La restauración ecológica es el proceso de devolver un ecosistema a su estado natural. Esto puede hacerse plantando árboles, restaurando humedales y protegiendo la fauna silvestre.
Cuando se restauran los ecosistemas, proporcionan una serie de beneficios para la seguridad alimentaria, como el aumento del rendimiento de los cultivos, una mayor disponibilidad de agua, una menor degradación del suelo y el crecimiento de las poblaciones de peces.
También puede ayudar a mitigar el cambio climático, mejorar la calidad del aire y del agua y proporcionar un hábitat para la fauna silvestre.
La humanidad depende de los ecosistemas, como los bosques, los humedales y los ríos, para sobrevivir. Estos proporcionan agua limpia, albergan animales como las abejas, esenciales para la producción de alimentos, y desempeñan un papel clave en la lucha contra la crisis climática.
Pero, en todo el mundo, los paisajes se están degradando a un ritmo alarmante, lo que, junto con el hecho de empujar a 1 millón de especies hacia la extinción, está teniendo un costo económico cada vez mayor, también para el sector agrícola.
En Europa, por ejemplo, la erosión del suelo afecta a 12 millones de hectáreas —alrededor del 7 por ciento de todas las tierras agrícolas— y cuesta a los agricultores 1.25 mil millones de euros al año en pérdidas de productividad, según datos de la Unión Europea.
«Las prácticas insostenibles de uso del suelo, desde la forma en que construimos ciudades hasta la forma en que cultivamos alimentos, están perjudicando no solo al planeta y nuestros medios de vida, sino también nuestra capacidad para alimentar a 8 mil millones de personas», afirmó Natalia Alekseeva, coordinadora del PNUMA para la Década de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas. «La restauración de los ecosistemas y las soluciones basadas en la naturaleza han demostrado aportar innumerables beneficios a las comunidades y sociedades de todo el mundo», añadió.
En todo el mundo cobra fuerza el impulso para revitalizar espacios naturales, tanto en tierra como bajo el agua, afectados por el desarrollo humano; un proceso conocido como restauración de los ecosistemas.
Los expertos afirman que, además de proteger la naturaleza, esto puede ayudar a los agricultores a aumentar sus rendimientos y reforzar la seguridad alimentaria mundial. Se estima que cada dólar invertido en la restauración de tierras y la gestión sostenible del suelo puede generar hasta US$30 en beneficios económicos, como un mayor rendimiento de los cultivos, una mejor disponibilidad de agua y una menor degradación del suelo.
Los mismos beneficios se aplican a la pesca. Dos tercios de los ecosistemas oceánicos están degradados o modificados, y un tercio de las poblaciones de peces marinos se pesca de forma insostenible. Sin embargo, la restauración de los manglares en las zonas costeras, donde se crían los peces jóvenes, podría añadir 60 billones de peces comestibles a las aguas costeras cada año.
A continuación, analizamos más de cerca tres formas en que la humanidad puede restaurar los paisajes y potenciar la producción de alimentos.
Revitalizar el suelo
Aproximadamente el 80 por ciento de las tierras cultivables del mundo se ve afectado por al menos una forma de degradación, como la aridez, la disminución de la vegetación, la salinización del suelo y la pérdida de carbono del suelo. La erosión del suelo por sí sola afecta a cerca de una quinta parte de las tierras agrícolas del mundo, y se estima que aumentó un 2.5 por ciento entre 2001 y 2012, principalmente debido a la deforestación y a la expansión de las tierras de cultivo.
La degradación del suelo ya afecta negativamente a 3.2 mil millones de personas, es decir, el 40 por ciento de la población mundial. Se prevé que la degradación del suelo podría reducir la productividad alimentaria mundial en un 12 por ciento y hacer que los precios de los alimentos se disparen hasta un 30 por ciento para 2040.
La fertilidad y la estructura del suelo pueden restaurarse de varias maneras, entre ellas mediante la rotación de cultivos, la aplicación de materia orgánica y la práctica de la agricultura con labranza mínima o sin labranza.
Un ejemplo destacado de este tipo de labor se encuentra en África, donde, en los márgenes semiáridos del desierto del Sahara, 11 países están construyendo lo que se conoce como la Gran Muralla Verde, una franja de vegetación que atraviesa el continente. En muchos lugares, esta barrera ayuda a frenar el avance del desierto, algo que, según esperan los Estados, contribuirá a reforzar la seguridad alimentaria, combatir la pobreza y promover la paz.
Devolver el zumbido
Las abejas son unos de los mejores polinizadores del mundo, por lo que son vitales para la producción mundial de alimentos. De las 100 especies de cultivos que proporcionan el 90 por ciento de los alimentos del mundo, más de 70 son polinizadas por las abejas. Pero los polinizadores están amenazados. El continuo descenso de las poblaciones de abejas tendría efectos devastadores en la agricultura mundial y la seguridad alimentaria.
Según un informe del PNUMA, alrededor de 20,000 especies de plantas con flores, de las que muchas especies de abejas dependen para alimentarse, podrían desaparecer en las próximas décadas si no se intensifican los esfuerzos de conservación. Sin embargo, si se lleva a cabo en armonía con la naturaleza, la agricultura —uno de los principales factores de la pérdida de biodiversidad— puede ser favorable a los polinizadores, lo que, en última instancia, beneficia tanto a las abejas como a los agricultores.
Para que la agricultura sea favorable a las abejas, los agricultores pueden eliminar los pesticidas que las dañan, plantar especies autóctonas que proporcionen néctar y polen durante toda la temporada de floración y crear lugares de anidación para que las abejas prosperen.
Diversificar los cultivos
En el mundo hay más de 50,000 plantas comestibles. Sin embargo, solo tres de ellas, el arroz, el maíz y el trigo, aportan más del 50 por ciento de la ingesta energética alimentaria mundial.
La dependencia excesiva de unas pocas variedades de cultivos puede hacer que los sistemas agrícolas mundiales sean vulnerables a las plagas, las enfermedades y el cambio climático, y agravar la degradación del suelo y la escasez de agua, lo que, en última instancia, aumentaría la inseguridad alimentaria.
Sin embargo, adoptar una agricultura más sostenible y cultivar y consumir una mayor diversidad de verduras, frutas y cultivos no solo ayudará a revitalizar la biodiversidad, sino también a adaptarse al cambio climático, aumentar la resiliencia y ofrecer dietas más saludables.


