Vivimos en una encrucijada, tanto para la humanidad como para nuestro planeta. ¿Encontraremos la forma de seguir un camino sostenible o nos situaremos al margen de las leyes de la naturaleza, poniendo en peligro el planeta y a su gente?
Un coche circula a toda velocidad por la carretera hacia esa encrucijada. La ventanilla baja y por ella sale disparada una botella de plástico. Al observarlo, la mayoría de nosotros lo calificaría de basura. Muchos se preguntarían si la botella podría haberse reciclado. Otros podrían pensar en consecuencias más graves: quizá la botella baja por la carretera hasta un arroyo, y ese arroyo la lleva hasta el río. Después flota del río al océano, el final de la línea natural. Allí la botella permanecerá, desintegrándose lentamente en fragmentos no biodegradables que acaban entrando en la cadena alimentaria. Plancton, peces, mamíferos: de una botella a miles de millones, surge una tragedia global que rápidamente se está convirtiendo en un problema de todos.
Otro coche circula por la misma carretera. La ventanilla se abre y el conductor da el último mordisco a una manzana crujiente antes de tirarla al asfalto. Algunos quizá nos preguntemos si podría haberse depositado en un contenedor adecuado, pero la mayoría no veríamos ninguna tragedia. Incluso de niños sabemos que la naturaleza dispone de los mecanismos para reciclar los restos no consumidos de esa manzana. Al fin y al cabo, estaba hecha de bloques de construcción desde tiempos inmemoriales, fruto de un ciclo virtuoso de crecimiento y descomposición.
El sistema de reciclaje perfecto de la Tierra
¿Y si el sistema natural de renovación de nuestro planeta encerrara el secreto de soluciones innovadoras que permitieran un crecimiento creativo y nuevas posibilidades que forman parte de la naturaleza, y no están separadas de ella? Apeel Sciences nació de esa filosofía. En lugar de usar lo que la naturaleza nunca ha visto antes, y que por tanto le resulta desconocido en su sistema de reciclaje, creamos soluciones a partir de materiales de origen vegetal, imaginando productos que la naturaleza podrá reutilizar dentro de millones de años.
Apeel trabaja con el «alfabeto de la naturaleza», los bloques químicos de construcción de todos los sistemas vivos. Se trata de las estructuras moleculares sencillas y a la vez sofisticadas que se encuentran en cada bocado de fruta que comemos. Estas elegantes combinaciones químicas son palabras y frases formadas a partir de ese alfabeto que han demostrado ser las más versátiles y fáciles de manejar para el sistema de reciclaje de la Tierra. Sin embargo, con demasiada frecuencia, cuando hablamos de productos químicos, solo imaginamos plaguicidas peligrosos, conservantes tóxicos y plásticos omnipresentes. Pero el agua en sí es un producto químico. El aire que respiramos es una combinación de sustancias químicas. De hecho, las sustancias químicas nos rodean por todas partes. Si recombinamos esos mismos bloques de construcción de elementos químicos, sin crear un nuevo alfabeto, entonces la maquinaria natural existe en la naturaleza para reutilizar esos fragmentos. No se necesitan plantas de reciclaje ni estanques de retención. Nuestro mundo natural puede descomponerlo.
Historia de dos moléculas
Imaginemos dos moléculas, dos caras de la misma moneda: una de la naturaleza y otra ajena a ella. Tomemos como ejemplo la sucralosa y el rebaudiósido A. Aunque ambos actúan como edulcorantes no calóricos, uno ha sido manipulado por el ser humano de formas ajenas a la naturaleza. En el caso del azúcar clorado, también conocido como sucralosa, los científicos crearon un edulcorante sin calorías a partir de la sacarosa. Inventaron de forma ingeniosa una sustancia dulce que nuestro organismo no procesa como el azúcar, con sus calorías asociadas, al sustituir ciertos hidróxidos del azúcar por cloro. Así, podemos engañar a nuestras papilas gustativas para que perciban algo dulce. Pero no podemos engañar a nuestro cuerpo, ni a nuestros propios sistemas naturales de procesamiento. Con la sucralosa, lo que procesamos como dulce en la mente no lo procesa el cuerpo como energía, como sucedería con el azúcar. Tampoco podemos engañar a los microbios, que degradan lentamente la sucralosa en el medio ambiente, por lo que persiste como una botella de plástico en el océano.
