Por qué necesitamos un nuevo modelo económico

Por qué necesitamos un nuevo modelo económico
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Dos corrientes de pensamiento suelen dominar los debates económicos actuales. Según los economistas de libre mercado, los gobiernos deberían reducir los impuestos, disminuir las regulaciones, reformar las leyes laborales y luego apartarse para dejar que los consumidores consuman y los productores creen empleos. Según la economía keynesiana, los gobiernos deberían impulsar la demanda total mediante la flexibilización cuantitativa y el estímulo fiscal. Sin embargo, ninguno de los dos enfoques está dando buenos resultados. Necesitamos una nueva Economía del Desarrollo Sostenible, con gobiernos que promuevan nuevos tipos de inversión.

La economía de libre mercado produce excelentes resultados para los ricos, pero resultados bastante desalentadores para todos los demás. Los gobiernos de Estados Unidos y de algunas partes de Europa están recortando el gasto social, la creación de empleo, la inversión en infraestructura y la formación laboral porque los ricos magnates que financian las campañas electorales de los políticos prosperan, mientras las sociedades que los rodean se desmoronan.

Sin embargo, las soluciones keynesianas —dinero fácil y grandes déficits presupuestarios— también han quedado muy lejos de los resultados prometidos. Muchos gobiernos intentaron impulsar el gasto tras la crisis financiera de 2008. Al fin y al cabo, a la mayoría de los políticos les encanta gastar dinero que no tienen. Sin embargo, el impulso a corto plazo fracasó de dos maneras importantes.

En primer lugar, la deuda de los gobiernos se disparó y sus calificaciones crediticias se desplomaron. Hasta Estados Unidos perdió su calificación AAA. En segundo lugar, el sector privado no respondió aumentando la inversión empresarial y contratando suficientes trabajadores nuevos. En cambio, las empresas acumularon enormes reservas de efectivo, principalmente en cuentas extraterritoriales exentas de impuestos.

El problema tanto de la economía de libre mercado como de la keynesiana es que ambas malinterpretan la naturaleza de la inversión moderna. Las dos corrientes creen que la inversión está impulsada por el sector privado, ya sea porque los impuestos y las regulaciones son bajos (en el modelo de libre mercado) o porque la demanda agregada es alta (en el modelo keynesiano).

Sin embargo, hoy la inversión del sector privado depende de la inversión del sector público. Nuestra época se define por esta complementariedad. A menos que el sector público invierta, y lo haga con sensatez, el sector privado seguirá acumulando fondos o los devolverá a sus accionistas en forma de dividendos o recompras de acciones.

La clave está en reflexionar sobre seis tipos de bienes de capital: capital empresarial, infraestructura, capital humano, capital intelectual, capital natural y capital social. Todos son productivos, pero cada uno desempeña un papel distinto.

El capital empresarial incluye las fábricas, máquinas, equipos de transporte y sistemas de información de las empresas privadas. La infraestructura incluye carreteras, ferrocarriles, sistemas de energía y agua, fibra óptica, oleoductos y gasoductos, aeropuertos y puertos marítimos. El capital humano es la educación, las habilidades y la salud de la fuerza laboral. El capital intelectual incluye los conocimientos científicos y tecnológicos fundamentales de la sociedad. El capital natural son los ecosistemas y los recursos primarios que sustentan la agricultura, la salud y las ciudades. Y el capital social es la confianza comunitaria que hace posibles el comercio, las finanzas y la gobernanza eficientes.

Estas seis formas de capital funcionan de manera complementaria. La inversión empresarial no puede ser rentable sin infraestructura y capital humano. Tampoco pueden funcionar los mercados financieros si se agota el capital social (la confianza). Sin capital natural (incluidos un clima seguro, suelos productivos, agua disponible y protección contra las inundaciones), los demás tipos de capital se pierden con facilidad. Y sin acceso universal a las inversiones públicas en capital humano, las sociedades sucumbirán a desigualdades extremas de ingresos y riqueza.

