¿Qué papel deben desempeñar las empresas en la sociedad?

¿Qué papel deben desempeñar las empresas en la sociedad?
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A principios de este año, Robert Simons, de la Escuela de Negocios de Harvard, lanzó una contundente acusación contra las empresas y las escuelas de negocios estadounidenses. Según afirmó, las empresas estadounidenses se han vuelto blandas, dispersas y poco competitivas, en parte porque las escuelas de negocios las convencen de adoptar una larga lista de valores vagos y complacientes, como la responsabilidad social, la sostenibilidad ambiental y la inclusión.

Retomando una famosa diatriba de Milton Friedman , de 1970, Simons sostenía que la única misión de una empresa es «competir y ganar». Friedman, por su parte, afirmaba que cualquier objetivo distinto de ganar dinero es una distracción.

Es difícil negar la atractiva simplicidad de este argumento. ¿Quién negaría que las empresas tienen la clara responsabilidad de generar beneficios para sus accionistas, o que la mayoría de los accionistas invierte principalmente para ganar dinero, y no para mejorar el mundo? ¿Para qué complicar las cosas?

Porque lo son.

En primer lugar, la mayoría de las referencias al argumento de Friedman pasan por alto su reconocimiento de las limitaciones a la conducta empresarial. En sus palabras, las empresas deberían «ganar todo el dinero posible respetando las reglas básicas de la sociedad, tanto las recogidas en la ley como las incorporadas a la costumbre ética». En otras palabras, cumplir la ley no basta. Algunas restricciones éticas, como los derechos humanos básicos, reflejan valores universales; otras varían según el tiempo, el lugar y las circunstancias.

En segundo lugar, no todos los accionistas son iguales. Lynn Stout, de la Facultad de Derecho de Cornell, ha señalado que son «seres humanos con horizontes de inversión diferentes, intereses ex ante y ex post, distintos grados de diversificación y diferentes actitudes ante el sacrificio de su riqueza personal para cumplir normas éticas y no perjudicar a otros». También difieren en su actitud frente al riesgo.

Maximizar el valor para el accionista en un periodo determinado puede satisfacer los intereses de algunos accionistas, pero vulnerar los de otros. La teoría simple de la maximización del beneficio ignora los intereses contrapuestos de los distintos accionistas. En la realidad, cuando las empresas toman decisiones, deben equilibrar estos intereses.

En tercer lugar, las empresas también pueden afectar a los intereses de los accionistas a lo largo del tiempo. Las personas tienden a sentirse atraídas por las organizaciones compatibles con sus preferencias personales. Así, las empresas pueden atraer a accionistas afines al adoptar valores, misiones y culturas distintivos.

Un estudio reciente concluyó que los accionistas pacientes poseen una mayor proporción de las acciones de las empresas que apuestan por una agenda de sostenibilidad a largo plazo, en comparación con las empresas centradas en maximizar el precio de la acción. Un número creciente de inversores busca oportunidades de inversión responsable o «inversión de impacto» , que prometen una combinación de rendimientos financieros y sociales.

En cuarto lugar, toda empresa depende de las sociedades en las que opera y las afecta. Cuanto mayor y más global sea una empresa, mayores y más globales serán sus efectos sociales.

Las empresas necesitan clientes que puedan permitirse sus productos, lo que significa que se benefician de la estabilidad social y de una prosperidad generalizada. También necesitan empleados formados, trabajadores y éticos, así como proveedores fiables y eficientes. Y necesitan infraestructura pública: no solo infraestructura física, como autopistas y aeropuertos, sino también infraestructura social, como buenas escuelas, barrios seguros y sistemas jurídicos eficaces.

Las empresas que ignoran el contexto social y ambiental más amplio en el que operan probablemente pagarán un precio: daños reputacionales y pérdida de valor de marca, caída de las ventas, dificultades para contratar talento, menor productividad de los trabajadores, corrupción, regulaciones gubernamentales más estrictas o un aumento de los costes relacionados con el cambio climático.

Actualmente existen aplicaciones móviles que evalúan y califican las cadenas de suministro de las grandes multinacionales para clientes, inversores y funcionarios públicos. Las empresas con malas calificaciones corren el riesgo de perder ventas e inversores y de desencadenar acciones regulatorias o legales oficiales.

Por ejemplo, la marca Apple se vio recientemente afectada por las revelaciones sobre las brutales condiciones laborales en las fábricas de Foxconn en China, donde se ensambla la mayoría de sus iPhones y iPads. Ante las preocupaciones de clientes, empleados y accionistas, Apple ha mejorado las condiciones laborales y ha aceptado revisiones periódicas a cargo de un observador independiente. De forma similar, las empresas de confección estadounidenses y europeas han tenido dificultades para contener el daño reputacional causado por las letales condiciones laborales en las fábricas de confección de Bangladesh.

La visión de Friedman y Simons de que la única responsabilidad social de las empresas es aumentar los beneficios presupone que gobiernos competentes y no corruptos proveen los bienes públicos necesarios para una economía próspera y contienen las externalidades negativas, como la contaminación y el cambio climático, que resultan de las actividades económicas privadas. Sin embargo, en las sociedades reales en las que operan las empresas, los gobiernos a menudo son incapaces o no están dispuestos a proveer los bienes públicos necesarios o a frenar las externalidades negativas. Ante los «fallos del gobierno», las empresas se enfrentan a la presión de diversos grupos de interés, incluidos los propios gobiernos incompetentes y corruptos, para abordar amplios problemas sociales y ambientales.

Pero las empresas no pueden resolver por sí solas estos problemas. Las soluciones dependen de una colaboración innovadora entre empresas privadas, organizaciones sin ánimo de lucro y gobiernos. Esto ya está ocurriendo. Por ejemplo, Walmart se ha asociado con el Environmental Defense Fund para diseñar una estrategia que elimine 20 millones de toneladas de carbono incorporado en los productos de sus estanterías. Asimismo, la Unión Europea, la Organización Internacional del Trabajo y el Gobierno de Bangladesh han cooperado con empresas globales en un pacto para mejorar las condiciones de los trabajadores de la confección de Bangladesh.

Las empresas tienen una responsabilidad con sus accionistas, pero también con las sociedades que les otorgan el derecho a operar. Y pueden cumplir ambas responsabilidades de forma rentable. No hay pruebas que respalden la afirmación de Simon de que el compromiso con los valores sociales o ambientales esté socavando la competitividad de las empresas estadounidenses. De hecho, pruebas recientes apuntan a lo contrario: la responsabilidad social y ambiental puede ser una fuente de ventaja competitiva a largo plazo.

Las opiniones expresadas aquí son las del autor y no reflejan necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Autora: Laura Tyson, expresidenta del Consejo de Asesores Económicos del presidente de Estados Unidos, es profesora de la Haas School of Business de la Universidad de California, Berkeley.

Imagen: hombres sostienen un globo terráqueo en el centro de Londres, 9 de febrero de 2007. REUTERS Kieran Doherty

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