Por qué las economías emergentes deberían adoptar tecnologías disruptivas

Por qué las economías emergentes deberían adoptar tecnologías disruptivas
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En las reuniones anuales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional celebradas la semana pasada en Lima (Perú), uno de los temas que dominó los debates fue la desaceleración del crecimiento de las economías emergentes. Celebradas tras la crisis financiera de 2008 como los nuevos motores de la economía mundial, las economías emergentes actúan ahora como lastre para el crecimiento global, y muchos sostienen que su era de rápida expansión –y su empeño por converger con los niveles de ingresos de los países avanzados– ha terminado. ¿Tienen razón los agoreros?

Sin duda hay motivos para preocuparse, y el primero es China. Tras décadas de crecimiento casi de dos dígitos, China parece estar experimentando una marcada desaceleración, que algunos sostienen que es en realidad peor de lo que indican las cifras oficiales.

A medida que se ralentiza el crecimiento de China, también disminuye su demanda de petróleo y materias primas, con graves efectos para otras economías emergentes que dependen de la exportación de materias primas. Además, las ventajas de los precios más bajos de las materias primas no parecen haberse materializado entre los importadores netos, salvo quizá la India; si lo han hecho, han sido del todo insuficientes para compensar otras fuerzas que frenan el crecimiento.

Mientras tanto, las economías avanzadas se recuperan con cautela de la crisis de 2008. Como resultado, el diferencial de crecimiento entre las economías emergentes y avanzadas –calculado a partir de datos del FMI e incluyendo en el grupo de economías emergentes a Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán– ha disminuido considerablemente. De hecho, tras promediar tres puntos porcentuales durante dos décadas y elevarse a 4,8 puntos porcentuales en 2010, el diferencial en puntos porcentuales cayó a 2,5 el año pasado y se prevé que sea de solo 1,5 este año.

La cuestión, pues, es si el diferencial de crecimiento seguirá tan bajo como hoy. Quienes creen que así será suelen basarse en tres argumentos, todos los cuales requieren algunas matizaciones.

En primer lugar, sostienen que en la manufactura ya se ha producido una gran convergencia. Es cierto, pero pasa por alto la creciente interconexión entre manufactura y servicios, y la naturaleza cambiante de muchos servicios. Un iPad, por ejemplo, no solo debe fabricarse; también necesita servicios de programación. En cierto sentido, es en realidad más producto del sector de servicios moderno que de la manufactura. Y hay numerosas oportunidades sin explotar de recuperación tecnológica en, por ejemplo, la sanidad, la educación y los servicios financieros.

En segundo lugar, los pesimistas sobre los mercados emergentes señalan que estas economías han obtenido importantes ganancias de productividad gracias a la migración de mano de obra rural excedente hacia las zonas urbanas, un excedente que pronto se agotará. Esto también es cierto. Pero ignora que todavía existe una enorme reserva de mano de obra urbana en el sector informal que, al pasar al sector formal, proporcionaría un impulso adicional a la productividad.

El tercer argumento de los pesimistas es que las economías emergentes no están aplicando con la suficiente rapidez las reformas estructurales necesarias para sostener el crecimiento a largo plazo. De nuevo, hay algo de verdad en este argumento: las reformas estructurales son necesarias en todas partes. Pero no existe una forma probada de medir el ritmo de su aplicación. Por ello, resulta difícil afirmar que las economías emergentes hayan ralentizado colectivamente sus esfuerzos de reforma estructural.

Pero puede que exista un cuarto mecanismo en juego, relacionado con la naturaleza cambiante –y gravemente disruptiva– de las nuevas tecnologías. Un motor importante de la recuperación pasada, aunque solo en términos de crecimiento incremental, fue el traslado de numerosas actividades de los sectores de servicios y manufacturero desde las economías avanzadas hacia países en desarrollo con salarios más bajos.

Sin embargo, hoy una creciente gama de actividades puede automatizarse. Y los productos respaldados por programación suelen tener costes por unidad de producción inferiores a los que puede ofrecer incluso la mano de obra muy barata. Así, mientras que los centros de llamadas, por ejemplo, solían dotarse de personal mayoritariamente en países de bajos salarios, ahora el robot informático que atiende la mayor parte de las conversaciones puede estar situado en Nueva York.

Sin embargo, esta observación no debería eclipsar los conocimientos económicos fundamentales; en concreto, que el comercio y la localización de la producción se determinan por la ventaja comparativa, no por la absoluta. Un país siempre tendrá una ventaja comparativa en algo; pero ese algo cambia.

Muchos países avanzados, por ejemplo, tienen ahora una ventaja comparativa en actividades de alto valor añadido. Dicho de otro modo, gracias a sus fuerzas laborales altamente cualificadas, están mejor preparados que sus homólogos de países en desarrollo para actividades como la producción de bienes especializados a medida o, en realidad, cualquier cosa que requiera un equipo altamente capacitado que trabaje en estrecha proximidad.

Pero los cambios inducidos por la tecnología que están en marcha podrían anunciar grandes perturbaciones en las cadenas de valor globales, que afectarían tanto a los países desarrollados como a los países en desarrollo. De hecho, puede que hayamos entrado en un periodo de cambio fundamental que podría debilitar el crecimiento en todas partes, pues lo «viejo» se reduce antes de que lo «nuevo» pueda ocupar un espacio suficiente.

Cabe decir que la destrucción creativa que está teniendo lugar parece afectar proporcionalmente más al crecimiento de las economías en desarrollo que al de las economías avanzadas, en gran medida porque las nuevas tecnologías se están poniendo en práctica donde fueron inventadas, y los países en desarrollo aún no han logrado imitar en suficiente medida. Pero no estoy convencido de que las oportunidades de «recuperación» vayan a seguir disminuidas, sobre todo porque siempre será más fácil imitar que inventar.

De hecho, cabe sostener que podría hacerse posible un nuevo «salto de rana». Como muestra la experiencia del sector de las telecomunicaciones, la capacidad de adoptar nuevas tecnologías sin tener primero que desmantelar los sistemas antiguos puede propiciar un progreso rápido.

La clave para permitir una convergencia continua –incluso a un ritmo bastante rápido– es una buena gobernanza política. Los gobiernos de los países en desarrollo deben aplicar políticas orientadas a gestionar la inminente transformación, manteniendo al mismo tiempo la solidaridad y la cohesión sociales. Ese es el desafío que deben afrontar en este momento de gran perturbación.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial suscriba las opiniones expresadas.

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Autor: Kemal Derviş es exministro de Asuntos Económicos de Turquía y exadministrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, es vicepresidente de la Brookings Institution.

Imagen: Una oblea de 12 pulgadas se exhibe en Taiwan Semiconductor Manufacturing Company. REUTERS/Richard Chung.

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