La pandemia de COVID-19 asestó duros golpes a la industria alimentaria.
Pero la cooperación internacional superó las medidas proteccionistas iniciales en el comercio mundial de alimentos.
Ahora, la comunidad internacional debe construir sistemas alimentarios regionales más resilientes después de la COVID-19.
Al inicio de la crisis, las cadenas de suministro de alimentos se vieron sometidas a presión, ya que muchos países impusieron restricciones al movimiento de bienes y personas a través de las fronteras y dentro de ellas. Como resultado, el desafío no era la disponibilidad de alimentos, sino el fácil acceso a ellos.
Después, preocupados por las incertidumbres relacionadas con el suministro de alimentos, algunos países restringieron las exportaciones de alimentos, lo que agravó aún más la situación.
Estas medidas proteccionistas se introdujeron en parte para evitar que subieran los precios internos de los alimentos, ya que la debilidad de las monedas nacionales hacía más ventajoso para los productores de alimentos exportar en vez de vender en el mercado nacional. La inflación de los precios de los alimentos resultante podría haber tenido consecuencias importantes: agravando la pobreza y provocando disturbios sociales y políticos.

Afortunadamente, se evitó un proteccionismo excesivo y se han retirado muchas de las restricciones impuestas inicialmente, mientras que los países han adoptado, en general, un enfoque moderado y razonable.
Esto es algo por lo que nosotros, en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD), felicitamos a los países. También reconocemos el enorme papel que desempeñan los Sistemas de información sobre los mercados agrícolas (AMIS) al proporcionar información oportuna sobre las existencias y los niveles de producción.
Las restricciones a las exportaciones de alimentos suscitaron preocupación por el entorno del comercio mundial. El probable efecto dominó mundial de las restricciones de represalia podría provocar un repunte de los precios de los alimentos, como el observado alrededor de 2008. Las restricciones a las exportaciones de alimentos también podrían servir de excusa para un proteccionismo más general, que podría obstaculizar la recuperación de la crisis. Organizaciones internacionales como la nuestra deben mantenerse alerta y actuar para evitar que esto ocurra en un futuro próximo.
Dicho esto, aunque evitar un proteccionismo excesivo es positivo, no basta para estimular la economía y hacer más resilientes las cadenas de suministro de alimentos.
Entonces, ¿qué más debería hacerse?
En primer lugar, los países —especialmente en regiones como el Mediterráneo meridional y oriental, el África subsahariana y Asia Central— podrían reforzar la resiliencia de sus sistemas alimentarios mediante una mejor integración regional de los mercados agrícolas. Hasta la fecha, esta oportunidad sigue estando muy desaprovechada. Esa integración permitiría a los países diversificar sus mercados de exportación e importación y crear oportunidades para avanzar hacia actividades de mayor valor añadido.
Eliminar las restricciones comerciales es especialmente importante para África, porque la región puede compensar la caída de la demanda de exportaciones de Europa y otros lugares. El Acuerdo sobre la Zona de Libre Comercio Continental Africana es clave para ello. Sin embargo, el éxito exigirá que los países eliminen las costosas medidas no arancelarias que han sido un importante obstáculo para el comercio de la región.
Por ejemplo, Nigeria puede producir fertilizantes para todo el continente, pero las barreras no arancelarias hacen imposible enviarlos a otros países africanos. Como resultado, la mayor parte se envía a América Latina. En Asia Central, los distintos países avanzan a diferentes ritmos hacia la apertura de los mercados; sin embargo, el proceso es lento.
En segundo lugar, cuando los alimentos no son inocuos, las personas no pueden gozar de buena salud ni prosperar, y los alimentos no inocuos no pueden comercializarse en el mercado internacional. Los peligros relacionados con los alimentos no respetan las fronteras nacionales. Las enfermedades transmitidas por los alimentos pueden propagarse con el movimiento de alimentos, animales y personas. Por tanto, es esencial establecer normas de inocuidad alimentaria en toda África para aprovechar las oportunidades del comercio intrarregional.
En tercer lugar, invertir en la resiliencia de los países frente a futuras perturbaciones del comercio mundial de alimentos también ayudará a promover la sostenibilidad del sector y a reducir su huella de carbono. El cierre de fronteras y la limitación del comercio interno han provocado un desperdicio considerable de alimentos frescos, como frutas, verduras, carne y productos lácteos, con un coste significativo. Al mismo tiempo, el aumento de los costes de transporte y envío ha dificultado las exportaciones de muchos países en desarrollo, mientras que otros, en algunos casos, han quedado fuera de rutas de exportación clave por sus precios.
La conclusión es sencilla: acelerar la transición de los sistemas alimentarios regionales hacia modelos más resilientes y sostenibles, incluidas soluciones con bajas emisiones de carbono y una producción y unos suministros más diversificados. Las soluciones agrícolas digitales pueden ayudar a hacerlo realidad.
La labor conjunta del BERD y la FAO —ya sea explorar formas de incorporar aspectos de la economía circular y limitar las pérdidas y el desperdicio de alimentos en el sector minorista, o evaluar la neutralidad de carbono del sector agroalimentario— ha demostrado cómo pueden adoptarse estas medidas y el valor que aportan a un sistema alimentario mundial más resiliente después de la COVID-19.


