Por qué el efectivo sigue siendo el rey en Chile

Por qué el efectivo sigue siendo el rey en Chile
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Desde hace más de un año, los chilenos han soportado una crisis de acceso al efectivo. A pesar de los avances mundiales hacia nuevas formas de pago, como los pagos sin contacto y las transferencias móviles, la crisis en Chile pone de relieve la importancia que siguen teniendo los cajeros automáticos en el ecosistema de pagos actual para muchas personas en todo el mundo, en particular para quienes tienen ingresos más bajos.

La mayoría de los chilenos utiliza efectivo para pagar casi todo: desde necesidades cotidianas como alimentos, bebidas y transporte hasta el alquiler mensual y algún capricho para la familia durante el fin de semana. Por eso, la falta de efectivo impide, en particular, que los chilenos situados en la base de la pirámide económica sigan con su vida diaria. Pedir dinero prestado a través de la tarjeta de crédito de otra persona también es una práctica habitual: el dinero prestado a crédito se devuelve en efectivo.

Además, en Chile los cajeros automáticos son mucho más que máquinas expendedoras de efectivo en la pared. Según un estudio de Bain & Company de 2013, el 25 % de todas las interacciones bancarias minoristas se realizaba a través de un cajero automático (mientras que el 55 % se hacía por computadora o teléfono móvil, el 12 % en una sucursal bancaria y el 8 % por teléfono fijo u otros medios). Por eso, una reducción del 11 % en el número de cajeros automáticos, es decir, 1.100 máquinas menos desde 2012, ha provocado malestar social : los cajeros automáticos son fundamentales para el ecosistema más amplio de circulación de efectivo.

Problemas de flujo de efectivo

La enorme disminución del número de cajeros automáticos en los últimos dos años se debe a que muchos bancos no están dispuestos a asumir el aumento de los costos de reforzar la seguridad y las nuevas directrices que establecen que deben estar en funcionamiento el 95 % del tiempo. El gobierno también ha congelado la comisión de intercambio, que ayuda a los bancos a cubrir sus costos.

Sea cual sea el motivo, los chilenos no están conformes. A lo largo de 2014 se acumularon las quejas en todo el país, en particular entre las personas de bajos ingresos de las periferias de grandes ciudades como Santiago, Valparaíso y Concepción. Son personas que no tienen acceso a una computadora, una tableta, un teléfono inteligente y, en algunos casos, ni siquiera a internet.

Ante el creciente número de máquinas fuera de servicio o vacías, y la negativa de los bancos a reponer efectivo en los cajeros por la tarde o por la noche debido a una serie de robos, la gente acabó pudiendo acceder al efectivo y a los demás servicios de los cajeros automáticos únicamente durante el horario bancario, algo muy inconveniente para quienes trabajan de día.

Los políticos se sumaron a la polémica: en noviembre, el tema ocupaba los titulares casi a diario y desde entonces se ha mantenido en lo más alto de la agenda política. Finalmente, los bancos respondieron a la indignación pública señalando el creciente costo de operar y reemplazar las máquinas, debido a los repetidos ataques de bandas de ladrones que las vacían y las dejan fuera de servicio.

Mayor acceso

En los últimos años, Chile ha hecho mucho para mejorar el acceso de sus ciudadanos a los servicios financieros. En 2007, el gobierno puso fácilmente a disposición de toda la población adulta cuentas corrientes básicas, vinculadas a una tarjeta de débito y al número de identificación tributaria de cada persona. Las estimaciones recientes indican que hay más de 4 millones de estas cuentas en uso activo en un país de 16 millones de habitantes.

Casi la mitad de los usuarios de estas cuentas no tiene acceso a ningún otro producto bancario; suelen ser personas de bajos ingresos, el 73 % de las cuales gana, en promedio, US$320 o menos al mes y muchas viven en zonas rurales remotas.

Este programa fue posible en gran medida gracias a la proliferación de cajeros automáticos en Chile. El país llegó a ser un punto de referencia regional en América Latina para estas máquinas. En 1995, los bancos duplicaron el número de cajeros hasta alcanzar 1.032 unidades, y el crecimiento continuó hasta llegar a un máximo de 9.238 máquinas en 2012.

¿Una tendencia a largo plazo?

Según Retail Banking Research, con sede en Londres, otros países donde el número de cajeros automáticos cayó más de un 10 % entre 2008 y 2013 fueron Dinamarca, Grecia, Noruega y España; mientras que los Países Bajos y Suecia perdieron entre un 5 % y un 10 % del total de unidades en el mismo período. No está claro si estas pérdidas forman parte de una tendencia a largo plazo, pero el uso del efectivo en los países nórdicos es tan bajo que se los ha descrito como sociedades sin efectivo ; por su parte, los bancos españoles han experimentado una marcada consolidación. Las economías de todos estos países son muy distintas de la de Chile.

Otras formas de pago están en auge en Chile. Aunque las transacciones en efectivo aumentaron un 1 % en 2014, los pagos con tarjeta crecieron un 3 % y las transacciones electrónicas, un 14 %. Aun así, el efectivo sigue siendo vital para el 57,2 % de la población.

Y aunque el volumen de transacciones disminuya respecto de los niveles actuales, en el futuro previsible el cajero automático seguirá siendo un punto clave para muchos establecimientos comerciales de Chile, donde todos aceptan efectivo. Este representa alrededor del 3,4 % del PIB de Chile (frente a menos del 2 % del PIB de la Unión Europea) y es el método de pago preferido por los sectores pobres del país. Mientras esto siga siendo así, harán falta cajeros automáticos.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.

La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Bernardo Batiz-Lazo es profesor de Historia Empresarial y Gestión Bancaria en Bangor University. Juan Felipe Espinosa es profesor de Gestión en Pontificia Universidad Catolica de Valparaiso.

Imagen: Escasez de efectivo. Sauce Babilonia, CC BY-NC

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