Menos de dos años después de que en octubre de 2013 aparecieran los primeros informes sobre la creación de un nuevo banco de desarrollo especializado y centrado en Asia, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII) de China se ha convertido en una realidad.
Aunque su creación ha dado lugar a tensiones internacionales, también ha ofrecido esperanza a los países en desarrollo que necesitarán una enorme cantidad de inversión en infraestructura en los próximos años.
Las tensiones —Estados Unidos se ha opuesto con vehemencia al banco de China y ha presionado a sus aliados para que no se sumen— han sido ampliamente reportadas y debatidas. Lo que estos críticos pasan por alto es que las necesidades de inversión de la región son demasiado grandes para que puedan cubrirlas por sí solos los bancos de desarrollo de Occidente. La disposición de China a asumir una mayor parte de la carga debería ser bienvenida, y la decisión de aliados de Estados Unidos como el Reino Unido y Alemania de convertirse en miembros fundadores da al BAII un importante impulso de credibilidad que aumentará sus posibilidades de éxito.
Prioridad máxima: financiar infraestructura
Hace unos años, el Instituto del Banco Asiático de Desarrollo, donde he sido asesor, contribuyó a un informe que señalaba acertadamente que Asia necesitaría invertir al menos 8 billones de dólares estadounidenses en infraestructura entre 2010 y 2020 para que la región continuara su desarrollo económico a un ritmo razonable.
Los tipos de infraestructura necesarios van desde los de alta tecnología, como los servicios de telecomunicaciones y los ferrocarriles de alta velocidad, hasta los más básicos y esenciales. Según el informe, unos 1.800 millones de personas no están conectadas a servicios básicos de saneamiento, 800 millones carecen de electricidad y 600 millones no tienen acceso a agua potable.
Para quienes hemos participado en debates estratégicos sobre el desarrollo de Asia desde la década de 1980, Japón, Corea, Taiwán y ahora la propia China son ejemplos actuales de hasta qué punto la inversión en infraestructura es fundamental para el desarrollo económico.
En mis numerosas visitas a Asia Oriental —la más reciente, a China— he visto cómo pueden construirse conexiones nacionales e internacionales mediante la inversión en infraestructura. La propia China ejemplifica cómo invertir en carreteras y educación puede tener un impacto drástico en el crecimiento a largo plazo de un país y sacar a millones de personas de la pobreza.
Por lo tanto, financiar esa inversión es una prioridad estratégica máxima. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Mundial han desempeñado un papel fundamental en la financiación de estas inversiones en los países que hoy son prósperos.
La disponibilidad de transporte, electricidad, escuelas y hospitales tiene un «impacto enorme en la mejora de la calidad de vida», mientras que las empresas necesitan una infraestructura más fiable para impulsar el crecimiento, lo que eleva los ingresos y reduce la pobreza, según el informe del BAD.
La incorporación del BAII aportaría muchos beneficios, sobre todo a las zonas de Asia Sudoriental y Asia Meridional que van rezagadas en inversión en infraestructura. Indonesia es el país con mayores necesidades: el BAD estima que se necesitarán 450.000 millones de dólares hasta 2020, principalmente para transporte. China necesita algo menos, sobre todo debido a problemas relacionados con la electricidad, mientras que otros siete países requieren al menos 100.000 millones de dólares cada uno.
Además, el problema de la falta de demanda mundial de bienes y servicios, causada por la desaceleración económica, se verá mitigado por los cientos de miles de millones de dólares de gasto adicional en infraestructura en Asia. Por lo tanto, los proyectos adecuados de inversión en infraestructura financiados por el BAII pueden generar beneficios tanto locales como mundiales.
El rápido crecimiento del BAII
Al impulsar el BAII contra los deseos de Estados Unidos, los chinos aprovecharon la creciente impaciencia de muchos responsables políticos asiáticos ante la renuencia de instituciones globales como el FMI y el Banco Mundial a permitir una mayor participación en sus operaciones.
En abril pasado, el primer ministro chino, Li Keqiang, dijo que China estaba dispuesta a intensificar las consultas con quienes estuvieran interesados en sumarse al BAII. En junio, China propuso duplicar el capital social registrado del banco, de 50.000 millones a 100.000 millones de dólares, e invitó a India a participar en su fundación. Apenas cuatro meses después, una ceremonia de firma celebrada en Pekín estableció formalmente el banco, con 21 signatarios iniciales, entre ellos Tailandia, Singapur y Vietnam.
Desde entonces, el número de países que han aceptado firmar como fundadores se ha disparado hasta llegar a 57; Hong Kong se sumó en febrero.
Pero la credibilidad del BAII se vio especialmente reforzada cuando, a principios de marzo, el ministro de Hacienda del Reino Unido, George Osborne, anunció que el país había acordado prestar dinero al banco y se convirtió así en el primer gran país occidental en hacerlo, pese a la oposición de Estados Unidos. Poco después del Reino Unido, otras tres naciones europeas —Alemania, Francia e Italia— siguieron su ejemplo.
Está claro que el concepto del BAII ha adquirido viabilidad institucional. También ha consolidado la credibilidad de la diplomacia económica de China.
Pluralismo competitivo
Los economistas reflexivos deberían acoger con satisfacción esta iniciativa multilateral liderada por China. Al igual que otras iniciativas del Sur, como el lanzamiento en julio pasado del Nuevo Banco de Desarrollo por parte de los llamados BRIC (Brasil, Rusia, India y China), el BAII aliviará los problemas de financiación estratégica para el desarrollo de los países emergentes. También propiciará un pluralismo competitivo saludable en este ámbito, algo que el propio Banco Asiático de Desarrollo ha defendido en el pasado.
Ha llegado el momento de que los expertos ofrezcan análisis rigurosos de proyectos específicos y de sus costos y beneficios para la región. Además de los aspectos relacionados con el crecimiento y el empleo, también pueden analizarse cuestiones sociales y ambientales en un contexto multilateral.
El BAII ofrece una gran oportunidad para elaborar nuevas estrategias y fomentar marcos novedosos que permitan realizar inversiones importantes en infraestructura en Asia. De hecho, este es el principal desafío que deben abordar los estrategas del desarrollo a medida que el BAII toma forma y se propone contribuir de manera significativa al crecimiento de la región.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Haider Khan es profesor de Economía en la Universidad de Denver.
Imagen: Un hombre sube por una escalera mecánica cerca de la Torre de Shanghái. REUTERS/Carlos Barria.