En contraste con la sucralosa está el rebaudiósido A, que procede de Stevia rebaudiana, la planta de estevia. Por algún capricho de la naturaleza, aunque es químicamente bastante distinta del azúcar, la estevia es dulce. Muy dulce. Es tan dulce que también se utiliza como edulcorante no calórico. Y, sin embargo, es de origen natural. Su estructura no es desconocida para la naturaleza, por lo que su maquinaria puede descomponerla en sus constituyentes con facilidad.
Al igual que con la sucralosa, un concepto similar de manipulación química puede observarse en los insecticidas neonicotinoides, derivados de la nicotina, un plaguicida natural que evolucionó en las plantas como mecanismo de defensa. Utilizada de forma aislada, la sustancia química de origen vegetal, la nicotina, afecta a los sistemas nerviosos humanos, provocando euforia e incluso generando adicción. La nicotina también se une a los receptores nicotínicos de acetilcolina de los insectos, lo que explica sus propiedades plaguicidas. El reto para los científicos consistió en tomar prestadas las propiedades plaguicidas de la nicotina sin provocar efectos residuales de esta en los seres humanos. Así, los químicos modificaron sutilmente su composición molecular e introdujeron una clase de insecticidas que hoy es la más popular del mundo, pese a las recientes prohibiciones en la Unión Europea. Solo ahora empezamos a tomar conciencia de las implicaciones fundamentales de introducir combinaciones químicas no naturales en ecosistemas cuyos organismos carecen de la maquinaria natural necesaria para descomponerlas. Los neonicotinoides se acumulan en la cadena alimentaria, y hay pruebas de que su acumulación afecta a los sistemas nervioso y reproductor de los insectos, incluidas las abejas. Una reciente investigación sugiere que estas sustancias químicas son un factor principal del Trastorno del Colapso de Colonias que pone en peligro las poblaciones mundiales de abejas y afecta negativamente a otros insectos e incluso a las aves.
Por la química, podría decirse, se puede engañar a algunas personas todo el tiempo, pero no a todas las personas todo el tiempo. Se puede engañar a las papilas gustativas y despistar a los insectos, pero no se puede engañar a la propia naturaleza.
Hecho a partir de plantas
En Apeel Sciences veneramos la naturaleza y la ciencia, combinando el brillo inherente del mundo natural con el ingenio humano. Creemos que lo único que debe haber en los alimentos es comida, por lo que diseñamos nuestras soluciones a partir de la naturaleza. Hecho a partir de plantas, Apeel añade una pequeña capa adicional «peel» a la superficie de los productos frescos para ralentizar de forma natural la pérdida de agua y la oxidación, los factores que causan el deterioro. Utilizando lo que se encuentra en el interior de la fruta, los bloques de construcción que nos ofrece la naturaleza, reorganizamos elementos para crear soluciones invisibles e insípidas para productos frescos que prolongan su vida útil de dos a cinco veces.
Hoy en día, las frutas y verduras de Apeel ayudan tanto a los consumidores como a los minoristas a reducir el desperdicio de alimentos, al tiempo que abren nuevos mercados a agricultores que carecen de acceso a la cadena de frío. Con Apeel, un agricultor de mangos en Kenia puede llevar sus productos al mercado sin el coste de la refrigeración, lo que le proporciona ingresos adicionales y reduce considerablemente el desperdicio de alimentos asociado a la sobremaduración en la finca. Para los grandes productores, Apeel marca la diferencia entre transportar espárragos por vía aérea o utilizar el método de envío más barato y menos intensivo en carbono que permite la capacidad de Apeel para conservar los productos durante más tiempo. Y en los supermercados, Apeel hace posible comprar aguacates que se mantienen maduros durante más tiempo, de modo que se tira menos comida en buen estado al final.
Aprovechar al máximo los tiempos
Si observamos el mundo actual, podríamos tomar prestada otra frase: “Fue la mejor de las épocas, fue la peor de las épocas…”. Vivimos una era de gran abundancia, con personas que viven más años y con mejor salud en gran parte del mundo, pero las pruebas son cada vez más claras: estamos destruyendo nuestro planeta. Todos tenemos el desafío de hacerlo mejor por la Tierra, al tiempo que alimentamos a la creciente población mundial.
Hoy quiero proponer que podemos aprender del mundo natural para responder a las necesidades de nuestro tiempo. Podemos intentar vivir dentro de las leyes del mundo natural, en lugar de empeñarnos en vivir al margen de ellas. En lugar de usar lo que la naturaleza nunca ha visto antes, usemos materiales que pueda reconocer. La naturaleza sabe qué hacer. Nosotros también.



