Detrás de cada iniciativa de política económica hay un relato que justifica esa línea de actuación: la inmigración aumenta el desempleo; la deuda pública es insostenible; la industria manufacturera está en declive interminable; el crecimiento de las ciudades está fuera de control.
Hay muchos «narradores» que impulsan estos debates económicos: los medios de comunicación, los partidos políticos, los organismos del sector público, las empresas y, por supuesto, las universidades; cada cual con sus propios intereses y valores.
Lamentablemente, entre quienes sostienen estas afirmaciones, la voz de la historia económica ha permanecido en gran medida en silencio o se ha movilizado selectivamente para defender una interpretación triunfalista o catastrofista: «los numerosos éxitos de Australia, el país ingenioso, en materia de políticas y negocios» o «la historia de Australia, el país afortunado, ha sido una sucesión de acontecimientos fortuitos cuyo impulso se está agotando».
Según la reciente revisión del currículo nacional, nuestra ignorancia de la historia económica empieza pronto. El informe reprocha tres veces la falta de historia económica en nuestras escuelas. La enseñanza de la historia económica en las universidades ha sido víctima de presiones organizativas que desplazan a las disciplinas pequeñas y de tendencias intelectuales que la empujan hacia la econometría o la historia cultural.
La gravedad de la reciente crisis financiera mundial para muchos países sacó a la historia económica de su letargo. A raíz de ella, The Economist preguntó a un grupo de destacados economistas si la crisis afectaría a la enseñanza de la economía. Su respuesta abrumadora fue reincorporar la historia económica al currículo.
Entramos en un nuevo período
Michael Pettis, teórico económico, veterano de Wall Street, banquero mercantil, operador bursátil y empresario, exclamó:
«La historia económica debería estar en el centro de la enseñanza de la economía».
¿Pura retórica? Escrito a raíz de la crisis, el libro de título irónico de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, This Time Is Different , encontró patrones comunes en cientos de crisis financieras de numerosos países a lo largo de casi un milenio. ¿Cómo pudieron tantos banqueros y funcionarios públicos bien remunerados no advertir lo que estaba ocurriendo?
La crisis financiera apenas perturbó el auge secular que Australia vivía desde principios de la década de 1990. Sin embargo, estamos entrando en tiempos más inciertos: menos el impacto repentino de una crisis financiera y más la sensación de encontrarnos en una encrucijada de nuestro desarrollo económico.
Mirando hacia adelante, Australia ha puesto un pie en el siglo asiático, en el que las naciones asiáticas, especialmente China, dominarán el desarrollo. Dada la cercanía geográfica y la complementariedad comercial, pero también las diferencias culturales y políticas, Australia afronta un conjunto específico de retos en las próximas décadas. Si el pasado reciente habla de resiliencia, el futuro próximo apunta a posibles fragilidades.
Aprender del pasado
Por eso, llega en buen momento la publicación, a principios de este mes, de Cambridge Economic History of Australia (el tercer intento). Aunque es más descriptivo que proselitista, busca recoger los detalles y debates del pasado económico de Australia. Los debates y las descripciones siguen resonando hoy, y varios ejemplos lo ilustran. ¿Qué debemos producir, quién debe hacerlo y dónde debería vivir esa gente?
La contracción de nuestro sector manufacturero angustia a quienes creen que una economía moderna produce bienes tangibles. Aunque este relato encaja con muchos países —Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea y ahora China—, la manufactura nunca fue central en la historia económica australiana. La proporción de la actividad económica correspondiente a la manufactura ha vuelto al nivel que tenía en la Federación. Su expansión durante el período intermedio se debió en gran medida tanto a los aranceles como al auge de industrias poco aptas para el comercio internacional.
A pesar de los reveses recientes, las industrias de recursos naturales siempre han dominado las exportaciones. Contrariamente a lo que sostienen los defensores de la «maldición de los recursos», las industrias primarias han seguido reinventándose mediante sucesivas oleadas de innovación. Sin embargo, el «elefante en la habitación» es el sector servicios: representa cerca del 80% de nuestra economía, pero apenas se menciona en el debate público. Tampoco esto es nuevo.
¿Debemos creer que la inmigración aumentará el desempleo? Los historiadores económicos han demostrado que los inmigrantes no «roban puestos de trabajo». Cada recién llegado genera demanda de bienes y servicios, además de incorporarse al empleo. Los migrantes responden a las vicisitudes económicas en lugar de provocarlas: como muestra la historia, llegan en épocas de bonanza, pero rara vez durante las recesiones.
La preocupación por el crecimiento urbano tiene una larga historia. En 1897, Timothy Coghlan, estadístico de Nueva Gales del Sur, lamentaba:
«La concentración anormal de la población en sus capitales es un elemento sumamente desafortunado en el progreso de estos estados».
Coghlan, más cronista que analista, no captó que la riqueza de recursos de Australia tenía su origen en el campo, pero necesitaba servicios vinculados a las ciudades —finanzas, transporte y comercialización— para convertir esa riqueza en exportaciones. Debemos planificar nuestras ciudades entendiendo que Australia lleva mucho tiempo siendo un país altamente urbanizado.
Ningún país está completamente cautivo de su historia: las economías cambian periódicamente de equilibrio, del mismo modo que mutan los genes; pero comprender los patrones del pasado es tan importante en el contexto económico como en el genético.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autor: Simon Ville es profesor de Historia Económica y Empresarial en la Universidad de Wollongong.
Imagen: Un hombre camina por un edificio en Tokio el 28 de enero de 2010. REUTERS/Toru Hanai


