómenos meteorológicos extremos y patógenos transmisores de enfermedades, cualquiera de los cuales podría, según las circunstancias, obligarnos de nuevo a refugiarnos con nuestros teclados y pantallas.
Pero incluso sin tales escenarios, parece probable que el trabajo desde casa, la educación a distancia y los demás arreglos que todos hemos improvisado durante la pandemia alteren para siempre la forma en que realizamos algunas de las funciones básicas de la vida. Ya esperábamos la llegada de una sociedad más digitalizada; la COVID-19 simplemente ha acelerado el calendario.
Además, todo esto coincide con la aparición de las redes inalámbricas 5G y el acceso masivo al almacenamiento y la computación en la nube. Esta combinación de conectividad extremadamente rápida, enorme potencia de cálculo y capacidad de almacenamiento prácticamente infinita, todo ello literalmente en la palma de la mano, marca un momento decisivo en la relación de la humanidad con su propia tecnología.
La industria tecnológica tiene un papel único que desempeñar
También debería ser un punto de inflexión en la relación de la tecnología con la humanidad. En la industria tecnológica debemos afrontar el hecho de que nuestro sector se asocia habitualmente —a menudo injustamente, aunque quizá con más justicia de la que nos gustaría reconocer— con la ampliación de las brechas en nuestras sociedades. Brechas entre ricos y pobres; entre las naciones acomodadas y el llamado mundo “en desarrollo”; entre lo urbano y lo rural; entre quienes tienen títulos educativos avanzados o de élite y quienes no; entre el propio sector tecnológico y el resto de la economía.
Si alguna vez hubo un momento para que la tecnología cambie esta narrativa y reoriente el curso de su propia historia, es este. Algunos podrían pensar que la tecnología es el último lugar en el que buscar avances significativos en la igualdad social, pero la llegada del 5G y de tecnologías afines ofrece una oportunidad única en una generación para precisamente esos avances, desde precisamente ese lugar.
Debemos partir del principio de que nuestra industria se encuentra en una posición única para ofrecer a las personas las herramientas que necesitan para relacionarse con sus propias comunidades, acceder a perspectivas más amplias y (en el lenguaje de la psicología popular) convertirse en su mejor versión. Debemos asumir nuestro papel en el cumplimiento de esta promesa de la forma más equitativa, abierta e inclusiva posible. Y debemos reflejar ese compromiso en todo lo que hacemos.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para garantizar el acceso a internet para todos?
Aumentar el acceso digital para reducir las desigualdades
La buena noticia es que hoy contamos con una base razonable para esas aspiraciones de inclusión digital. Solo en la última década y media, la proporción de la población mundial con acceso a internet ha crecido considerablemente, del 17 % a más del 50 %, según las Naciones Unidas y la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
Sin embargo, esta alentadora cifra oculta amplias diferencias y desigualdades persistentes. La proporción de personas con acceso a internet supera el 80 % en Europa, pero es inferior al 30 % en África. Además, existen marcados desequilibrios de género en el acceso dentro de muchos países.
Reducir estos desequilibrios, tanto entre países como dentro de ellos, debe ser una prioridad máxima para nuestra industria. Tenemos todo tipo de incentivos (algunos, es cierto, bastante interesados, y otros menos evidentemente) para hacer realidad esto.
Existe un consenso mundial creciente a favor de esta acción. El 28 de enero de este año, el Foro Económico Mundial anunció la Alianza EDISON, una iniciativa sin precedentes para fomentar el acceso digital y la inclusión en todo el mundo. Dirigida por el presidente y consejero delegado de Verizon, Hans Vestberg, esta colaboración público-privada llama la atención sobre el papel fundamental que la conectividad puede desempeñar para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Se están derribando las barreras de la tecnología excluyente
Un gran aliado en este esfuerzo será la evolución de la economía del acceso tecnológico. En pocas palabras, la tecnología se está abaratando al tiempo que se vuelve más potente.
Es una combinación asombrosa, y aquí tenemos solo un ejemplo de cómo funciona. Uno de los avances tecnológicos que hace posibles el 5G es la denominada computación en el borde móvil, o MEC. En esencia, MEC consiste en proporcionar capacidad de almacenamiento en la nube en el borde de la propia red.
Con tanta capacidad de almacenamiento disponible en la red, dispositivos como portátiles, tabletas y teléfonos pueden ser más pequeños y baratos; al fin y al cabo, ya no necesitan almacenar mucha capacidad, pues la red se encarga de ello. Bienvenidos a la era del “cliente ligero” superpotente, el dispositivo de bajo coste y funcionalidades básicas que reúne una capacidad de cálculo que antes solo estaba disponible en mainframes del tamaño de una habitación.
Al trasladar el cálculo y el trabajo pesado fuera del dispositivo y situarlos en el borde de la red, podemos transformar las gafas de realidad virtual de juguetes de lujo de 1.500 dólares en portales de consumo masivo de 100 dólares hacia nuevos mundos de educación, entretenimiento y exploración.
Las implicaciones potenciales de este cambio son extraordinarias. Una de las principales prioridades filantrópicas de nuestra empresa es Verizon Innovative Learning, que busca proporcionar tecnologías de red de alta velocidad a distritos escolares con pocos recursos de todo Estados Unidos. La llegada de MEC amplía enormemente el potencial de un esfuerzo de este tipo.
Hoy es factible imaginar distritos de bajos ingresos que ofrezcan a los estudiantes (y a sus familias) acceso a un nivel de capacidad de cálculo que hace unos años solo habría estado disponible en las grandes universidades de investigación con dotaciones de miles de millones de dólares.
Pero una democratización tan radical del acceso a la tecnología no se producirá por sí sola. En la industria tecnológica debemos ser muy intencionados a la hora de maximizar el potencial de nuestros productos y servicios para derribar barreras y combatir la desigualdad.
Para muchos, nuestro sector se ha vuelto prácticamente sinónimo de niveles crecientes de disparidad social y económica. Ahora tenemos una oportunidad extraordinaria de crear una nueva historia, tanto para nosotros mismos como para el mundo que nos rodea. La historia, y nuestros propios clientes, nos juzgarán por nuestras decisiones.





