Para entonces, ya se había olvidado por completo de la Duquesa y se sobresaltó un poco al oír su voz junto a su oído. «Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de hablar. Ahora mismo no puedo decirte cuál es la moraleja, pero dentro de un rato la recordaré». «Quizá no haya ninguna», se aventuró a decir Alicia. «¡Tonterías, niña! —dijo la Duquesa—. Todo tiene una moraleja, si sabes encontrarla».
Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas, 1865.
Todos conocemos la palabra empatía. Quizá no conozcamos tanto el nombre de la mujer radical que introdujo esa palabra en la lengua inglesa.
Violet Paget (1856-1935) fue una escritora victoriana que publicó con el nombre, más ambiguo en cuanto al género, de Vernon Lee. Conocida como una de las mujeres más inteligentes de Europa, y también por su preferencia por vestir a la garçonne, Lee acuñó el término «empatía» tras observar cómo su pareja, Clementina Anstruther-Thompson, se sumergía físicamente en la contemplación de un cuadro.
Según Lee, Clementina (o Kit, como la conocían) estaba «en sintonía» con el cuadro. Para describir este proceso corporal de apreciación artística, Lee tradujo el término alemán Einfühlung como «empatía».
Las ideas de Lee resuenan con fuerza en el creciente interés actual por la relación entre la empatía y la creatividad. Experimentar y potenciar la creatividad es una de las formas en que podemos comprendernos a nosotros mismos y a los demás, con el cuerpo y la mente. El término poético del siglo XIX para este proceso, que Vernon Lee habría conocido, es «imaginación moral».
Imaginar es formar una imagen mental, pensar, creer, soñar, figurarse algo. Es a la vez idea e ideal. Nuestros sueños pueden llevarnos desde pequeños actos de empatía hasta nobles visiones de igualdad y justicia. La imaginación aviva la llama: nos conecta con nuestra creatividad, nuestra fuerza vital. En un mundo de conflictos globales cada vez mayores, la imaginación nunca había sido tan importante.
«El gran instrumento del bien moral es la imaginación», escribió el poeta Shelley en su Defensa de la poesía (1840).
El gran secreto de la moral es el amor, es decir, salir de nuestra propia naturaleza e identificarnos con la belleza que existe en el pensamiento, la acción o la persona ajenos. Para ser profundamente buenos, debemos imaginar.
La imaginación moral es creativa. Nos ayuda a encontrar mejores formas de ser. Es una forma de empatía que nos anima a tratarnos con más bondad y amor, a nosotros mismos y a los demás. «La belleza es verdad, la verdad belleza: eso es todo cuanto sabéis en la tierra y todo cuanto necesitáis saber», declaró el poeta Keats. «No estoy seguro de nada salvo de la santidad del afecto del corazón y de la verdad de la imaginación».
Nuestra imaginación moral puede conectarnos con todo lo verdadero y bello del mundo, de nosotros mismos y de los demás. «Todas las cosas dignas, todas las acciones dignas, todos los pensamientos dignos son obras de arte o de imaginación», escribió W. B. Yeats en el prólogo a la poesía de William Blake.

Shelley creía que podemos ejercitar nuestra imaginación moral «del mismo modo que el ejercicio fortalece una extremidad».
Un entrenamiento moral
Todos podemos hacer algún ejercicio moral.
Lee algo de poesía. No hace falta que levantes un tomo pesado. Ya sea que la leas en línea o en un viejo volumen polvoriento, Shelley sostenía que la poesía puede «despertar y ensanchar la mente misma al convertirla en receptáculo de mil combinaciones del pensamiento aún no percibidas». Es «el heraldo, compañero y seguidor más infalible del despertar de un gran pueblo para impulsar un cambio beneficioso en la opinión o las instituciones».
Repite tus lecturas. Nunca había sido tan fácil hacer tus repeticiones. Basta con volver a leer. En su libro Hortus Vitae (1903), Vernon Lee proponía:
El mayor placer de la lectura consiste en volver a leer. A veces, casi en no leer en absoluto, sino simplemente en pensar o sentir lo que hay dentro del libro, o lo que ha salido de él hace tiempo y ha pasado a la mente o al corazón, según sea el caso.
Como alternativa, una «lectura atenta» más enérgica podría generar empatía crítica, un método deliberado de pensamiento que busca mantenerse neutral en cuanto a los valores.
Fortalece el músculo del cine. Aprovecha la gran magia de la creatividad a través de las películas. Visita con regularidad un relajante reino moral para ganar fuerza, y no temas convertirte en un teleadicto. La escritora Ursula Le Guin sugiere que, aunque ver una historia en pantalla sea un ejercicio pasivo, nos lleva a otro mundo en el que, por un tiempo, podemos imaginarnos como parte de él.
Deja que el arte te dé energía. Contempla y exhibe obras de arte inspiradoras y estimulantes. Vernon Lee afirmaba que los espectadores empatizan con las obras de arte cuando estas evocan recuerdos y asociaciones. Esto puede provocar cambios corporales en la postura, como quedarse quieto o respirar más despacio.
Deja que la música te conmueva. Encantar significa «infundir con canto». Aunque la música pueda prescindir de palabras, nos impregna de empatía. Según una investigación reciente (2018) publicada en la revista Frontiers, «la música es una puerta a la vida interior de otras personas». La danza también puede contribuir a lo que se ha conceptualizado como «empatía kinestésica». Los espectadores pueden imitar o simular internamente los movimientos de los bailarines.
Entrena tu propia creatividad. No importa lo fuera de forma que estés. Ya sea pintar, escribir, hacer música, cantar, bailar o crear artesanías, «la lenta mecha de lo Posible la enciende la Imaginación», escribió la poeta Emily Dickinson.
Las artes son procesos alquímicos y transformadores. Ser creativo nos ayuda a encontrar formas nuevas, verdaderas y mejores de ser. «Podemos actuar con imaginación: visualizar y, finalmente, crear lo que aún no está presente», escribió Mary Richards, autora de Abrir nuestro ojo moral.
La actual divulgadora de la empatía, Brené Brown, ha sostenido que la creatividad es fundamental para «atreverse en grande». Ya sea un cuadro o una colcha de retales, cuando creamos algo damos un paso hacia el futuro y confiamos en el destino de nuestras propias creaciones. Aprendemos a confiar en que podemos crear nuestra propia realidad.
Imagina.




