Al comer tu próxima comida, pregúntate si realmente sabes lo que estás comiendo: no solo los ingredientes o de dónde proceden, sino también lo que se ha empleado para producirlos. ¿Cuánta tierra se necesitó? ¿Cuánta agua se utilizó? ¿Cuánta energía se requirió? Debemos hacernos estas preguntas, porque la forma en que producimos, consumimos y, lamentablemente, desperdiciamos alimentos supone una enorme amenaza para nuestro futuro.
La edición de 2018 del Informe Planeta Vivo del WWF acaba de publicarse, y las noticias no son buenas. El Índice Planeta Vivo muestra una disminución media del 60% en el tamaño de las poblaciones de especies de vertebrados entre 1970 y 2014. La causa principal, junto con la sobreexplotación de nuestros recursos, es el sistema alimentario.
El sistema alimentario es el mayor usuario de tierra del planeta, pues ocupa el 34% de la superficie terrestre. Nuestra incesante búsqueda de más alimentos está menoscabando la capacidad del planeta para sostenerse. La producción de cultivos como la caña de azúcar, la soja y el aceite de palma ha provocado directamente la tala del 40% de las tierras que antes estaban cubiertas de bosques en todo el mundo. El sistema alimentario también utiliza el 69% de toda el agua dulce. La búsqueda de productos básicos populares está agotando los acuíferos y privando a las comunidades de fuentes tradicionales de agua, como ocurre en Petorca (Chile), donde el cultivo de aguacate se ha disparado para satisfacer la demanda extranjera. El sistema alimentario es también el mayor emisor individual de gases de efecto invernadero, con alrededor del 25%.
Nuestra huella alimentaria crece, mientras desperdiciamos un tercio de todo lo que producimos. Sí, un tercio de los alimentos que cultivamos nunca llega a consumirse. Se pierden en las explotaciones agrícolas y en la cadena de suministro, o simplemente se tiran. No solo se desechan nutrientes o dinero, sino también el agua, la energía y la tierra que se emplearon para producir los alimentos.
Con la tierra transformada respecto a su estado natural y afectada negativamente por el cambio climático, el 75% de los ecosistemas terrestres del mundo se ven gravemente afectados por la degradación del suelo. Dentro de ese porcentaje, las tierras de cultivo representan el 18% de las tierras ya degradadas y el 20% de las que se están degradando. Y como las tierras que ya utilizamos para la agricultura tienen un rendimiento insuficiente, aumentamos la presión para convertir más hábitats.
Vinculada a la degradación de las tierras, la salud de nuestros suelos supone una amenaza mayor de lo que la mayoría imagina. Aproximadamente una cuarta parte de toda la vida en la Tierra existe bajo nuestros pies. Pero las malas prácticas agrícolas y el cambio climático están dañando este recurso vital. El laboreo excesivo, la falta de rotación de cultivos y el uso insostenible de insumos agrícolas han provocado conjuntamente que hayamos perdido el 30% de nuestra capa superficial del suelo en los últimos 150 años. Esta erosión no solo representa la desaparición de un hogar para numerosas especies, sino que también agrava el cambio climático. La disminución del carbono orgánico del suelo ha provocado la liberación de hasta 4.400 millones de toneladas de CO2 al año. En un círculo vicioso, las temperaturas cada vez más altas que experimentamos secan y degradan aún más los suelos, y los dejan a merced del viento.
La erosión del suelo no es la única forma en que nuestro sistema alimentario se devora a sí mismo. Las abejas y otros polinizadores, fundamentales para la seguridad alimentaria mundial, también están sometidos a una amenaza creciente. Aunque el 75% de los cultivos alimentarios mundiales se beneficia de la polinización, las prácticas agrícolas intensivas, junto con el cambio climático y las especies invasoras, han afectado drásticamente a la abundancia, la diversidad y la salud de los polinizadores.
