Recientemente he visto noticias con titulares como este: «¿Puede la ciencia del cerebro ayudar a sacar a las personas de la pobreza?»
Este artículo en particular describía la recuperación casi milagrosa de una mujer que creció rodeada de violencia en viviendas sociales, se convirtió en una «madre soltera que recibía asistencia social» que malgastaba su dinero y perjudicaba su salud fumando un paquete de cigarrillos al día, y estaba atrapada en una relación abusiva. Luego, con la ayuda de «un programa novedoso que utiliza las últimas investigaciones en neurociencia para ayudar a las mujeres a salir de la pobreza» tomando mejores decisiones, dejó de fumar, se libró de su mal novio, obtuvo un título en administración de empresas y consiguió un trabajo como asistente administrativa. No es el único artículo que he visto recientemente que considera la ciencia del cerebro como una forma de curar la pobreza.
El entusiasmo por la neurociencia para explicar la miseria social se ha extendido entre personas y organizaciones con un compromiso de larga data con el cambio social progresista. «Lo que dice la nueva ciencia del cerebro es que las tensiones que genera vivir en la pobreza suelen jugar en nuestra contra y dificultar que nuestro cerebro encuentre las mejores soluciones a nuestros problemas. Esta es una de las razones por las que la pobreza es tan “pegajosa”», explicó Elisabeth Babcock, directora ejecutiva de la organización sin ánimo de lucro Crittenton Women’s Union. Investigaciones recientes de la Universidad de Princeton han sugerido que vivir en la pobreza puede afectar la concentración. Otros estudios han encontrado una correlación similar entre la pobreza y la neurociencia.
Cada vez hay más debate público que invoca la neurociencia para volver a subrayar que la pobreza realmente es perjudicial, que el acoso y el abuso realmente hacen daño a los niños, y que quien ha sufrido una violación o tortura realmente está sufriendo. Pero invocar la neurociencia sin un examen crítico es una propuesta arriesgada
.
Demostrar lo obvio Los estudios que muestran que el trauma y la pobreza alteran el cerebro pueden interpretarse con demasiada facilidad como prueba científica de que las personas pobres (aunque no sea culpa suya) tienen cerebros inferiores, o de que las mujeres que han sido violadas ahora tienen daño cerebral. A la luz de los continuos fallos de la Administración de Veteranos a la hora de atender adecuadamente a nuestros veteranos, me preocupan especialmente declaraciones como esta en el sitio web
del Departamento de Asuntos de los Veteranos de EE. UU.: «Los veteranos de combate recientes con trastorno de estrés postraumático tienen menos volumen en una zona del cerebro fundamental para las respuestas de miedo y ansiedad, dicen investigadores del Departamento de Asuntos de los Veteranos y de la Universidad Duke. Los científicos afirman que su hallazgo, publicado el 1 de noviembre en Archives of General Psychiatry, es la primera prueba clara de que un menor volumen de la amígdala está asociado con el TEPT, independientemente de la gravedad del trauma. Pero todavía queda la pregunta de qué fue primero, el huevo o la gallina: ¿la diferencia fisiológica la causa un acontecimiento traumático o el TEPT se desarrolla con mayor facilidad en personas que, de forma natural, tienen amígdalas más pequeñas?»
En otras palabras, ¿algún tipo de defecto neurológico preexistente es la razón por la que algunas personas sufren?
«Las imágenes cerebrales son una herramienta extremadamente rudimentaria, totalmente incapaz de determinar si alguien está traumatizado o tiene algún proceso de pensamiento “marcado por la pobreza”, sea lo que sea eso», según Tom Schwarz, profesor de Neurología y Neurobiología en el Departamento de Neurología de la Facultad de Medicina de Harvard. «Solo detecta masas de actividad de regiones cerebrales enteras... Estos métodos de imagen son algo útiles para los neurocientíficos si nos indican qué parte del cerebro participa en una tarea determinada, pero solo de manera muy parcial, porque su resolución es muy deficiente. Las neuronas que originan la sensación de miedo están mezcladas y junto a las neuronas que suprimen la ansiedad, y los escáneres cerebrales no pueden distinguirlas».
Como mucho, explica Schwarz, las imágenes cerebrales pueden decirnos «cómo»; no pueden decirnos «por qué».
Centrarse en los cambios neurológicos causados por la pobreza o la violencia confiere a médicos y psicólogos la facultad de decidir qué constituye una miseria suficiente para que una persona tenga derecho a recibir ayuda. Ahora mismo, parece que el foco se desplaza de las causas del sufrimiento a la «prueba» medicalizada del sufrimiento como criterio para determinar quién recibe cosas como reparaciones o el estatus de refugiado.
¿Daño cerebral como prueba de trauma?
En contextos donde los expertos médicos tienen el monopolio para determinar y corroborar las denuncias de abuso, ¿qué ocurriría si un escáner cerebral no muestra los indicadores de trauma esperados? ¿Eso convierte a quien sufre en mentiroso? ¿Lo hace inelegible para el asilo? ¿Le niega el derecho a las prestaciones para veteranos? ¿Hace menos creíble ante un tribunal el testimonio de una mujer que fue violada?
En mi propia investigación con mujeres que han sido violadas y maltratadas, he observado reacciones que van desde el miedo y el insomnio (síntomas clásicos del trastorno de estrés postraumático) hasta la ira, la autoculpabilización o incluso una actitud relativamente despreocupada, como si este tipo de cosas ocurriera todo el tiempo y no se pudiera dejar que destruyera la vida. ¿Se reflejarían de manera distinta en el cerebro estos diferentes tipos de reacciones personales? ¿«No contaría» la violación de una mujer que no quedó traumatizada?
La nueva neurociencia ofrece posibilidades maravillosas en relación con la enfermedad de Alzheimer, la epilepsia, las lesiones cerebrales y mucho más. En particular, la noción de neuroplasticidad —la capacidad del cerebro para «recablearse»— es una de las implicaciones más emocionantes y optimistas de la investigación neurocientífica de vanguardia. Pero el conocimiento científico siempre se desarrolla y se utiliza en contextos sociales.
Culpar al individuo
Las actitudes y políticas sociales con respecto a los estadounidenses pobres y marginados están dominadas hoy por una cultura que hace hincapié en la patología individual en lugar de la social, y responsabiliza al individuo de los fallos del colectivo. Esa orientación queda clara en nuestra política nacional de asistencia social —la «Ley de Responsabilidad Personal y Oportunidades de Trabajo»— y en nuestras tasas de encarcelamiento y uso de medicamentos psiquiátricos, líderes mundiales.
En este clima, la idea de que podemos cambiar o curar el cerebro de las personas pobres para que dejen de ser pobres presupone que, si el individuo se esfuerza lo suficiente, de la manera adecuada y con la orientación correcta, realmente existe una salida de la pobreza, el abuso o la prisión. Y presupone que el panorama social actual ofrece a todas las personas una oportunidad justa de llevar una vida digna, que la violencia y las privaciones son hechos aislados ocurridos en el pasado y que siempre es posible «pasar página».
Publicado en colaboración con The Conversation
Autora: Susan Sered es profesora del Departamento de Sociología de Suffolk University e investigadora sénior del Centro de Salud y Derechos Humanos de las Mujeres de Suffolk University.
Imagen: un escáner que muestra células cerebrales humanas



