¿Qué le espera a China tras el acuerdo climático?

¿Qué le espera a China tras el acuerdo climático?
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El anuncio conjunto de Estados Unidos y China sobre la lucha contra el cambio climático ha sido descrito como «histórico», un «punto de inflexión» y una «señal positiva». También se ha descartado por insustancial o incluso como «exageración». La realidad, quizá como cabía esperar, está en algún punto intermedio. Sin embargo, podría representar un futuro que combine crecimiento económico y preocupaciones medioambientales.

El anuncio aún no constituye un éxito diplomático —no hay ningún acuerdo formal— y mucho menos un éxito climático. Pero fue un paso importante hacia un acuerdo mundial en las conversaciones sobre el clima dirigidas por la ONU en París en 2015, y llega antes de lo previsto. Por tanto, puede servir de base para una mayor ambición: lo que Li Shuo, de Greenpeace China, ha llamado «un suelo» —en lugar de un techo— para seguir actuando contra el cambio climático.

Li Junfeng, del grupo de expertos del Gobierno chino National Centre for Climate Change Strategy, ha descrito la importancia de los compromisos como «más simbólica que práctica», aunque Zou Ji, de la misma entidad, señaló que se trataba de objetivos políticamente realistas que podían revitalizar las relaciones entre Estados Unidos y China y profundizar la cooperación climática.

¿Temores a una desaceleración?

Pero China, que deberá aclarar no solo cuándo llegará un pico, sino también qué altura alcanzará, también se enfrenta a temores sobre el impacto económico de la desaceleración del crecimiento y la posibilidad de los consiguientes disturbios sociales. La postura de China respecto al medioambiente es ambivalente. Aunque adopta el desarrollo sostenible como política estatal central —por ejemplo, en los objetivos e inversiones del último Plan Quinquenal—, lleva mucho tiempo resistiéndose a objetivos internacionalmente vinculantes y haciendo hincapié en el principio de «responsabilidades comunes pero diferenciadas», que sitúa la carga de mitigar el cambio climático en los países desarrollados.

Aunque gran parte de la legitimidad del Gobierno depende de garantizar un crecimiento económico continuo, hace mucho que China dejó atrás el crecimiento del 10 %. El Gobierno acepta cada vez más un futuro de crecimiento más lento. Parece estar adoptando la llamada «nueva normalidad», un modelo de crecimiento caracterizado por la modernización económica y la innovación, que la agencia estatal de noticias Xinhua dijo que el presidente Xi Jinping está convirtiendo en su sello distintivo: «para que quede grabado en la historia», ni más ni menos.

Llevar a cabo la reforma

Los objetivos del Gobierno central seguirán afrontando problemas de aplicación. En las empresas estatales de China —las vastas industrias responsables de gran parte de las emisiones del país— hay intereses creados profundamente arraigados, al igual que en el sector energético y en los gobiernos locales y provinciales. De hecho, la gobernanza medioambiental en China es débil. A menudo se ve obstaculizada por una cultura oficial de secretismo y por estructuras administrativas mal coordinadas que evalúan a los funcionarios según indicadores de crecimiento insostenibles.

El rápido crecimiento de China durante los últimos 30 años se logró en gran medida mediante la transferencia de poder a poderosos dirigentes regionales. La distancia entre el Gobierno central y la forma de gobernar las regiones es tal que puede haber una diferencia considerable entre lo que se planifica desde el centro y lo que sucede en las provincias. Esto significa que los destacados proyectos ecológicos impulsados desde el centro suelen resultar menos impresionantes que la retórica que los acompaña.

Y, pese a la extendida preocupación pública por los problemas medioambientales, faltan mecanismos de supervisión ciudadana respaldados institucionalmente que contengan esas tendencias. Por ejemplo, China cuenta con reglamentos sobre el acceso a la información que, sobre el papel, se ajustan a las normas internacionales. Pero, lamentablemente, el país está mal preparado para responder a las inevitables preguntas sobre su historial de transparencia en materia de emisiones. Es un presagio desalentador que durante la Cumbre de APEC en Pekín —la misma reunión en la que se hizo este anuncio— las lecturas de la calidad del aire de la Embajada de Estados Unidos en la capital fueran censuradas.

Un futuro de crecimiento limpio

Aun así, el anuncio también podría indicar que se comprenden no solo los riesgos de la inacción, sino también las oportunidades de avanzar hacia un desarrollo con bajas emisiones de carbono. Entre ellas figuran una mayor eficiencia y menores costos, así como la posibilidad de obtener ventajas estratégicas y económicas gracias a la innovación en tecnologías con bajas emisiones de carbono .

También crece el reconocimiento de que el desarrollo sostenible requiere un crecimiento más limpio. La contaminación atmosférica es un hecho ineludible de la vida urbana cotidiana en China. Y los estudios empiezan a señalar el coste de la contaminación para la salud de la población china. Un informe reciente concluyó que la carga sanitaria y de mortalidad de la contaminación atmosférica en China representa más del 10 % del PIB. Otro estudio, realizado por científicos chinos, concluyó que la niebla tóxica causada por el consumo de carbón provocó la muerte de unas 670.000 personas en China en 2012.

China también podría encontrar argumentos económicos convincentes a favor de un crecimiento más limpio. Hoy, China no solo lidera el mundo en inversión en energías renovables, sino que también registra innovaciones impulsadas por la demanda. Por ejemplo, se están desarrollando tecnologías « disruptivas » en forma de bicicletas eléctricas (más eficientes y respetuosas con el medioambiente que los automóviles) y de la mayor instalación de calentadores solares de agua del mundo.

Quizá estemos viendo, entonces, un punto de inflexión que, en palabras de Jennifer Morgan, del World Resources Institute, puede impulsar una nueva «carrera hacia la cima» a medida que el mundo se acerca a las conversaciones de la ONU sobre el clima en París y tanto China como Estados Unidos se toman en serio la reducción de sus emisiones.

Publicado en colaboración con The Conversation

Autor: Sam Geall es investigador en la Science Policy Research Unit (SPRU), de la University of Sussex.

Imagen: Peatones caminan bajo faroles rojos instalados recientemente como adornos del Año Nuevo chino, en la zona financiera de Pudong, en Shanghái, el 24 de enero de 2014. REUTERS.

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