La inversión solía ser un asunto mucho más sencillo. La clave del desarrollo era la educación básica, una red de carreteras y suministro eléctrico, un puerto operativo y acceso a los mercados mundiales. Hoy, sin embargo, la educación pública básica ya no basta; los trabajadores necesitan habilidades altamente especializadas que se adquieren mediante formación profesional, títulos avanzados y programas de aprendizaje que combinan financiación pública y privada. El transporte debe ser más inteligente que la mera construcción gubernamental de carreteras; las redes eléctricas deben responder a la urgente necesidad de electricidad con bajas emisiones de carbono; y los gobiernos de todo el mundo deben invertir en nuevos tipos de capital intelectual para resolver problemas sin precedentes de salud pública, cambio climático, degradación ambiental, gestión de sistemas de información y más.

Sin embargo, en la mayoría de los países, los gobiernos no lideran, orientan ni siquiera participan en el proceso de inversión. Están recortando el gasto. Los ideólogos del libre mercado sostienen que los gobiernos son incapaces de realizar inversiones productivas. Los keynesianos tampoco reflexionan sobre los tipos de inversión pública necesarios; para ellos, gastar es gastar. El resultado es un vacío en el sector público y una escasez de inversiones públicas que, a su vez, frena la inversión necesaria del sector privado.

En resumen, los gobiernos necesitan estrategias de inversión a largo plazo y formas de financiarlas. Necesitan comprender mucho mejor cómo priorizar las inversiones en carreteras, ferrocarriles, energía y puertos; cómo hacer que las inversiones sean ambientalmente sostenibles mediante la transición a un sistema energético con bajas emisiones de carbono; cómo formar a los trabajadores jóvenes para empleos dignos, y no solo para trabajos mal remunerados en el sector servicios; y cómo construir capital social en una época de escasa confianza y considerable corrupción.

En resumen, los gobiernos deben aprender a pensar con anticipación. Esto también va en contra de la corriente económica dominante. Los ideólogos del libre mercado no quieren que los gobiernos piensen en absoluto; y los keynesianos quieren que piensen solo a corto plazo, porque llevan al extremo la célebre ocurrencia de John Maynard Keynes: «A largo plazo, todos estaremos muertos».

He aquí una idea anatema en Washington, DC, pero que merece reflexión. China, la economía de más rápido crecimiento del mundo, se basa en planes quinquenales de inversión pública, gestionados por la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma. Estados Unidos no tiene una institución de ese tipo, ni, de hecho, agencia alguna que examine sistemáticamente las estrategias de inversión pública. Pero ahora todos los países necesitan más que planes quinquenales: necesitan estrategias de 20 años, que abarquen una generación, para desarrollar las habilidades, la infraestructura y la economía con bajas emisiones de carbono del siglo XXI.

El G-20 dio recientemente un pequeño paso en la dirección correcta al poner nuevo énfasis en el aumento de la inversión en infraestructura como responsabilidad compartida de los sectores público y privado. Necesitamos mucho más de este tipo de reflexión en el año venidero, mientras los gobiernos negocian nuevos acuerdos mundiales sobre financiación para el desarrollo sostenible (en Addis Abeba, en julio de 2015); los Objetivos de Desarrollo Sostenible (en las Naciones Unidas, en septiembre de 2015); y el cambio climático (en París, en diciembre de 2015).

Estos acuerdos prometen contribuir a moldear para bien el futuro de la humanidad. Para que tengan éxito, la nueva Era del Desarrollo Sostenible también debería dar origen a una nueva Economía del Desarrollo Sostenible.

Publicado en colaboración con Project Syndicate

Autor: Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Política y Gestión de la Salud y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia

Imagen: En el distrito financiero de Canary Wharf, en Londres, se ven un letrero de Bank Street y edificios de oficinas de gran altura, el 21 de octubre de 2010. REUTERS/Luke MacGregor.

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