Encontrar soluciones para proporcionar alimentos nutritivos a casi 10.000 millones de personas para 2050 sin destruir nuestro planeta es una de las mayores oportunidades de liderazgo de nuestra generación. El sistema alimentario mundial es el sector menos transformado en términos de innovación tecnológica, políticas y modelos de negocio. Va muy por detrás de la energía y la salud en la atracción de inversión comercial y financiación combinada. Rara vez ocupa un lugar destacado entre las prioridades de los responsables políticos. Sin embargo, su impacto en el bienestar de las personas y del planeta no tiene parangón.
Casi una de cada dos personas del planeta sufre desnutrición y todas las tendencias, salvo el retraso del crecimiento infantil, van en la dirección equivocada. Hambre aumenta, una de cada tres mujeres padece anemia, y la inseguridad alimentaria se manifiesta en un aumento del sobrepeso y la obesidad. El Global Burden of Disease 2017 subraya el reto, y la mayoría de los cinco principales factores de riesgo de muerte prematura están relacionados con dietas muy desajustadas respecto a las necesidades básicas de nuestro organismo.
Los unos 500 millones de pequeños agricultores del mundo se cuentan entre los grupos más pobres y peor nutridos. Y los desafíos ambientales son igualmente graves. El sector agroalimentario representa actualmente alrededor del 30 % de las emisiones de gases de efecto invernadero y el 70 % de la extracción de agua dulce. Esto es insostenible; y aun así necesitamos aumentar significativamente la producción de alimentos, incluso si logramos abordar los retos de la pérdida y el desperdicio de alimentos.
El World Resources Report sobre cómo crear un futuro alimentario sostenible, elaborado por el World Resources Institute en colaboración con el Banco Mundial, ONU Medio Ambiente, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y los organismos franceses de investigación agrícola CIRAD e INRA, lanza una señal de alarma: "Si los niveles actuales de eficiencia productiva se mantuvieran constantes hasta 2050, alimentar al planeta supondría talar la mayor parte de los bosques restantes del mundo, aniquilar miles de especies más y liberar suficientes emisiones de gases de efecto invernadero como para superar los objetivos de calentamiento de 1,5 °C y 2 °C consagrados en el Acuerdo de París, incluso si las emisiones de todas las demás actividades humanas se eliminaran por completo.”
Nada como una crisis para centrar nuestra atención.
Afortunadamente, empezamos a ver soluciones plausibles y científicamente rigurosas que surgen para hacer el sistema alimentario más inclusivo, sostenible, eficiente y nutritivo. Este mes, la Comisión EAT-Lancet publicará objetivos para lograr dietas saludables y una producción de alimentos dentro de los límites planetarios. El informe World Resources Report mencionado anteriormente también describe un menú de cinco platos de acciones para frenar la huella de la alimentación sobre la tierra y el clima sin agravar la pobreza.
A continuación se presentan cuatro áreas de acción urgente para que los responsables políticos y los líderes del sector privado hagan que las próximas cosechas contribuyan a nuestro futuro colectivo:
Aprovechar la innovación tecnológica
El Foro Económico Mundial y sus socios han identificado un conjunto de 12 áreas tecnológicas agrícolas transformadoras con potencial para generar impactos positivos significativos a lo largo de las cadenas de valor alimentarias. Estas van desde innovaciones que cambian la forma de la demanda de alimentos, como las proteínas alternativas y la nutrigenética, hasta aquellas que pueden hacer que los sistemas alimentarios sean más eficientes en el uso de los recursos y más resilientes al clima, como la agricultura de precisión, la edición genética y la protección de cultivos de base biológica, así como tecnologías que mejoran la trazabilidad.
Sin duda existen compensaciones entre distintos objetivos y tecnologías, y las soluciones tecnológicas por sí solas pueden resultar perjudiciales en ausencia de comprensión contextual y de pertinencia. Aun así, no cabe duda de que las tecnologías disruptivas ofrecen una de nuestras mayores esperanzas para avanzar en un sector largamente descuidado.
El reto para los líderes consiste en acordar la combinación adecuada de estas tecnologías para distintas cadenas de valor alimentarias y contextos geográficos, y en desarrollar las políticas, inversiones y el fortalecimiento de capacidades necesarios para escalar su implementación de forma equitativa, eficiente y ambientalmente sostenible.
Impulsar al máximo los centros y las redes de investigación alimentaria
Estrechamente vinculada a la agenda tecnológica está la necesidad de intensificar la ambición de las instalaciones y alianzas de investigación agrícola y nutricional. Se requieren tanto institutos nacionales como instituciones mundiales, y tanto el sector público como el privado tienen papeles cruciales que desempeñar.
La red CGIAR ha logrado avances impresionantes en este campo durante la última década. Ha pasado de ser una alianza centrada en gran medida en la agronomía y dominada por los gobiernos a una red internacional de investigación más receptiva, basada en asociaciones, que genera evidencia, tecnología, datos, análisis y políticas de vanguardia. Un ejemplo de la contribución transformadora de CGIAR se da en el ámbito del trigo, donde sus investigaciones han generado entre 2.200 y 3.100 millones de dólares en rendimientos económicos y sociales anuales entre 2004 y 2014. Pero persisten retos, entre ellos la necesidad de centrar la investigación en una gama más amplia de productos básicos, como frutas y hortalizas, alimentos de origen animal, legumbres y frutos secos.
Los institutos de investigación nacionales y regionales son igualmente importantes para el sistema alimentario porque ofrecen soluciones adaptadas a las necesidades y realidades locales. También es necesario desarrollar vínculos más estrechos entre los centros de investigación agrícola, nutricional y sanitaria, tanto a nivel nacional como mundial.
