Desde que tomé la decisión, hace poco más de un año, de trasladarme a Hong Kong, he sido testigo privilegiado del cambio fundamental que se está produciendo en la economía y la estructura social mundiales: el desplazamiento del centro de gravedad de la economía global de Occidente hacia Oriente.
Si se acepta que este cambio está teniendo lugar, también se acepta que Asia, como región, debería desempeñar un papel cada vez mayor en el escenario económico y político mundial. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, parece reconocer claramente este punto; su «giro hacia Asia» está bien documentado y se reforzó cuando visitó Asia en su primer viaje al extranjero tras su reelección.
Durante los últimos doce meses me he reunido con más de 400 directores ejecutivos, y una pregunta que escucho constantemente de quienes se encuentran tanto en Oriente como en Occidente es: ¿qué implica un mayor papel de Asia y cómo deberíamos responder todos?
La respuesta tiene dos partes. En primer lugar, Asia debería y, en el futuro, tendrá una mayor influencia en los modelos globales de gobernanza corporativa. Hace mucho que dejamos atrás la era en la que las normas globales para las empresas se elaboraban en Occidente y simplemente se exportaban a Oriente. En segundo lugar, debemos desarrollar una comprensión más profunda de las distintas formas de hacer negocios.
Hay muchos ámbitos en los que los líderes empresariales y políticos de Oriente y Occidente deberían aprender unos de otros y colaborar en beneficio de la economía global. Adoptar medidas prácticas para propiciar el diálogo en estos ámbitos ayudará a respaldar, a corto plazo, la recuperación económica mundial y a crear una plataforma para un crecimiento sostenible a largo plazo.
La capacidad de la banca internacional y, por extensión, la regulación, es un ámbito evidente en el que una mayor colaboración podría impulsar la vuelta al crecimiento mundial. Al observar el desarrollo económico de Europa Central y Oriental, los primeros en entrar fueron los grandes bancos europeos. Esto significó que, cuando una empresa internacional llegaba a esa región, tenía acceso al capital. Me gustaría ver una continuación del crecimiento de los bancos chinos en economías en desarrollo y desarrolladas, como las de América Latina, África y Europa.
China dispone tanto del capital como del interés por invertir. Por ello, debemos crear un entorno regulatorio en el que este dinero pueda llegar a las empresas chinas y locales que lo necesitan para invertir en crecimiento y en grandes proyectos, como las infraestructuras, que impulsarán el crecimiento. Igualmente, es importante el papel de los bancos japoneses, coreanos y singapurenses, en particular en las economías en desarrollo de la región de la ASEAN, donde se puede aprovechar su exitoso historial en inversión en infraestructuras.
China y otros países asiáticos deberían seguir aflojando su control sobre los flujos de capital y permitir que los fondos se muevan libremente hacia dentro y hacia fuera de sus economías. China está avanzando en este aspecto y, además de apoyar la internacionalización constante del renminbi (RMB) de China, Shanghái, por ejemplo, pondrá en marcha en 2013 un programa piloto –el Programa de Socios Limitados Nacionales Cualificados (QDLP)–, que permitirá a los fondos de cobertura extranjeros captar RMB en la China continental para invertirlo en fondos extranjeros.
En Oriente puede haber frustración por el predominio del pensamiento occidental en materia de gobernanza: Asia considera que no siempre se la ha consultado sobre la elaboración de normas en ámbitos como las normas internacionales de contabilidad y el papel de los consejeros independientes no ejecutivos. Las instituciones asiáticas no consideran que tengan una responsabilidad significativa en la última crisis financiera mundial. Sin embargo, cada vez más, son los fondos procedentes de Oriente los que se utilizan en los mercados mundiales para recapitalizar y proporcionar liquidez al sistema bancario. Por tanto, tiene todo el sentido que Asia esté en el centro del debate sobre la nueva ola de regulaciones que se están discutiendo y elaborando para responder a los problemas planteados por la crisis financiera mundial.
En mi experiencia, los inversores asiáticos y occidentales suelen tener enfoques diferentes. Los inversores asiáticos tienden a dar más importancia a la confianza y a las relaciones a largo plazo. El modelo es más tradicional, con menos énfasis en los formalismos y más en la construcción de consenso, mientras que los inversores occidentales quieren un estado de derecho claro y derechos contractuales. Sin embargo, hay algunas cuestiones que unen a todos los inversores: principalmente, el deseo de certidumbre, mayor transparencia y una gobernanza más sólida. En todo el mundo observo que los inversores presionan cada vez más a las empresas para que designen consejeros ejecutivos verdaderamente independientes que contribuyan a lograr esa gobernanza más sólida. Los inversores también quieren ver mayor certidumbre por parte de los gobiernos y los reguladores. Crear un entorno con más transparencia en el mercado y mayor colaboración a escala mundial entre empresas, gobiernos y reguladores ayudará a aumentar la disponibilidad de capital.
Mientras muchos líderes empresariales y políticos mundiales se preparan para acudir a Davos para una semana de intenso diálogo, espero que la necesidad de un diálogo empresarial más sólido y de una mayor comprensión entre Oriente y Occidente ocupe un lugar prioritario en sus mentes. Estoy convencido de que, con una mejor comunicación, podemos elaborar soluciones legislativas y regulatorias que satisfagan las necesidades de Oriente y Occidente. Esto puede, a su vez, servir de catalizador para acelerar la recuperación económica mundial.
Autor: Michael Andrew es presidente global de KPMG International y está previsto que participe en la Reunión Anual 2013 del Foro Económico Mundial.
Imagen: Tráfico en una calle de Pekín REUTERS/Jason Lee


