3 formas en que la regulación beneficia a las economías

U.S. dollars and other world currencies lie in a charity receptacle at Pearson international airport in Toronto, Ontario, Canada June 13, 2018. REUTERS/Chris Helgren
Financial regulation is crucial for economic development, argues Professor Diane Coyle.Image: REUTERS/Chris Helgren
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Uno de los cambios más llamativos que no puede haber pasado por alto ningún viajero de un país rico que visite países de bajos ingresos durante la última década, aproximadamente, es la rápida expansión del uso de teléfonos móviles, seguida ahora por el creciente acceso a Internet móvil. Las comunicaciones móviles desempeñan en el desarrollo social y económico de África, Asia y América Latina el mismo papel que la expansión de las comunicaciones fijas desempeñó en países como Francia y el Reino Unido en la década de 1970. Los vínculos familiares y sociales, así como las oportunidades empresariales y educativas, se están transformando.

Un factor clave de esta transformación tecnológica fue una norma técnica obligatoria de la UE, aplicada en 1987. La regulación creó un mercado continental de equipos y servicios, lo bastante grande como para que la norma, denominada GSM en honor al comité Groupe Spécial Mobile que la codificó, se adoptara a nivel mundial. En 2004, había más de mil millones de abonados a los servicios GSM en todo el mundo. El alcance global de la regulación implicó enormes economías de escala en la fabricación de terminales y equipos de red, por lo que los precios bajaron rápidamente y la interoperabilidad entre redes y entre países resultó mucho más fácil de lograr.

Muchas regulaciones desempeñan este papel de establecimiento de normas. Contrariamente a la visión simplista de que la regulación es inevitablemente perjudicial para las empresas, existen en realidad tres vías importantes a través de las cuales la regulación puede beneficiar a una economía.

Una es el papel de creación y crecimiento de mercados que ilustra la norma GSM. Cuando existen enfoques tecnológicos en competencia, como la famosa contienda de la década de 1970 entre los estándares Betamax y VHS para cintas de vídeo, los consumidores se benefician más si estas disputas entre estándares similares se resuelven con rapidez y de forma decisiva, para evitar el riesgo de gastar dinero en una tecnología perdedora. Cuando la norma es establecida por la regulación en un mercado grande, como la UE, Estados Unidos o China, las economías de escala se activan con rapidez. Así se establece el círculo virtuoso de la caída de precios, las mejoras de calidad y el aumento de la demanda.

Se trata dinámica poderosa. Explica por qué las empresas británicas se muestran cada vez más alarmadas ante la perspectiva de que el Gobierno del Reino Unido no logre mantener una alineación regulatoria continua con la UE tras el Brexit. Tras consultar a miles de sus miembros, la Confederación de la Industria Británica (CBI), la mayor organización empresarial del país, recientemente ha pedido una “convergencia continua” con las normas de la UE para bienes, servicios y estándares digitales. La magnitud del mercado accesible es sumamente importante para las perspectivas de crecimiento.

La regulación también puede beneficiar a una economía al fomentar la competencia. Esto parece contraintuitivo y, de hecho, algunas formas de regulación sirven para habilitar comportamientos de búsqueda de rentas. Las empresas de sectores oligopólicos suelen quejarse de la carga del cumplimiento normativo; sin embargo, es evidente que dependen de la regulación como barrera de entrada al mercado para nuevos competidores. El coste de su carga regulatoria es una tasa que pagan por su poder de mercado.

La regulación de algunos de estos sectores, como las finanzas, es un ejemplo de lo que no debe hacerse. Los funcionarios creen que la protección del consumidor exige una nueva regulación cada vez que algo sale mal, lo que da lugar a marañas de normas que protegen a los operadores establecidos y generan toda clase de consecuencias no deseadas y complejidades. Como las nuevas regulaciones resultan ineficaces (nada sorprendente, dada la abundancia de estafas y de venta engañosa en el sector financiero), se pone en marcha un círculo vicioso, en el que más regulación provoca más fracasos, y, a su vez, más regulación.

Por eso, los reguladores inteligentes encargados de garantizar una competencia sana, como la Autoridad de Conducta Financiera del Reino Unido, utilizan un enfoque de “entorno de pruebas” (sandbox) que permite ensayar nuevas tecnologías y modelos de negocio sin una carga regulatoria aplastante. La FCA propone extender globalmente su método de entorno de pruebas regulatorio.

Además, existe cierta salvaguarda frente a las complejas maraña regulatorias si las nuevas normas deben someterse a un análisis de costes y beneficios. Pero estas evaluaciones son solo incrementales, mientras que lo que se necesita es una evaluación periódica del marco regulatorio en su conjunto. Los grandes desastres suelen ser consecuencia de no pensar en estos términos, como demuestra trágicamente el mortal incendio de la Grenfell Tower, en el Reino Unido.

En los sectores nuevos, o en aquellos con una posibilidad real de nuevos entrantes con nuevas tecnologías, la regulación ayuda en realidad a crear un mercado. Por ejemplo, al eliminar las asimetrías de información sobre productos innovadores —asimetrías que son mayores cuanto más avanzados tecnológicamente son los productos—, la regulación facilita unas condiciones de competencia equitativas entre los grandes operadores establecidos y los nuevos entrantes, permitiendo que la innovación arraigue. Y, al ofrecer garantías sobre la seguridad o la eficacia de nuevos productos y servicios, y al establecer normas mínimas obligatorias, la regulación da a los consumidores la confianza necesaria para probar algo nuevo.

La tercera forma en que la regulación es buena para una economía es, precisamente, la protección de los consumidores. Si esto implica que las empresas obtengan un beneficio menor a corto plazo, que así sea. El bienestar de una sociedad no es idéntico a la rentabilidad de sus empresas ni a la tasa de crecimiento del PIB. En las conversaciones de la CBI sobre la regulación posterior al Brexit, los sectores más interesados en la divergencia regulatoria fueron los de gestión de residuos, servicios medioambientales y agua. Las estrictas normas medioambientales de la UE imponen costes elevados a estas empresas, lo que podría significar que crezcan más lentamente de lo que lo harían en otras circunstancias. Pero es bien sabido que el crecimiento del PIB no tiene en cuenta las externalidades ambientales.

Todo esto subraya la importancia de cómo regulan los reguladores. Sus actuaciones pueden —y con frecuencia lo hacen— perjudicar la competencia y el crecimiento, sin lograr proteger a los consumidores. Pero no tiene por qué ser así. Reconocer los posibles y grandes beneficios económicos de la regulación podría favorecer un debate más sofisticado que vaya más allá de la pantomima política y centre la atención en la cuestión crucial del diseño regulatorio.

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