El liderazgo en este ámbito puede ayudar a aumentar enormemente la financiación, la eficiencia, la pertinencia y la conectividad de los centros e iniciativas de investigación existentes, para impulsar la I+D y conseguir que el sistema alimentario llegue adonde queremos que esté.
Desbloquear la financiación para las pequeñas y medianas empresas
El sistema alimentario actual está tan plagado de ineficiencias que los inversores inteligentes y los emprendedores disruptivos han empezado a fijarse en él. McKinsey calcula que las inversiones mundiales en alimentación y agricultura se triplicaron entre 2004 y 2013, hasta superar los 100.000 millones de dólares. El número de fondos de inversión en agricultura y nutrición pasó de unos 40 a más de 440 entre 2005 y 2017. Sin embargo, más del 60 % de los activos bajo gestión de estos fondos se invierte en América del Norte y Europa. Solo el 6 % se invierte en Asia-Pacífico y el 4 % en África. Aún menos dinero se destina a las pequeñas y medianas empresas (pymes) que generan empleos fundamentales tanto en zonas rurales como urbanas y que constituyen la mayor parte de los sistemas de insumos, producción, transformación y distribución de alimentos en las economías en desarrollo.
Están surgiendo alianzas y mecanismos de financiación prometedores para abordar el reto de la insuficiencia de financiación para las pymes en los países en desarrollo. Entre ellos figuran las iniciativas de financiación combinada que están poniendo en marcha el Consejo sobre Financiación Agrícola para Pequeños Agricultores y la Alianza Mundial para la Mejora de la Nutrición. Otros enfoques buscan atraer inversiones privadas y optimizar el uso de los escasos recursos públicos para alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible, por ejemplo mejorando el entorno normativo y regulatorio, reduciendo los costes y riesgos de las transacciones y promoviendo la sostenibilidad ambiental y social. En Costa de Marfil, por ejemplo, el Banco Mundial proporciona 200 millones de dólares para apoyar la reforma de las políticas del sector del anacardo y mejorar el acceso de los agricultores a los mercados y la tecnología, mientras que la Corporación Financiera Internacional, brazo de inversión del sector privado del Banco Mundial, trabaja con bancos locales para catalizar el crédito en toda la cadena de valor del anacardo.
Los líderes deben procurar maximizar la financiación para el desarrollo inclusivo y sostenible de las cadenas de valor agrícolas. Las medidas políticas deliberadas que permitan prosperar a las empresas agroalimentarias de todas las escalas harán posible un sector más dinámico y responsable: un sector que crea empleo, responde a las preferencias de los consumidores y está mejor preparado para afrontar las consideraciones sanitarias, nutricionales y ambientales.
Reestructurar el apoyo agrícola para ofrecer bienes públicos
Según la OCDE, las políticas agrícolas y el apoyo público proporcionaron a los productores agrícolas unos 570.000 millones de dólares anuales de media entre 2015 y 2017 en los 51 países examinados. Algunos de estos fondos se orientan eficazmente a incentivar la producción de alimentos más nutritivos, un uso más sostenible de los recursos naturales, una mayor eficiencia económica y mayores ingresos para los pequeños agricultores. Sin embargo, de esos 570.000 millones de dólares, solo 86.000 millones se destinaron a inversiones de tipo bien público, como la investigación y la extensión agrícolas y la seguridad alimentaria. Una parte importante de los subsidios públicos ha tenido, en cambio, efectos más negativos, especialmente en lo que respecta a empeorar, en lugar de mejorar, los resultados climáticos. Por ejemplo, los subsidios más distorsionadores suelen fomentar un uso excesivo de fertilizantes o la sobreexplotación de las aguas subterráneas, lo que perjudica al medio ambiente y a la salud humana.
Existen buenos ejemplos, como hemos visto con la evolución de la Política Agrícola Común de la Unión Europea, donde el paso de los precios de mercado de apoyo a los pagos directos a los agricultores supuso una reducción del 20 % en el uso de fertilizantes entre 1990 y 2015, mientras que los rendimientos de los cereales aumentaron un 28 %. Como resultado, las emisiones de óxido nitroso procedentes de los suelos agrícolas se redujeron un 17 % en el mismo periodo.
Dirigir el apoyo público hacia resultados de bien público, en concreto la agricultura inteligente con el clima, abre oportunidades para generar un impacto sustancial. Lo mismo ocurre con los objetivos nutricionales, dado que el apoyo actual favorece de forma desproporcionada a los cereales y la carne frente a las legumbres, las frutas y las hortalizas.
La oportunidad de liderazgo consiste en que los países examinen con urgencia la estructura de su gasto agrícola a la luz de sus objetivos del siglo XXI: ¿están los fondos públicos ayudando a la salud, a la pobreza y al medio ambiente o agravando sus crisis? Aprendiendo de los éxitos de otros países y sopesando los pros y los contras, los responsables políticos pueden considerar el paso de los precios de mercado de apoyo a los pagos directos a los productores, que se dirijan mejor a la pobreza rural, desvincular los pagos de la producción e incentivar prácticas de gestión agrícola y de recursos naturales que sean mejores para el medio ambiente, a fin de sacar el máximo partido del dinero público.
No cabe duda: el sistema alimentario mundial se encuentra en una encrucijada. La forma en que respondamos a sus múltiples desafíos decidirá el futuro de la próxima generación: nuestras acciones e inacciones pueden allanar el camino al hambre, la enfermedad, los conflictos y la migración a gran escala, o contribuir a restaurar los paisajes productivos y los alimentos a su potencial para sostener la vida, almacenar carbono y generar riqueza y salud.



