Estos supercultivos podrían ayudar a combatir el hambre mundial

Harvesting machinery can be seen behind a wheat crop in a paddock located on the outskirts of the South Australian town of Jamestown, in Australia, December 1, 2017. REUTERS/David Gray
Scientists are looking at ways to biofortify crops in order to help undernourished children across the world.Image: REUTERS/David Gray
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Unos 155 millones de niños de todo el mundo sufren desnutrición crónica, pese a los importantes avances de las últimas décadas. Por eso, entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU figura el Hambre Cero. Pero ¿qué entendemos por hambre?

Puede referirse a la falta de alimentos o a una escasez generalizada causada por guerras, sequías, pérdidas de cosechas o políticas gubernamentales. Sin embargo, como investigadores, nos interesa especialmente otro tipo de hambre: una menos visible, pero igual de devastadora.

Las carencias de micronutrientes, también conocidas como hambre oculta, se producen cuando faltan vitaminas y minerales esenciales en la dieta de una persona. Esta condición afecta a más de dos mil millones de personas en todo el mundo y puede contribuir al retraso del crecimiento, a un desarrollo cognitivo deficiente, a un mayor riesgo de infecciones y a complicaciones durante el embarazo y el parto. También están bien documentadas las repercusiones sociales y económicas más amplias de las carencias de micronutrientes.

Image: Naciones Unidas

Desde hace mucho tiempo se utilizan en todo el mundo los suplementos y el enriquecimiento de alimentos para aliviar las carencias de micronutrientes. Ambas estrategias tienen una alta relación coste-beneficio. Sin embargo, como requieren inversiones periódicas, su sostenibilidad es limitada. Los suplementos pueden utilizarse para tratar varias carencias de micronutrientes, pero este enfoque consume muchos recursos y no aborda la causa del problema: una alimentación inadecuada.

Por otro lado, el enriquecimiento de alimentos mejora la calidad nutricional de los propios alimentos. En este caso, se añaden micronutrientes a alimentos de consumo habitual durante la fase de procesamiento. Esta estrategia puede aplicarse a escala poblacional y no exige que las personas cambien sus hábitos alimentarios.

En el Reino Unido, por ejemplo, la harina se enriquece con calcio desde la Segunda Guerra Mundial, cuando se preveía una reducción del suministro de productos lácteos. Hoy en día, muchos alimentos están enriquecidos, entre ellos el pan, los productos de cereales y las grasas untables.

En los países en desarrollo, el enriquecimiento de alimentos ha cobrado impulso en los últimos años gracias al trabajo de organizaciones como la Alianza Mundial para una Nutrición Mejorada (GAIN). Los programas de enriquecimiento de alimentos a gran escala han aumentado el contenido de micronutrientes de diversos alimentos básicos en más de 30 países. Por ejemplo, la Asociación para la Yodación Universal de la Sal de GAIN y UNICEF ha protegido a 466 millones de personas en 14 países de los efectos debilitantes de la carencia de yodo, como el deterioro mental y el bocio, una hinchazón del cuello causada por el agrandamiento de la glándula tiroides.

Sin embargo, una desventaja importante del enriquecimiento de alimentos es que algunas de las familias más pobres quizá no tengan acceso a alimentos procesados comercialmente. Y son precisamente estas comunidades rurales remotas, que cultivan y procesan los alimentos localmente, las que a menudo sufren más el hambre oculta.

Un paso más allá

Un enfoque alternativo consiste en añadir micronutrientes durante la fase de producción agrícola. Este enfoque, conocido como biofortificación, utiliza técnicas convencionales de mejora vegetal para aumentar la concentración de micronutrientes en los cultivos básicos. Esto se logra cruzando variedades comunes con sus parientes silvestres durante varias generaciones.

Esta estrategia innovadora se desarrolló por primera vez en la década de 1990 y ahora la impulsa una organización llamada HarvestPlus, que recibe el apoyo del Departamento de Desarrollo Internacional del Reino Unido. HarvestPlus ha centrado sus esfuerzos en el hierro, el zinc y la vitamina A, identificados como las tres carencias de micronutrientes más prevalentes en todo el mundo.

Entre los cultivos biofortificados se encuentran el maíz con vitamina A, la yuca con vitamina A, el boniato con vitamina A, los frijoles con hierro, el mijo perla con hierro, el arroz con zinc y el trigo con zinc. Estos cultivos se han introducido en muchos países de África, Asia y América Latina. HarvestPlus tiene como objetivo llegar a 100 millones de personas con cultivos biofortificados para 2020.

La biofortificación ofrece varias ventajas frente al enriquecimiento de alimentos. Tras la inversión inicial para desarrollar la semilla biofortificada, esta puede reproducirse y distribuirse sin que disminuya su concentración de micronutrientes. Esto la hace muy rentable y sostenible. Los cultivos biofortificados también suelen ser más resistentes a las plagas, las enfermedades, las temperaturas más altas y la sequía, cualidades esenciales a medida que muchos países se vuelven cada vez más vulnerables al cambio climático. Y, quizá lo más importante para la nutrición, los cultivos biofortificados llegan a las personas más pobres y vulnerables del mundo.

Cada nuevo cultivo biofortificado requiere un desarrollo y una evaluación meticulosos para garantizar que la concentración de micronutrientes sea suficiente para repercutir significativamente en el estado nutricional y que los agricultores y consumidores adopten las nuevas variedades biofortificadas. Las investigaciones han demostrado altos niveles de aceptación por parte de los consumidores, especialmente cuando se han llevado a cabo campañas informativas y de sensibilización.

En la Universidad de Central Lancashire, junto con colaboradores internacionales, estamos investigando actualmente el impacto del trigo biofortificado con zinc en una comunidad rural del noroeste de Pakistán, donde más del 40 % de las mujeres tienen carencia de zinc. La dieta de esta comunidad es muy limitada, pero la harina de trigo se utiliza a diario para hacer chapatis.

La concentración de zinc en el suelo es muy baja, lo que brinda la oportunidad de experimentar con la «biofortificación agronómica», es decir, la aplicación de fertilizantes enriquecidos con zinc. Nuestro estudio determinará la rentabilidad de estas estrategias combinadas.

Por supuesto, la biofortificación es una solución parcial que debe ir de la mano de los esfuerzos por reducir la pobreza, la inseguridad alimentaria, las enfermedades, las deficiencias de saneamiento y la desigualdad social y de género. Sin embargo, puede contribuir a erradicar el hambre oculta y a alcanzar el objetivo de la ONU de poner fin a todas las formas de hambre y malnutrición para 2030.

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