Los fenómenos extremos, como las sequías y las inundaciones, ocurren cada vez con más frecuencia y en casi todo el mundo.
Los desastres tienen múltiples facetas y es poco probable que su frecuencia disminuya.
Se necesita un mayor sentido de urgencia para combatir los problemas del agua en el mundo.
Demasiada. Demasiado poca. Demasiado contaminada.
Durante años, estas frases concisas, repetidas como un mantra, han llegado a definir los problemas del agua en el mundo.
Ahora añadamos una cuarta: demasiado frecuentes.
Si algo dejaron claro los últimos 12 meses de inundaciones, incendios, sequías y otros tormentos meteorológicos, fue un mensaje incómodo: los fenómenos extremos ocurren cada vez con más frecuencia. Y ocurren en casi todas partes.
Un año de crisis del agua
En 2021, comunidades ricas y pobres fueron testigos de una devastación terrible. En julio, las inundaciones en la provincia china de Henan dejaron atrapados a los viajeros en túneles del metro de Zhengzhou, ciudad que recibió en apenas tres días la lluvia de todo un año. Ese mismo mes, las aguas embravecidas del valle del Ahr, en Alemania, erosionaron las tierras de cultivo hasta convertirlas en cañones y sumergieron pueblos ribereños. Hoy, los pastores del norte de Kenia lamentan la pérdida de su ganado, pues las lluvias estacionales volvieron a fallar y no lograron nutrir la tierra ocre.
Una tendencia positiva es que los fenómenos meteorológicos extremos no son tan mortíferos como hace generaciones. Gracias a mejores pronósticos meteorológicos, sistemas de alerta temprana, seguros y una red consolidada de organismos internacionales de ayuda, el golpe inicial de una inundación o sequía es menos letal. Con aviso anticipado, los residentes pueden ponerse a salvo. Por lo general, las cifras de muertos se cuentan por cientos, en vez de decenas de miles.
El sufrimiento se manifiesta de otras maneras: hogares arrasados, pozos secos, hambre persistente tras las malas cosechas y dependencia de la ayuda alimentaria. Reconstruir una y otra vez de este modo resulta agotador. Los habitantes de la costa del golfo de Luisiana y del Sahel, en África central, han llegado a considerar sus tierras natales lugares peligrosos. Algunos quieren irse. Puede que sus vecinos ya lo hayan hecho.

El cambio climático provoca desastres relacionados con el agua
En el norte de Kenia, los cadáveres de ganado se pudren sobre el suelo abrasado por el sol, víctimas de la implacable sequía de la región. En la Columbia Británica, una sucesión de tormentas cargadas de humedad rodeó la región en noviembre con deslizamientos de tierra e inundaciones, y cortó importantes corredores de carreteras y ferrocarriles que tardarán meses en repararse.
En todo el oeste de Estados Unidos, el calor intenso y las escasas precipitaciones crearon condiciones propicias para los incendios. Los sistemas de agua fueron el eje de la historia. El lago Oroville, el segundo embalse más grande de California, descendió a un mínimo histórico y quedó demasiado agotado para generar energía hidroeléctrica. Los pozos de toda la región se secaron, murieron peces y aves, cerraron puertos deportivos, se intensificaron las proliferaciones de algas y los incendios forestales arrasaron bosques y viviendas.
Este año, la implacable aritmética de la cuenca del río Colorado —demasiadas promesas de agua y muy poca agua disponible— empezó a hacerse sentir. Los lagos Mead y Powell, los embalses más grandes del país, alcanzaron mínimos históricos. Los legisladores de Nevada prohibieron el césped ornamental —el tipo que cubre las medianas de las carreteras y rodea los centros comerciales— en el área de Las Vegas. El gobierno federal declaró una escasez de Nivel 1 por primera vez, lo que implicó recortes obligatorios de agua para Arizona y Nevada.
