Un estudio de Yale ha contribuido a esclarecer cómo las personas eligen los alimentos.
Su estudio consistió en evaluar cómo las moscas de la fruta deciden qué alimentos comer, es decir, si dan prioridad a la ingesta calórica o al sabor.
Comprobaron que cuanto más hambrientas están las moscas, más probable es que toleren el sabor amargo para obtener más calorías.
El sistema de recompensa tanto en el cerebro de una mosca como en el de una persona está regulado por el mismo sistema.
La neuroquímica puede, en ocasiones, dictar las elecciones alimentarias que las personas creen tomar de forma consciente.
Las moscas tienen un gusto muy selectivo. Como un gourmet que examina una carta, dedican gran parte de su tiempo a buscar calorías nutritivas y dulces, y a evitar los alimentos amargos y potencialmente tóxicos. Pero ¿qué ocurre en su cerebro cuando toman estas decisiones alimentarias?
Los investigadores de Yale descubrieron una forma interesante de averiguarlo. Las engañaron.
En un estudio que también podría contribuir a esclarecer cómo las personas eligen los alimentos, los investigadores ofrecieron a moscas de la fruta hambrientas la posibilidad de elegir entre un alimento dulce y nutritivo, mezclado con quinina amarga, y otro menos dulce, pero no amargo, con menos calorías. Después, mediante neuroimagen, siguieron la actividad neuronal de su cerebro mientras tomaban estas difíciles decisiones.
Entonces, ¿quién ganó? ¿Las calorías o el mejor sabor?
«Depende de lo hambrientas que estén», afirmó Michael Nitabach, profesor de fisiología celular y molecular, genética y neurociencia en la Facultad de Medicina de Yale y autor principal del estudio. «Cuanto más hambrientas están, más probable es que toleren el sabor amargo para obtener más calorías».
Sin embargo, según el estudio publicado el 5 de julio en la revista Nature Communications, la respuesta real a cómo toman estas decisiones las moscas es algo más compleja.
Según el equipo de investigación, dirigido por Preeti Sareen, científica investigadora asociada de Yale, las moscas transmiten la información sensorial a una parte de su cerebro denominada cuerpo en forma de abanico, donde se integran las señales, lo que desencadena lo que equivale a la versión insectil de una decisión ejecutiva. Los investigadores comprobaron que los patrones de actividad neuronal en el cuerpo en forma de abanico cambian de manera adaptativa cuando se introducen nuevas opciones alimentarias, lo que determina la decisión de la mosca sobre qué alimento comer.
Pero los investigadores fueron más allá. Y las cosas se volvieron aún más extrañas. Descubrieron que podían cambiar la elección de una mosca manipulando neuronas en áreas del cerebro que se conectan con el cuerpo en forma de abanico. Por ejemplo, cuando provocaron una disminución de la actividad de las neuronas implicadas en el metabolismo, observaron que las moscas hambrientas elegían el alimento con menos calorías.
«Es un gran bucle de retroalimentación, no solo una toma de decisiones de arriba abajo», afirmó Nitabach.
Y aquí es donde existen conexiones con las elecciones alimentarias de los humanos, afirmó. La actividad neuronal tanto en el cerebro de una mosca como en el de una persona está regulada por la secreción de neuropéptidos y del neurotransmisor dopamina, que en los humanos ayuda a regular las sensaciones de recompensa. Los cambios en esta red pueden alterar la forma en que el cerebro responde a distintos tipos de alimentos. En otras palabras, la neuroquímica puede, en ocasiones, dictar las elecciones alimentarias que creemos estar haciendo de forma consciente.
«El estudio proporciona una plantilla para comprender cómo factores como el hambre y los estados emocionales internos influyen en nuestro comportamiento», afirmó Nitabach.
Sareen y Li Yan McCurdy, estudiante de posgrado en la Facultad de Medicina de Yale, son coautores del artículo.



