La inseguridad alimentaria se disparó por la COVID-19, pero el cambio climático será mucho peor

a group of men fight through a swarm of locusts.
For many, the devastating effects of climate change are already here.Image: REUTERS/Monicah Mwangi/File photo
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  • La COVID-19 empujó a millones de personas más al hambre en 2020 debido a las interrupciones en la adquisición y distribución de alimentos.

  • Para 2021, 1 de cada 33 personas en el mundo dependerá de la ayuda humanitaria, lo que supone un aumento interanual del 40 %.

  • Muchas organizaciones han advertido de que la COVID-19 es solo un anticipo de lo que el cambio climático supondrá para la seguridad alimentaria.

  • 2020 fue uno de los años más cálidos de los que se tiene registro, y los agricultores africanos se enfrentaron a un aumento de las duras condiciones climáticas, así como a plagas que destruyen los cultivos.

Desde los incendios forestales en California y las plagas de langosta en Etiopía hasta la pérdida de empleos causada por los confinamientos de la pandemia en Italia y Myanmar, el cambio climático y la COVID-19 alteraron la producción de alimentos y empujaron a millones de personas más al hambre en 2020.

Ahora existen temores de que la situación pueda empeorar el próximo año, ya que tanto la crisis del coronavirus como el clima extremo agravan las frágiles condiciones vinculadas a conflictos y a la pobreza en muchas partes del mundo, según han declarado a la Fundación Thomson Reuters funcionarios de ayuda humanitaria.

"Incluso antes de que llegara la COVID-19, 135 millones de personas avanzaban hacia el borde de la hambruna. Esta cifra podría duplicarse hasta llegar a 270 millones en unos pocos meses", advirtió David Beasley, director del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, en declaraciones enviadas por correo electrónico.

En abril, Beasley, cuya organización, con sede en Roma, recibió el Premio Nobel de la Paz de 2020, declaró ante el Consejo de Seguridad de la ONU que el mundo se enfrentaba a "una pandemia de hambre" y a "múltiples hambrunas de proporciones bíblicas".

"Esas advertencias se ven respaldadas hoy por pruebas aún más sólidas", dijo a la Fundación Thomson Reuters, señalando que Burkina Faso, Nigeria, Sudán del Sur y Yemen sufrían hambruna, y que el impacto total de la COVID-19 aún no se había dejado sentir en muchos lugares.

Al mismo tiempo, la crisis del coronavirus ha demostrado que una acción internacional más rápida y una mejor cooperación en ámbitos como la ciencia y la tecnología podrían ayudar a abordar el problema, añadió.

Los agricultores y los residentes urbanos pobres han soportado hasta ahora la peor parte de la pandemia, lo que significa que las desigualdades entre países y dentro de ellos podrían agravarse aún más en 2021, afirmó Ismahane Elouafi, científica jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Aislados de los mercados y con una fuerte caída de la demanda de los clientes, los agricultores tuvieron dificultades para vender sus productos, mientras que los trabajadores informales de las zonas urbanas, que vivían al día, se quedaron sin empleo cuando se impusieron los confinamientos, dijo.

Como resultado, millones de personas, desde Texas y Ginebra hasta Bangkok y Accra, se vieron obligadas a depender de donaciones de alimentos por primera vez.

Mientras tanto, más de 50 millones de personas en África Oriental y Central necesitan ayuda alimentaria de emergencia, y estas cifras seguirán aumentando, ya que la región se prepara para una dura sequía vinculada al fenómeno climático La Niña, así como para más plagas de langostas, según Oxfam.

Con 2020 encaminado a ser uno de los años más cálidos de los que se tiene registro, los agricultores africanos ya han sufrido un aumento de las duras condiciones climáticas, así como de plagas que destruyen los cultivos, afirmó Agnes Kalibata, enviada especial de la ONU para la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios de 2021.

"La doble amenaza de los fenómenos meteorológicos extremos y la COVID-19 ha puesto de manifiesto con crudeza las deficiencias de nuestro sistema alimentario mundial", afirmó Kalibata, exministra de Agricultura de Ruanda.

"Presagio de la crisis climática"

Dos informes recientes de la ONU advirtieron de que la pandemia de coronavirus podría provocar un repunte de la pobreza extrema.

