Estados Unidos, junto con Canadá y Japón, ha estado notablemente ausente de los debates sobre la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII). Un total de 57 países —de Europa, Asia y América Latina— se han sumado a la iniciativa liderada por China para invertir 100.000 millones de dólares en carreteras, líneas ferroviarias, puentes y puertos en toda la región. Sin embargo, el gobierno del presidente Barack Obama se ha mostrado reacio a sumarse, para gran desconcierto del gobierno chino.
Mantener esa postura sería un error. Estados Unidos tiene la oportunidad de influir en el diseño del BAII sin dar la impresión de que rectifica. A cambio de participar en la institución, el gobierno de Obama podría y debería insistir en que el BAII se centre en financiar proyectos de infraestructura que reduzcan las emisiones de dióxido de carbono y cumplan las normas ambientales más exigentes.
La necesidad de inversión en infraestructura en las economías emergentes de Asia es enorme. En general, a medida que aumentan los ingresos de los hogares de un país, disminuye la proporción del gasto destinada a alimentos, mientras que el gasto en transporte crece considerablemente. Además, la mayoría de los países en desarrollo de Asia han alcanzado una etapa económica en la que pronto amplios sectores de su población podrán permitirse viajar en automóvil y avión por primera vez.
Según una investigación que realicé con mi colega Tomas Hellebrandt, los ingresos medios de los hogares en las economías emergentes de Asia se duplicarán en las próximas dos décadas; mientras tanto, el gasto en transporte se cuadruplicará. Las decisiones que se tomen ahora sobre qué tipo de infraestructura construir —sistemas de metro o carreteras; energía verde o carbón— tendrán un gran impacto en la capacidad del mundo para mantener bajo control el cambio climático.
Estados Unidos y China tienen un interés común en garantizar tanto que el crecimiento económico de Asia siga siendo sólido como que se reduzcan las emisiones de CO2. Ambos países también buscan iniciativas concretas que pongan de manifiesto su capacidad para trabajar juntos, y ya cuentan con una trayectoria de cooperación en cuestiones relacionadas con el medio ambiente. El pasado noviembre, Obama y el presidente Xi Jinping emitieron un anuncio conjunto sobre el cambio climático, en el que expusieron sus respectivas políticas y describieron sus iniciativas compartidas. Es importante mantener ese impulso de cara a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París en diciembre.
Por fortuna, ambos países parecen reconocer la importancia de encontrar una vía de avance respecto al BAII. Japón, el principal aliado de Estados Unidos en Asia, anunció en mayo una iniciativa competidora: ofrecería 110.000 millones de dólares para proyectos de «infraestructura de alta calidad» en Asia durante los próximos cinco años. Sin embargo, la postura de Estados Unidos parece haberse suavizado algo en los últimos meses. En abril, Obama afirmó que Estados Unidos no se opone al BAII y que estaría «totalmente a favor» si se cumplen normas internacionales estrictas para los proyectos de préstamo.
No tiene sentido intentar dilucidar si el esfuerzo de China por crear el BAII refleja el deseo de fortalecer su posición global o si está dirigido únicamente a promover los intereses comerciales estrictamente definidos del país. Lo más probable es que intervengan ambos motivos. No cabe duda, por ejemplo, de que China tiene un gran interés en destinar su enorme reserva de ahorros a usos productivos en proyectos emprendidos en el extranjero.
Es cierto que el oeste de China aún necesita urbanizarse y modernizarse, pero ese mercado pronto podría resultar demasiado pequeño, al menos en comparación con la formidable capacidad de las empresas chinas para llevar a cabo proyectos de infraestructura. Mientras tanto, a medida que los países vecinos se desarrollen económicamente, surgirán nuevas oportunidades para el comercio regional. Los vínculos comerciales también pueden contribuir a preservar la estabilidad política de la región, sobre todo si todos perciben que los frutos del desarrollo económico se comparten de manera razonablemente justa.
Decisiones como la que afronta Estados Unidos —sumarse o no al BAII— no deberían basarse en especulaciones sobre las motivaciones de otros países, sino en una estimación de lo que puede lograrse al elegir una u otra opción. Al participar en el BAII, las economías avanzadas podrán influir en sus operaciones, garantizar la transparencia de sus procesos y establecer incentivos para proyectos que preserven los recursos naturales del mundo y controlen el cambio climático. Estados Unidos está bien posicionado para desempeñar un papel constructivo en ese esfuerzo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Paolo Mauro es investigador sénior del Peterson Institute for International Economics.
Imagen: Las banderas de la República Popular China y de Estados Unidos ondean en un poste de alumbrado. REUTERS/Hyungwon Kang.



