La pandemia, el cambio climático, la malnutrición generalizada, la inestabilidad económica y los conflictos geopolíticos han puesto de relieve la necesidad de que los sistemas alimentarios mundiales sean más eficaces y eficientes.
La injusticia histórica, incluida la colonización, también ha contribuido en gran medida al fracaso continuado de los sistemas alimentarios, explican tres expertos.
Es fundamental que comprendamos el impacto de todos estos problemas en nuestros sistemas alimentarios mundiales, ya que esto puede ayudar a crear sistemas alimentarios mundiales más eficaces y eficientes.
La pandemia, junto con las crecientes amenazas del cambio climático, la malnutrición generalizada, la inestabilidad económica y los conflictos geopolíticos, ha agravado los problemas relacionados con la forma en que producimos, distribuimos y consumimos alimentos. También ha dejado clara la urgente necesidad de hacer más justos los sistemas alimentarios mundiales.
Un ejemplo de injusticia alimentaria actual es que, si eres pobre o perteneces a una minoría étnica en Estados Unidos, tienes menos probabilidades de tener fácil acceso a alimentos saludables. Esta situación, agravada por la COVID-19, se ha denominado apartheid alimentario. También suele ocurrir que las empresas, y no los productores locales, controlan los alimentos producidos por las comunidades, arrebatándoles así sus ingresos.
Para cambiar esta situación, es importante entender quién gana con los sistemas alimentarios actuales y, lo que es aún más importante, quién pierde al quedar relegado y perder el acceso a alimentos saludables.
Para ello, quienes diseñan los sistemas alimentarios deben considerar cómo pueden combinarse o entrecruzarse distintos factores que determinan si una persona está marginada —como el género, la edad, la discapacidad, el origen étnico y la religión— y hacer que algunas personas sean más vulnerables.
Por ejemplo, los programas de desarrollo internacional de gobiernos y organizaciones benéficas suelen centrarse en ayudar a las mujeres porque se las considera vulnerables. Pero esto puede hacer que se pasen por alto otras causas de la pobreza, como las cuestiones de clase y raza, y que otros grupos vulnerables queden marginados.
En Tanzania, se ha comprobado que esta clase de simplificación excesiva al decidir quién recibe recursos refuerza las jerarquías de poder existentes dentro de las comunidades, de modo que quienes ya tenían poco poder social, como las mujeres más pobres, no se benefician de los recursos proporcionados.
En cambio, las investigaciones muestran que los proyectos de desarrollo suelen dar mejores resultados cuando tienen en cuenta las normas de las comunidades locales. Por ejemplo, en Bangladesh, hombres y mujeres de comunidades hindúes y musulmanas trabajan en humedales, pero cada grupo desempeña una función distinta. Los investigadores descubrieron que los proyectos comunitarios de gestión de humedales daban mejores resultados cuando las personas trabajaban de acuerdo con sus funciones tradicionales, tanto según el género como según la religión.
Un enfoque interseccional nos ayuda a ir más allá de las categorías simplistas como «la mujer vulnerable» y, en su lugar, pone de relieve los flujos desiguales de poder que determinan el acceso a los recursos. Este enfoque debe integrarse en los niveles más profundos de las ciencias de la alimentación para garantizar que las personas marginadas y vulnerables estén en primera línea del cambio.
Dinámicas de poder
También es fundamental comprender cómo las dinámicas de poder estructuran las decisiones en los sistemas alimentarios, tanto en los hogares como en las instituciones gubernamentales.
Al abordar los problemas que enfrentan las mujeres y las niñas en Burundi, CARE International trabajó con una red local de hombres defensores de la igualdad de género para analizar los sistemas de poder, reflexionar sobre los roles de género y fomentar la participación activa y en condiciones de igualdad de las mujeres en las decisiones comunitarias. Entre los resultados se contaron mejoras en la productividad agrícola, así como un mayor empoderamiento de las mujeres y una mayor igualdad de género.
También es fundamental crear espacios inclusivos y seguros para las voces marginadas. Los enfoques creativos, como el teatro, la danza y la música, ofrecen un poderoso medio para lograrlo.
Por ejemplo, Roktim: Nurture Incarnadine, una producción de Ananya Dance Theatre, explora mediante la danza la política feminista de la alimentación. Su espectáculo pone de relieve cuestiones relacionadas con la sostenibilidad y la justicia en los sistemas alimentarios, y demuestra el poder de la acción comunitaria.
Injusticia histórica
La injusticia histórica ha contribuido en gran medida al fracaso continuado de los sistemas alimentarios. Por ejemplo, en lo que respecta a los sistemas alimentarios mundiales, debemos comprender cómo el colonialismo ha moldeado los procesos alimentarios y cómo sigue haciéndolo hoy en día.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el gobierno colonial de Zambia promovió la producción de maíz por encima de la de cultivos autóctonos como el mijo y el sorgo. En la actualidad, la producción de maíz sigue recibiendo un apoyo considerable: casi el 80 % del presupuesto anual agrícola del gobierno se destina a producir maíz. Como resultado, el maíz, que aporta pocos nutrientes, predomina en la dieta de Zambia y contribuye a la inseguridad alimentaria crónica de la región.
Para comprender cómo diseñar mejor los sistemas alimentarios, los investigadores deben tener en cuenta cómo la colonización contribuyó a darles forma desde el principio. Esto nos permite reconocer cómo los procesos coloniales de explotación y destrucción, como el comercio transatlántico de personas esclavizadas, se reflejan en los sistemas alimentarios actuales de África, dominados por el maíz.
La descolonización de la investigación también puede animarnos a identificar y cuestionar el poder, los privilegios y la desigualdad en la investigación. Por ejemplo, suelen ser académicos de países desarrollados, y no sus homólogos de países en desarrollo, quienes fijan las agendas de investigación y determinan cómo se gasta el dinero.
Además, las investigaciones de todo el mundo suelen publicarse únicamente en inglés, lo que limita el acceso a esa información en las comunidades donde no se habla inglés.
Tradicionalmente, la ciencia se ha considerado un proceso de observación imparcial. Sin embargo, toda investigación refleja sesgos culturales y, como investigadores, nuestros propios valores nos influyen profundamente. Tomar conciencia de cómo se crea nuestro conocimiento científico es un paso clave para alcanzar la justicia.
Desde el codesarrollo de tecnologías agrícolas hasta el diseño y la puesta en marcha de programas alimentarios, los investigadores influyen enormemente en qué tipo de ciencia se prioriza y quién se beneficia de ella.