Una de cada 33 personas necesitará ayuda humanitaria para cubrir necesidades básicas como alimentos y agua en 2021, un aumento del 40 % respecto a este año, según uno de ellos.

Otro afirmó que mil millones de personas podrían verse abocadas a la indigencia en 2030.

La COVID-19 es "un presagio" de lo que traerá la crisis climática, afirmó Saleemul Huq, director del Centro Internacional para el Cambio Climático y el Desarrollo de Bangladés.

"(El virus) nos golpea en cuestión de días y meses. Esperemos que termine dentro de uno o dos años, si todo sale bien con la vacuna, pero el problema del cambio climático se prolongará durante mucho, mucho más tiempo", afirmó.

"Es probable que uno de los principales impactos recaiga en la producción de alimentos, en todos los continentes del mundo, en la agricultura, la pesca y la ganadería", añadió.

La acción climática se ha centrado a menudo en reducir las emisiones que calientan el planeta procedentes de la energía y el transporte, pero transformar los sistemas alimentarios también es fundamental para mantener el calentamiento global en niveles manejables, según un estudio reciente dirigido por la Universidad de Oxford.

Incluso si las emisiones de combustibles fósiles se eliminaran de inmediato, la producción de alimentos podría seguir elevando las temperaturas más allá de 1,5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales, el objetivo más bajo del Acuerdo de París sobre el clima, advirtió.

Pero cambiar la red de sistemas alimentarios, increíblemente compleja y cada vez más mundial, supone un gran desafío, sobre todo porque no existen sustitutos de los alimentos, afirmó el autor principal, Michael Clark.

Hacer que la producción de alimentos sea más sostenible requerirá centrarse en cómo se cultivan, qué se consume y las formas de reducir las pérdidas y el desperdicio, afirmó.

La COVID-19 obligó a millones de personas a acudir a los bancos de alimentos por primera vez. Image: REUTERS/Mike Blake

Oportunidad de cambio

Los confinamientos provocados por la pandemia han fomentado un cambio de actitud en los países ricos hacia el desperdicio de alimentos y el consumo de carne, que contribuyen a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Mientras tanto, los expertos reconocen cada vez más que un enfoque estrecho en la productividad de los cultivos se ha producido a costa del medio ambiente, la equidad y la nutrición, afirmó James Lomax, experto en sistemas alimentarios del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Muchos en la industria alimentaria también han empezado a comprenderlo, incluso antes de que la COVID-19 alterara las cadenas de suministro, redujera los beneficios y pusiera de relieve los vínculos entre la agricultura, los productos de origen animal y las enfermedades zoonóticas, afirmó.

Estos cambios, junto con las cumbres de alto perfil previstas para el próximo año sobre los temas interrelacionados de la alimentación, la salud, la naturaleza y el clima, ofrecen la oportunidad de cambiar radicalmente la forma en que se producen y consumen los alimentos, afirmaron los expertos.

"Tenemos la oportunidad de hacerlo bien", mientras el pensamiento converge en torno a estas reuniones, afirmó Elouafi, de la FAO.

La enviada de la ONU, Kalibata, espera que la cumbre sobre los sistemas alimentarios arroje objetivos ambiciosos y claridad sobre lo que los países, las comunidades y las empresas deben hacer de forma diferente durante la próxima década, así como más financiación para ayudar a hacer realidad esos objetivos.

Ya existen soluciones para que los sistemas alimentarios sean sostenibles y respetuosos con el medio ambiente, como los piensos para ganado a base de algas para reducir las emisiones de metano y las dietas basadas en plantas, afirmó Jessica Fanzo, profesora de política y ética alimentaria mundial en la Universidad Johns Hopkins.

Pero se necesita voluntad política para situar esas soluciones en primer plano, añadió. Al igual que con el cambio climático, espera que surja un movimiento juvenil en torno a la alimentación para abogar por un cambio más ambicioso.

La mayoría de las personas participan en los sistemas alimentarios mundiales dos o tres veces al día, cuando comen, señaló.

"Debería ser algo muy valorado por la sociedad, (pero) a menudo no lo es", añadió.

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