¿Qué frena el crecimiento mundial?

¿Qué frena el crecimiento mundial?
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El crecimiento mundial vuelve a decepcionar. Hace un año, el Fondo Monetario Internacional preveía que la producción mundial crecería un 4 % en 2015. Ahora el Fondo prevé un 3,3 % para este año, cifra similar a la de 2013 y 2014, y más de un punto porcentual completo por debajo del promedio de 2000-2007.

En la eurozona, el crecimiento del último trimestre fue decepcionante. Japón ha vuelto a territorio negativo. Brasil y Rusia están en recesión. El comercio mundial se ha estancado. Y la desaceleración económica de China y la turbulencia en los mercados de este verano han generado más incertidumbre.

Es cierto que hay algunos aspectos positivos: India, España y el Reino Unido superan las expectativas. La recuperación de Estados Unidos es sólida. A África le va bien. Pero, en conjunto, es difícil negar que la economía mundial carece de impulso.

Esto se debe en parte a que los árboles no pueden crecer indefinidamente: la economía china no podía seguir creciendo un 10 % más cada año. Y en parte se debe a que el crecimiento no es incondicionalmente deseable: los ciudadanos podrían estar mejor con un poco menos de crecimiento y más aire limpio.

Pero muchos países siguen siendo lo bastante pobres como para tener un gran potencial de crecimiento, y muchos otros, aunque ricos, todavía no se han recuperado de la crisis financiera mundial. Por tanto, debe haber algo más que frena el crecimiento.

Existen, esencialmente, dos explicaciones enfrentadas. La primera, la hipótesis del estancamiento secular, ha sido propuesta por Larry Summers. Su premisa clave es que el tipo de interés de equilibrio, al que la demanda igualaría a la oferta, se sitúa actualmente por debajo del tipo de interés efectivo.

Esto parece paradójico, porque los tipos de interés están cerca de cero en la mayoría de las economías avanzadas. Pero lo que importa es el tipo de interés real, es decir, la diferencia entre el tipo de mercado y la inflación. El equilibrio económico agregado puede requerir un tipo de interés real negativo; pero con una inflación en mínimos históricos –el FMI prevé que sea negativa este año y el próximo en las economías avanzadas, y cero en las economías emergentes–, esto no es factible.

Hay varias razones por las que el tipo de interés de equilibrio podría haber entrado en territorio negativo. Algunas son estructurales: el ahorro es elevado a escala mundial, sobre todo en Asia, pero también en Europa, donde países envejecidos como Alemania apartan dinero para la jubilación. Al mismo tiempo, la nueva economía digital es menos intensiva en capital que la vieja economía de establecimientos físicos. Esto podría acentuarse en el futuro con la llegada de la denominada economía colaborativa.

Otros factores son temporales. En varios países, los auges inmobiliarios financiados con deuda han dejado a hogares y empresas con un apalancamiento excesivo; y los gobiernos han reducido los déficits para contener su propia deuda. Como resultado, es probable que haya muy pocos inversores y demasiados ahorradores.

La hipótesis del estancamiento secular resulta preocupante, porque ofrece pocas razones para creer que las cosas mejorarán por sí solas. Es cierto que el desapalancamiento de la deuda tiene límites. Pero se ve obstaculizado por el lento crecimiento y, debido al elevado desempleo y a la débil demanda global, por una inflación persistentemente baja. Peor aún, a largo plazo, la escasa inversión socava la productividad, mientras que el desempleo prolongado destruye capacidades. Ambos factores reducen el crecimiento potencial futuro.

Parece que está en marcha un círculo vicioso. Según Summers, la forma de romperlo es mantener el estímulo monetario y estimular la demanda de forma agresiva mediante la política fiscal.
La explicación alternativa de la persistencia del débil crecimiento mundial la ha formulado de la mejor manera el Banco de Pagos Internacionales (BPI), una organización de bancos centrales. El BPI sostiene que los tipos de interés excesivamente bajos son una gran causa de que el crecimiento decepcione.

Esta explicación puede parecer aún más paradójica que la primera, pero la lógica es sencilla: los gobiernos suelen intentar eludir la difícil tarea de mejorar la eficiencia económica mediante reformas de la oferta y recurren en cambio a soluciones de la demanda. Así, ante una desaceleración del crecimiento causada por factores estructurales, muchos países respondieron reduciendo los tipos de interés y estimulando el crédito.

Pero el crédito barato promueve malas inversiones y un endeudamiento excesivo, que los prestatarios a menudo no pueden devolver. Más fundamentalmente, la inversión es una apuesta que no puede dar frutos si el crecimiento está estructuralmente deprimido. La promoción artificial del crecimiento solo acaba en lágrimas.

Además, el BPI afirma que el crédito bien podría agravar las deficiencias estructurales. Las burbujas inmobiliarias y las inversiones en proyectos dudosos derivan en un desperdicio de recursos y en una asignación errónea del capital que, en última instancia, frena el crecimiento potencial. El mejor ejemplo quizá sea España en los años 2000, cuando los estudiantes abandonaban la universidad antes de graduarse para sumarse a la frenética carrera del sector inmobiliario. Al acumular hormigón inútil y perder capital humano, el país perdió por partida doble.

Así que también aquí la lógica apunta a un círculo vicioso: un crecimiento más lento lleva a remedios artificiales y a un mayor deterioro del potencial de crecimiento a largo plazo.

El BPI aboga por la contención fiscal, la reestructuración de la deuda si es necesaria y la rápida normalización de las políticas monetarias –criticando de forma bastante explícita la cautela de la Reserva Federal estadounidense y la postura agresiva del Banco Central Europeo–.

Ambas teorías son internamente coherentes. Además, ambas encajan solo con algunos de los hechos.

La hipótesis del estancamiento secular explica bien los errores cometidos en la eurozona tras la recesión mundial, cuando los Estados intentaban desapalancarse mientras las empresas y los hogares no estaban dispuestos a gastar, y el BCE mantenía una política monetaria relativamente restrictiva. La explicación del BPI parece un resumen de los problemas de China, donde el crecimiento se ha desacelerado del 10 % al 7 % o menos, pero las autoridades siguen impulsando una inversión que asciende a casi la mitad del PIB y promueven toda clase de proyectos de baja rentabilidad.

Entonces, ¿qué teoría encaja mejor con los hechos a escala mundial? Hasta ahora, resulta extraño afirmar que los países avanzados han estimulado la demanda en exceso. Un empleo persistentemente bajo y una inflación agregada cercana a cero no sugieren que hayan caído en la prodigalidad. Es cierto que la temeridad financiera sigue siendo un riesgo, pero por eso se han añadido instrumentos regulatorios al conjunto de herramientas de política.

Por tanto, el llamamiento del BPI a una normalización monetaria generalizada es prematuro (aunque esto no significa que las reformas deban esperar).

En el mundo emergente, sin embargo, la discrepancia entre las expectativas de crecimiento y el potencial real se ha convertido a menudo en un problema grave que los estímulos por el lado de la demanda y la acumulación interminable de deuda no pueden curar. Más bien, los gobiernos deberían dejar de basar su legitimidad en perspectivas de crecimiento infladas.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.

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Autor: Jean Pisani-Ferry es profesor de la Hertie School of Governance en Berlín y actualmente ocupa el cargo de Comisario General de Planificación de Políticas del Gobierno francés. Es exdirector de Bruegel, el centro de análisis económico con sede en Bruselas.

Imagen: Miembros de la tripulación de un barco cargado con contenedores llenos de basura procedente de Reino Unido esperan la salida desde el puerto de Santos. REUTERS/Paulo Whitaker

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