Lo mismo ocurre con la pesca. La FAO ha calculado que solo la pesca y la acuicultura garantizan los medios de vida del 10-12% de la población mundial, y que 4.300 millones de personas dependen del pescado para obtener el 15% de su ingesta de proteína animal. Pero la pesca excesiva está diezmando nuestras reservas de peces, el 93% de las cuales están sobreexplotadas o en límites críticos.
Este panorama es desolador. Pero hay esperanza. Tenemos la oportunidad de transformar nuestro sistema alimentario. Podemos evolucionar hacia una nueva forma de producir, consumir y valorar los alimentos: Alimentación 2.0.
En primer lugar, como consumidores, podemos influir en la forma en que se producen los alimentos cambiando la manera en que comemos. Esto implica avanzar hacia dietas “equilibradas y mejores”, en las que consumimos una amplia variedad de alimentos producidos de forma sostenible. Serán diferentes en distintas partes del mundo, ya que dependen de lo que esté disponible. El enfoque debe centrarse en productos nutritivos, frescos y de proximidad. Ajustarse a las guías dietéticas nacionales es un objetivo en gran medida alcanzable. No solo es mejor para las personas, sino probablemente también para el planeta.
También debemos asegurarnos de que nada se desperdicie. Esto implica comprar, cocinar y servir de forma más inteligente. Esto también se aplica a las empresas. Las investigaciones de Champions 12.3 han demostrado que existe un argumento empresarial para la transformación del sector privado: por cada $1 invertido en prevenir el desperdicio de alimentos, las empresas pueden obtener un ahorro de hasta $14. Cada vez más empresas están corrigiendo sus prácticas derrochadoras, entre otras formas mediante la aplicación de la metodología WWF Hotel Kitchen de “medir-prevenir-desviar”.
Considerar nuestro sistema alimentario desde “del planeta al plato” exige mejorar los enfoques técnicos a nivel de explotación agrícola. Gestionando mejor las tierras agrícolas existentes, podemos restaurar la calidad del suelo, optimizar la productividad y devolver a la producción las tierras en desuso. Esto reduce la necesidad de convertir bosques, sabanas y manglares. Trabajando con el Fondo de Neutralidad en la Degradación de las Tierras, un fondo de inversión de impacto que combina recursos de los sectores privado, público y filantrópico, el WWF está identificando actualmente proyectos con mayor potencial de impacto en la productividad y en la reducción de presiones. También trabajamos codo con codo con agricultores, desde Paraguay hasta Zambia e Indonesia, para introducir una agricultura climáticamente inteligente, con diversificación de cultivos, rotación de cultivos e insumos sostenibles. Esto mejora mucho más que la salud del suelo: también mejora la seguridad alimentaria y los medios de vida.
Para proteger la biodiversidad, debemos adoptar una planificación y gestión a escala de paisajes y de paisajes marinos, a fin de mejorar la variedad y la conectividad de los hábitats. La inclusión de hábitats no agrícolas en los planes de gestión de tierras puede reducir al mínimo la pérdida de especies, aumentar las poblaciones y mejorar los servicios ecosistémicos. El WWF trabaja en varios paisajes y paisajes marinos clave, incluido el Cerrado en Brasil, que alberga el 5% de la biodiversidad mundial.
En este momento, el sistema alimentario está devorando nuestro mundo. Debemos introducir los cambios que nos devuelvan a una situación en la que el sistema alimentario nutra a todos: a las personas y al planeta. Si no transformamos el sistema, no podremos alimentar a todo el mundo. Peor aún, es posible que no tengamos planeta. Debemos aspirar a más. Las partes interesadas deben unirse y trabajar más estrechamente entre sectores, y con mayor urgencia, para integrar la toma de decisiones que protegerá nuestro planeta y logrará un nuevo pacto por la naturaleza y las personas.
La 14.ª Conferencia de las Partes (COP14) del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CBD) en Sharm el-Sheij, Egipto, en noviembre, podría ser nuestra oportunidad. Más de 190 países se reúnen en lo que se considera la conferencia más importante sobre la naturaleza. Esto nos ofrece una oportunidad sin precedentes. Desde ahora hasta 2020 puede ser un período decisivo en la historia. El momento de actuar es ahora.



