Por qué el mundo necesita inversión pública

Por qué el mundo necesita inversión pública
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El mundo afronta la perspectiva de un período prolongado de débil crecimiento económico. Pero el riesgo no es el destino: la mejor manera de evitar ese resultado es encontrar cómo canalizar grandes reservas de ahorro hacia inversiones del sector público que impulsen la productividad.

Las ganancias de productividad son vitales para el crecimiento a largo plazo, porque suelen traducirse en mayores ingresos y, a su vez, impulsar la demanda. Ese proceso lleva tiempo, por supuesto, especialmente si, por ejemplo, quienes reciben inicialmente el aumento de ingresos ya tienen una elevada tasa de ahorro. Pero, con inversiones suficientes en las áreas adecuadas, es posible sostener el crecimiento de la productividad.

El peligro radica en las inversiones financiadas con deuda que trasladan la demanda futura al presente sin estimular el crecimiento de la productividad. Este enfoque conduce inevitablemente a una desaceleración del crecimiento, e incluso podría desencadenar una crisis financiera como la que sacudió recientemente a Estados Unidos y Europa.

Estas crisis provocan grandes shocks negativos de demanda, ya que el exceso de deuda y la caída de los precios de los activos deterioran los balances, que luego requieren un mayor ahorro para sanearse: una combinación letal para el crecimiento. Si la crisis ocurre en una economía de importancia sistémica —como Estados Unidos o Europa, los dos mayores mercados externos de las economías emergentes—, el resultado es una escasez mundial de demanda agregada.

Y, de hecho, las graves restricciones de la demanda son una característica clave del entorno económico mundial actual. Aunque Estados Unidos por fin está saliendo de un período prolongado en el que la producción potencial superaba a la demanda, el alto desempleo sigue reduciendo la demanda en Europa. Una de las principales víctimas es el sector de bienes y servicios comerciables de China, donde la demanda interna sigue siendo insuficiente para cubrir el déficit y evitar una desaceleración del crecimiento del PIB.

Otra tendencia notable es que las distintas economías se recuperan de los recientes shocks de demanda a ritmos diferentes, y las economías más flexibles y dinámicas de Estados Unidos y China obtienen mejores resultados que sus homólogas del mundo avanzado y emergente. La regulación excesiva del sector no comerciable de Japón ha limitado el crecimiento del PIB durante años, mientras que las rigideces estructurales de las economías europeas dificultan la adaptación a los avances tecnológicos y a las fuerzas del mercado mundial.

Las reformas destinadas a aumentar la flexibilidad de una economía siempre son difíciles —y más aún en un período de débil crecimiento—, porque requieren eliminar a corto plazo las protecciones de intereses creados en aras de una mayor prosperidad a largo plazo. Por ello, encontrar formas de impulsar la demanda es fundamental para facilitar las reformas estructurales en las economías pertinentes.

Esto nos lleva al tercer factor que explica el débil desempeño de la economía mundial: la insuficiencia de la inversión, en particular la del sector público. En Estados Unidos, la inversión en infraestructura sigue siendo subóptima, y la inversión en la base de conocimientos y tecnología de la economía está disminuyendo, en parte porque la presión por mantenerse a la vanguardia en estas áreas ha menguado desde el fin de la Guerra Fría. Europa, por su parte, está limitada por una deuda pública excesiva y una débil posición fiscal.

En el mundo emergente, India y Brasil son solo dos ejemplos de economías donde la inversión insuficiente ha mantenido el crecimiento por debajo de su potencial (aunque esto podría estar cambiando en India). La excepción notable es China, que ha mantenido niveles elevados —y en ocasiones quizá excesivos— de inversión pública durante todo el período posterior a la crisis.

La inversión pública bien focalizada puede contribuir mucho a mejorar el desempeño económico: genera rápidamente demanda agregada, impulsa el crecimiento de la productividad al mejorar el capital humano, fomenta la innovación tecnológica y estimula la inversión del sector privado al aumentar los rendimientos. Aunque la inversión pública no puede corregir de la noche a la mañana un gran déficit de demanda, sí puede acelerar la recuperación y establecer patrones de crecimiento más sostenibles.

El problema es que las políticas monetarias no convencionales de algunas grandes economías han creado un entorno de bajos rendimientos, lo que ha dejado a los inversores algo desesperados por encontrar opciones de alto rendimiento. Muchos fondos de pensiones tienen un déficit, porque los rendimientos necesarios para cumplir sus obligaciones a más largo plazo parecen inalcanzables. Mientras tanto, se acumula capital en los balances de personas con un patrimonio elevado y en fondos soberanos.

Aunque el estímulo monetario es importante para facilitar el desapalancamiento, prevenir el mal funcionamiento del sistema financiero y reforzar la confianza de los inversores, por sí solo no puede encaminar una economía hacia un crecimiento sostenible; los propios bancos centrales lo han recalcado repetidamente. También se necesitan reformas estructurales, junto con un aumento de la inversión.

Dado hasta qué punto la demanda insuficiente limita el crecimiento, la inversión debería ser prioritaria. Ante las estrictas restricciones fiscales (y políticas), los responsables de formular políticas deberían abandonar la idea errónea de que las inversiones con amplios beneficios públicos —y, en cierta medida, no apropiables— deben financiarse íntegramente con fondos públicos. En su lugar, deberían establecer canales de intermediación para la financiación a largo plazo.

Al mismo tiempo, este enfoque implica que los responsables de formular políticas deben encontrar formas de garantizar que las inversiones públicas generen rendimientos para los inversores privados. Afortunadamente, existen modelos, como los aplicados a puertos, carreteras y redes ferroviarias, así como el sistema de regalías por propiedad intelectual.

Estos esfuerzos no deberían quedar limitados por las fronteras nacionales. Dado que aproximadamente un tercio de la producción de las economías avanzadas es comerciable —una proporción que solo aumentará a medida que los avances tecnológicos permitan comerciar más servicios—, los beneficios de un programa para canalizar el ahorro hacia la inversión pública se extenderían a otras economías.

Por eso, el G-20 debería trabajar para fomentar la inversión pública en los países miembros, mientras que las instituciones financieras internacionales, los bancos de desarrollo y los gobiernos nacionales deberían procurar canalizar capital privado hacia la inversión pública, con rendimientos adecuados. Con este enfoque, la «nueva normalidad» de la economía mundial podría pasar de su mediocre trayectoria actual a un crecimiento sólido y sostenible.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Michael Spence, premio Nobel de Economía, es profesor de Economía en la Stern School of Business de NYU, investigador visitante distinguido del Council on Foreign Relations, investigador sénior de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, presidente del Consejo Académico del Fung Global Institute de Hong Kong y presidente del Consejo de la Agenda Global sobre Nuevos Modelos de Crecimiento del Foro Económico Mundial.

Imagen: Se ven edificios residenciales de nueva construcción junto al río Songhua parcialmente helado y un puente en Jilin, provincia de Jilin, el 3 de febrero de 2015. Catorce provincias chinas planean invertir un total combinado de 15 billones de yuanes (2,4 billones de dólares) en infraestructura y otros proyectos a partir de este año, como parte de sus esfuerzos por ayudar a establecer un suelo para la desaceleración de la economía. REUTERS/Stringer

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