Por qué África puede beneficiarse de lo mejor de ambos mundos

Por qué África puede beneficiarse de lo mejor de ambos mundos
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Con el auge de las economías asiáticas y su deseo de desempeñar un papel más importante en la escena mundial, se ha sugerido que África debería elegir entre mantener sus alianzas con Occidente y estrechar nuevas alianzas con Oriente. Es la misma falsa disyuntiva que se les planteó a los países africanos durante la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética y Occidente, liderado por Estados Unidos, competían por ejercer una influencia exclusiva en todo el continente.

La idea de que África debe volver a elegir entre dos bloques rivales —el chino y el occidental— se ha extendido entre estrategas, centros de estudios y periodistas occidentales. Reducir las opciones de África a una disyuntiva tan burda evoca el espectro de un nuevo «Gran Juego», en el que potencias extranjeras vuelven a repartirse el continente en beneficio propio. Según esta narrativa, los inversores asiáticos, en particular los chinos, se darán un festín con los recursos del continente hasta que no quede nada.

Los gobiernos y las empresas africanas tienen una visión más matizada. En los últimos años, los inversores occidentales han puesto la mira en mercados emergentes como Brasil y China, dejando un déficit de financiación en los mercados pioneros de África. Muchos de nuestros socios asiáticos han logrado desarrollar su base industrial, algo que los países africanos también aspiran a hacer. China, después de todo, es ahora la mayor economía del mundo (en términos de paridad del poder adquisitivo), apenas tres décadas después de abrirse a un rápido desarrollo.

Mientras tanto, el crecimiento económico ya no es una promesa lejana en África, sino una realidad. Según el Banco Mundial, el PIB del África subsahariana creció a una tasa anual del 4,7 % en 2013, y se esperaba que el ritmo se acelerara hasta el 5,1 % en 2015 y 2016. Hoy, ningún inversor mundial puede permitirse ignorar el enorme potencial de África. Del mismo modo, ningún país en desarrollo debería ignorar las grandes oportunidades que ofrece la relación con las potencias emergentes de Asia. Es natural que las relaciones comerciales y diplomáticas entre dos continentes dinámicos sigan una trayectoria ascendente.

Las cifras son impresionantes. Las exportaciones de África a Asia aumentaron más de seis veces entre 2001 y 2011. El comercio entre ambos continentes casi iguala ahora al que existe entre África y Europa, y China se ha convertido en el mayor socio comercial de África, con flujos comerciales que pasaron de 11.000 millones de dólares en 2000 a 210.000 millones el año pasado. La inversión directa de China en África ha aumentado de apenas 500 millones de dólares en 2003 a 15.000 millones en 2012.

Y hay mucho margen para seguir creciendo. África representa solo el 5 % del comercio exterior y la inversión totales de China. Esa cifra palidece frente a la inversión china en Estados Unidos, por ejemplo, donde China ha acumulado por sí sola 1,3 billones de dólares en deuda pública estadounidense.

El primer ministro chino, Li Keqiang, ha expresado claramente el deseo de su país de establecer una relación progresista con el continente, basada en el respeto mutuo y en el compromiso de desarrollar las comunidades africanas. Es revelador que, aunque África representa solo una pequeña fracción de la inversión extranjera de China, haya recibido casi la mitad del total de la ayuda exterior china.

Para África, la prioridad debe ser crear un entorno propicio para la inversión. Al estrechar sus vínculos con Asia, los gobiernos africanos tienen la oportunidad de aprender de los casos de éxito económico de la región y, al mismo tiempo, impulsar el desarrollo industrial de sus propios países.

Gran parte de la inversión asiática en África se ha destinado a infraestructuras que respaldan directamente las prioridades africanas: telecomunicaciones, centrales eléctricas y líneas de transmisión, agua y saneamiento, carreteras y ferrocarriles, puertos, aviación y aeropuertos. Estas inversiones representan un compromiso a largo plazo, y África se beneficia de muchas maneras: obtiene no solo empleos hoy, sino también una base industrial más avanzada que sustentará el empleo y propiciará el crecimiento económico durante mucho tiempo.

Estas inversiones también respaldan los esfuerzos de África por lograr una mayor movilidad, más productividad y un papel más destacado en el comercio mundial. Además, al fomentar la competencia por los proyectos y movilizar un conjunto más diverso de inversores, han reforzado la seguridad económica de África.

Por supuesto, la inversión a corto plazo y el crecimiento económico no pueden producirse a costa del desarrollo social y la creación de empleo a medio plazo, ni de la sostenibilidad y la estabilidad a largo plazo. Lo entendemos, y nuestros socios también. Es responsabilidad de todos los gobiernos africanos garantizar que las inversiones y las alianzas —ya sea con inversores de mercados emergentes como China, Brasil, India y los Estados del Golfo, o con Europa y Estados Unidos— se basen en condiciones justas.

Considerar los vínculos entre África y Asia como parte de una batalla entre Oriente y Occidente es simplista, obsoleto y, sobre todo, desacertado. El mayor interés por el continente es resultado de las reformas que han alentado a los inversores extranjeros, tanto de Oriente como de Occidente, y de la creciente capacidad de África para obtener el mejor acuerdo posible para su economía y su población.

Publicado en colaboración con Project Syndicate

Autor: Mahamoud Ali Youssouf es el ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional de la República de Yibuti.

Imagen: Vista del edificio de la bolsa de Nigeria en el distrito central de negocios de Lagos, el 10 de abril de 2013. REUTERS.

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