Es probable que los acontecimientos de 2021 sean un preludio de los retos aún más difíciles que se avecinan. El río Colorado tiene asignada más agua de la que puede proporcionar. La región se está secando. Aunque los residentes intentan consumir menos agua, no pueden vivir sin ella.
Cada peligro, a su manera, dejó al descubierto la vulnerabilidad de los sistemas de agua ante los impactos climáticos. En febrero, la ola de frío en Texas, que también afectó a Luisiana y Misisipi, reventó tuberías y dejó a millones de personas sin agua durante varios días. El sistema de agua de Jackson, la capital de Misisipi, sufrió daños tan graves que se mantuvo durante un mes la recomendación de hervir el agua.
Los académicos se refieren a incidentes como estos como desastres «compuestos»; por ejemplo, cuando un corte de electricidad paraliza una planta de tratamiento de aguas residuales, que luego inunda ríos y calles con aguas residuales sin tratar. O cuando las lluvias intensas arrastran sedimentos y escombros desde una ladera calcinada por un incendio hasta un embalse y obstruyen la toma de agua potable de una empresa de servicios públicos.
Estos fenómenos extremos también entrañan un riesgo económico. Los países que dependen de la energía hidroeléctrica para una gran parte de su electricidad pueden sufrir escasez cuando faltan las lluvias. Eso ocurrió este año en Brasil, donde el bajo nivel de los embalses hizo caer en picado la generación hidroeléctrica. Las compañías eléctricas recurrieron al gas natural, pero también mostraron un renovado interés por la energía eólica y solar.
Es poco probable que disminuya el ritmo de estos desastres multifacéticos. La gente sigue asentándose en terrenos de riesgo, mientras que las infraestructuras envejecidas y los desarrollos urbanísticos mal planteados —como desecar y pavimentar humedales que amortiguan las inundaciones— resultan inadecuados para la situación actual.
«Estamos creando riesgos más rápido de lo que podemos mitigarlos», declaró a Circle of Blue Alessandra Jerolleman, profesora adjunta de gestión de emergencias en la Universidad Estatal de Jacksonville. «Incluso si el clima no fuera un factor que agrava la situación».
Cómo adaptarse a las crisis del agua
A medida que se hacen más evidentes las realidades de un planeta que se calienta, las comunidades aprenden que no pueden esquivar todos los golpes. Cómo encajar algunos y recuperarse forma parte del renovado énfasis en la adaptación.
Algunas medidas de adaptación implican cambios físicos. Una pequeña localidad de Illinois cambió sus patrones de desarrollo después de sufrir demasiadas inundaciones. Ciudad del Cabo, tres años después de haber estado a punto de llegar al Día Cero, está restaurando los bosques autóctonos de las cuencas que alimentan sus embalses para evitar otra crisis del agua. En el sector de las aguas residuales, los cambios tecnológicos —desde equipos que capturan la energía de las aguas residuales hasta sensores que supervisan la capacidad del sistema de alcantarillado y reducen el riesgo de desbordamientos— podrían transformar la profesión.
Limitar los daños causados por un planeta sobrecalentado fue el objetivo de una cumbre climática de la ONU celebrada en noviembre. Los negociadores lograron avances graduales en Glasgow, pero la trayectoria mundial de las emisiones de carbono sigue siendo incompatible con impedir que la temperatura media global aumente más de 1,5 grados Celsius por encima de la de hace dos siglos.
Al concluir la cumbre, los activistas climáticos acusaron a los líderes políticos de otra frase concisa: ser demasiado tímidos. Los planes de energía con bajas emisiones de carbono podrían aplicarse más rápido. Podría destinarse más dinero a los países más pobres para ayudarles a adaptarse a las tormentas severas. Podrían reducirse progresivamente las subvenciones a los combustibles fósiles. Los bosques y humedales que capturan carbono podrían protegerse de arados y palas.
Sin un mayor sentido de urgencia durante esta década, la cuesta que habrá que subir se volverá mucho más empinada. Los futuros líderes no quieren verse obligados a añadir otra frase a la lista: demasiado tarde.



