Los economistas, los responsables de formular políticas y el público en general saben bien que Estados Unidos tiene un nivel de desigualdad de ingresos mucho mayor que otros países desarrollados. Pero lo que lo distingue de otras naciones no es la distribución de los ingresos, sino el nivel de redistribución. Ante niveles elevados de desigualdad, los economistas esperarían que el votante mediano de Estados Unidos presionara para que hubiera más redistribución, a medida que las personas con mayores ingresos se distancian cada vez más de quienes se encuentran en la mitad y en la parte baja de la escala de ingresos.
Entonces, ¿por qué el Gobierno de Estados Unidos no redistribuye más?
Un artículo presentado en la reunión anual de las Asociaciones Aliadas de Ciencias Sociales que acaba de concluir en Boston puede arrojar luz sobre este enigma. El artículo, de los economistas de la Universidad de Columbia Jimmy Charité y Raymond Fisman y de la economista de la Universidad de Princeton Ilyana Kuziemko, sostiene que las preferencias por la redistribución se ven afectadas por lo que los autores llaman «puntos de referencia».
Una de las conclusiones de la economía conductual es la aversión a las pérdidas. En la economía neoclásica, la utilidad que se obtiene de un dólar adicional debería ser igual (aunque en sentido opuesto) a la utilidad que se pierde al perder un dólar. Sin embargo, estudios de economistas conductuales y psicólogos concluyen que perder un dólar causa mucha más desutilidad que la utilidad que se obtiene al ganar un dólar. Este efecto explica por qué resulta mucho peor perder 5 dólares que encontrar en el suelo un billete de cinco dólares.
Charité, Fisman y Kuziemko presentan datos que indican que la aversión a las pérdidas podría explicar por qué los votantes de Estados Unidos no redistribuyen más. Para abordar este problema, realizan un experimento en el que presentan a los encuestados una situación hipotética: dos personas reciben dinero según el resultado de lanzar una moneda. A una persona se le dan 15 dólares y a la otra, 5. Luego se pide a los encuestados que redistribuyan el dinero entre esas dos personas hipotéticas.
Pero los encuestados se dividen en dos grupos y leen indicaciones ligeramente distintas. Al primer grupo se le dice que las dos personas hipotéticas que reciben el dinero solo sabrán la cantidad final que reciban, no la cantidad asignada según el lanzamiento de la moneda. Si los encuestados redistribuyen 5 dólares, saben que la persona que inicialmente recibió 15 dólares solo sabrá al final que la cantidad total recibida es de 10 dólares.
En cambio, al segundo grupo se le dice que las dos personas hipotéticas saben cuánto dinero recibieron al lanzarse la moneda, antes de la redistribución. Así que, de nuevo, si los encuestados redistribuyen 5 dólares, una de las personas sabría que tenía 15 dólares, pero que acabó con 10.
Los resultados del experimento muestran que estos puntos de referencia cambian bastante el nivel de redistribución. En el primer grupo, los encuestados eliminan el 94 % de la brecha de ingresos. En cambio, el grupo que tiene puntos de referencia y sabe que los destinatarios conocen la redistribución solo elimina el 77 % de la brecha. Una vez incluidos los puntos de referencia, el nivel de redistribución disminuye alrededor de un 20 %.
Por supuesto, tener en cuenta los puntos de referencia no es el único factor que explica las preferencias por la redistribución. Las personas podrían pensar que quienes reciben una gran parte del dinero merecen conservarla si esta se basa en la habilidad o el mérito. De hecho, cuando los autores cambiaron el motivo de la distribución de los ingresos —de un lanzamiento de moneda a las puntuaciones del SAT—, la redistribución descendió al 56 %. La disminución de la redistribución debida a los puntos de referencia es entonces aproximadamente la mitad de la causada por la distinción entre suerte y mérito.
Lo más interesante del artículo de Charité, Fisman y Kuziemko es que indica que las preferencias del público en general por la redistribución podrían diferir de lo que se supone en los estudios clásicos sobre tributación óptima. Su investigación no es la primera en señalarlo, pero aporta más pruebas de que la persona promedio quizá no sea estrictamente utilitarista. Esto, a su vez, significa que el modelo económico clásico que sustenta buena parte del debate sobre el nivel adecuado de tributación progresiva podría basarse en algunos supuestos erróneos. Los economistas y los responsables de formular políticas no deberían pasar por alto la importancia de este hecho.
Este artículo se publica en colaboración con Equitable Growth . La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Nick Bunker es investigador asociado de políticas en el Washington Center for Equitable Growth.
Imagen: Una mujer sostiene un grupo de banderas de Estados Unidos en Oakland, California, el 13 de agosto de 2013. REUTERS/Robert Galbraith.



