Un nuevo informe afirma que deberíamos gravar a quienes comen carne como a los fumadores

A worker prepares pork meat in a food truck in Sao Paulo, Brazil October 1, 2017. REUTERS/Paulo Whitaker
A new report has found that we may need to begin taxing meat consumption to help the environment.Image: REUTERS/Paulo Whitaker
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Conozca el impuesto a la carne

Comer demasiada carne y fumar afectan a la población tanto desde el punto de vista medioambiental como de la salud. La producción de carne degrada el medioambiente al liberar emisiones de gases de efecto invernadero y consumir una cantidad desproporcionada de tierra y agua por unidad de proteína, mientras que el tabaquismo genera enormes gastos sanitarios que a menudo debe pagar la población.

En un nuevo informe, analistas de inversiones proponen trasladar los costos de los impactos del sector cárnico a quienes son directamente responsables, del mismo modo que se grava a los fumadores. La idea sencilla del llamado impuesto a la carne es que, si una hamburguesa acaba costando tanto como un plato de caviar, quizá decida explorar opciones vegetarianas.

«El consumo de carne también es un sector en el que se solapan las cuestiones medioambientales y de salud», declaró Rosie Wardle, responsable de relaciones con inversores de la iniciativa Farm Animal Investment Risk and Return (FAIRR), a Futurism.

Image: The Conversation

«Creemos que todos deberían tener derecho a una dieta saludable y nutritiva», dijo, «y lo ideal sería que eso ayudara a promover un cambio hacia un mayor consumo de proteínas vegetales, que es más saludable y mejor para el planeta».

El análisis examina tres ámbitos en los que los gobiernos han logrado combatir prácticas perjudiciales mediante distintos sistemas tributarios, y pregunta si la carne podría ser el cuarto. Más de 180 países ya aplican un impuesto al tabaco, 60 jurisdicciones han implementado un sistema de impuesto al carbono y al menos 25 países gravan el azúcar.

Un nuevo impuesto a la carne «generaría dinero que podría destinarse a la atención sanitaria», explicó Waller. Añadió que, aunque todavía no se ha puesto nada en práctica, «vemos que estas propuestas surgen cada vez más. Se están convirtiendo en un tema de debate».

Un ejército de carnívoros cada vez mayor

Los países nórdicos, como Dinamarca y Suecia, estuvieron entre los primeros en reconocer la creciente amenaza del consumo de carne sin control, impulsado por una población mundial en auge. En 2016, el Consejo Danés de Ética propuso un impuesto a la carne roja basado en sus efectos sobre el clima. En Suecia, el Partido Verde también pidió un impuesto climático a los alimentos y propuso introducir un etiquetado climático para ayudar a los consumidores a entender la huella de sus elecciones alimentarias.

Según el proyecto Our World in Data de la Universidad de Oxford, la producción mundial de carne casi se ha quintuplicado desde 1961. Asia por sí sola produce entre el 40 y el 45 % de la carne del mundo. En Asia, la producción se ha multiplicado por 15 desde 1961 y se prevé que siga creciendo en el futuro.

Las amenazas asociadas a esta tendencia son más complejas que las que plantean el tabaco, el carbono o el azúcar. La industria cárnica no solo es una gran fuente de emisiones de carbono; el consumo excesivo de carne roja también se ha relacionado con un mayor riesgo de diabetes, cáncer y propagación de la resistencia a los antibióticos.

Sin embargo, comer carne no es necesariamente perjudicial si se hace con moderación. Además, en los lugares donde el hambre o la malnutrición siguen siendo frecuentes, incluir carne de res, cerdo o aves en más platos tendría claros beneficios para la salud.

¿Gravar la carne y aumentar la desigualdad?

«Los consumidores responden de distintas maneras a los cambios de precios», declaró a Futurism Josef Schmidhuber, subdirector de la división de comercio y mercados de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). «Algunos adaptarán su comportamiento de inmediato cuando cambien los precios; otros mantendrán sus viejos hábitos».

Por lo general, las personas con menos recursos se adaptan más rápido a las fluctuaciones de precios, una tendencia que los economistas llaman «demanda elástica».

«Así que, si se aplica un impuesto a la carne de res, ¿a quién expulsará del mercado? A quienes tienen menos recursos», explicó Schmidhuber. «Y es una mala idea, porque se penaliza a quienes necesitan aumentar su consumo de carne. A este modelo lo llamamos “impuesto regresivo”».

Por otro lado, sostiene Schmidhuber, un impuesto a la carne tendrá poco impacto en quienes consumen demasiado, ya que este grupo suele disponer de dinero extra para comprar carne cara. Por tanto, el impuesto no lograría dirigirse al grupo que más contribuye al problema.

La teoría del empujón ofrece un enfoque más moderado del problema; el economista Richard Thaler recibió el Premio Nobel de 2017 por esta teoría. Propone que, en lugar de castigar a las personas por tomar una decisión equivocada, podríamos facilitarles que hagan lo correcto.

En el caso del consumo de carne, el cultivo de tejidos pronto podría lograrlo al ofrecer un sustituto lo suficientemente parecido al producto animal como para que más personas cambien de opción sin arrepentirse. Los platos principales a base de soja ya ocupan un lugar en la mayoría de los supermercados, pero hay visionarios que están experimentando con carne vegetal que se parece tanto a la carne de res que se puede ver cómo chisporrotea en la parrilla e incluso cómo sangra.

Sin embargo, no existe una solución única para este problema. Aunque se invierte mucho dinero en desarrollar alimentos más sostenibles, la idea de un impuesto a la carne sigue siendo atractiva, sobre todo en los países ricos. «A partir de nuestros hallazgos y de las vías que han seguido otros productos hasta llegar a ser gravados», dijo Wardle, «creemos que podríamos tener una propuesta concreta en los próximos cinco a diez años».

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