La COVID-19 provoca una crisis alimentaria mundial. Así se puede abordar

Motorists sell fruits and vegetables to customers next to their vehicle, used as an alternative mobile grocery stall, along the highway, following a lockdown due to the coronavirus disease (COVID-19) outbreak, on the outskirts of Nairobi, Kenya May 25, 2020. REUTERS/Njeri Mwangi - RC2OVG9SG2UP
It's vital we reinforce global food systems that have been exposed by COVID-19.Image: REUTERS/Njeri Mwangi - RC2OVG9SG2UP
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  • La COVID-19 ha dejado al descubierto lo vulnerables que son nuestros sistemas alimentarios mundiales.

  • La pandemia ha acelerado el riesgo de hambruna, ya que las medidas de confinamiento han afectado a los ingresos y al comercio.

  • Ban Ki-moon, octavo secretario general de las Naciones Unidas, y Dag-Inge Ulstein, ministro de Desarrollo Internacional de Noruega, explican qué medidas pueden adoptarse.

Solo han bastado unas pocas semanas para que esta pandemia haya expuesto las graves deficiencias y desigualdades de nuestro sistema alimentario mundial. El Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas ha lanzado la voz de alarma: más de 250 millones de personas se enfrentan este año a la amenaza de la inanición como consecuencia de los múltiples efectos de la COVID-19, las guerras civiles, las pérdidas de cosechas y el cambio climático. Tenemos los recursos, pero ¿tenemos la voluntad política necesaria para evitar esta catástrofe inminente?

La COVID-19 está acelerando el riesgo de una pandemia mundial de hambre de dos maneras. Con los confinamientos impuestos por los gobiernos todavía vigentes, las familias pobres y desempleadas se están quedando sin dinero para comprar alimentos, incluso allí donde aún están disponibles. Para agravar aún más su situación, el cierre de las escuelas está privando a 370 millones de niños de su comida principal, y en ocasiones única, del día.

El virus también ha alterado gravemente el comercio mundial de alimentos. En África, donde muchas fronteras se han cerrado, las líneas de transporte de mercancías no han podido trasladar alimentos, lo que ha provocado que las existencias se pudran en los depósitos. La consiguiente escasez ha provocado un aumento de los precios de los alimentos básicos, como el arroz. Y, del mismo modo que algunos países trataron de restringir las exportaciones de material médico tras el brote de COVID-19, los principales exportadores de cereales están considerando (o ya han impuesto) controles a las exportaciones de alimentos.

Las restricciones comerciales amenazan con agravar aún más una crisis alimentaria terrible. No debemos permitir que la cooperación multilateral se desmorone de esta manera. Los países pobres de África, Asia y América Latina, ya golpeados por el colapso del empleo y de los ingresos fiscales y por exportaciones, se enfrentan ahora al desafío de alimentar a millones de ciudadanos hambrientos. Necesitan nuestra ayuda y nuestros excedentes alimentarios.

Los principales exportadores de cereales están considerando controles a las exportaciones de alimentos.Image: PIIE

Pero, además de las medidas urgentes que deberíamos adoptar hoy para evitar la amenaza de hambruna, también deberíamos pensar en cómo hacer que nuestros sistemas alimentarios mundiales sean más justos y más resistentes a futuras crisis.

Se están tomando algunas medidas para ayudar a los más afectados por esta crisis. En Eritrea, se han distribuido semillas y pequeños animales, como cabras y ovejas, entre los más vulnerables para ayudar a mantener la producción de alimentos y evitar que la gente pase hambre. Medidas como estas son vitales, pero no son suficientes. Deben ser el punto de partida para una transformación integral de nuestro sistema alimentario mundial.

Debemos hacer que los sistemas alimentarios sean más resilientes, para que nuestras personas más vulnerables estén mejor preparadas para afrontar la próxima sequía, inundación o plaga. ¿Qué significa la resiliencia para estas comunidades? Significa invertir en investigación agrícola para mejorar los rendimientos, desarrollar cultivos resistentes a la sequía, sistemas de alerta temprana y promover métodos agrícolas sostenibles, como, por ejemplo, aquellos que utilizan menos agua en zonas con estrés hídrico.

Significa garantizar a los pequeños agricultores un ingreso digno. Significa reforzar la demanda de alimentos producidos localmente mejorando el transporte, la refrigeración y la capacidad local de procesamiento de alimentos. Y significa mejorar el acceso a la información y a la financiación, para que los agricultores puedan sortear las perturbaciones y seguir produciendo los alimentos de los que depende el mundo.

Ya hay muchos proyectos excelentes que están marcando la diferencia. Los agricultores de las regiones de Maradi y Zinder, en Níger, han impulsado una campaña de reforestación que ha mejorado la retención de agua en el suelo, ha aumentado los rendimientos y ha sacado a las comunidades de la pobreza.

La Comunidad de África Oriental elaboró recientemente nuevas directrices destinadas a facilitar el transporte de mercancías entre sus países miembros. En otros lugares, los precios mínimos garantizados, en los que los gobiernos actúan como compradores de último recurso, ayudan a mantener los ingresos. Costa de Marfil y Ghana, por ejemplo, apoyan de este modo a sus productores de cacao.

Este tipo de proyectos generan beneficios que multiplican muchas veces la inversión inicial. En Ruanda, por ejemplo, Africa Improved Foods, una asociación público-privada, compra maíz y otros cultivos a 24 000 pequeños agricultores y los transforma en “supercereales” nutritivos. Con una inversión inicial de 70 millones de dólares, AIF calcula que sus cereales mejorados ya han beneficiado a dos millones de niños, además de proporcionar unos ingresos estables a sus agricultores, en su mayoría mujeres. Un estudio independiente realizado por la Universidad de Chicago estima que, entre 2016 y 2031, AIF generará 758 millones de dólares para la población de Ruanda.

Debemos ampliar proyectos como estos para que una alimentación asequible y nutritiva llegue a miles de millones de personas.

La sociedad moderna nunca había sido tan próspera; nunca habíamos producido tantos alimentos. Pero, al igual que la riqueza, nuestros alimentos están distribuidos de manera desigual, con consecuencias devastadoras y evitables. El mundo es lo bastante rico como para que la desnutrición sea ya cosa del pasado. Sin embargo, no lo es.

Para crear una seguridad alimentaria duradera, necesitamos más colaboración entre los gobiernos, el sector privado, las instituciones académicas y los organismos intergubernamentales. Si trabajamos juntos, podremos ayudar no solo a quienes hoy y mañana se quedan sin alimentos a causa de la COVID-19, sino también a quienes son vulnerables al hambre todos los días de su vida sin culpa propia. Hacer que la inseguridad alimentaria sea cosa del pasado es posible. Debemos hacerlo ahora.

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