En todo el mundo, las políticas, las tecnologías y los procesos de aprendizaje prolongados se han combinado para erosionar las barreras a la interacción económica entre países. Tome cualquier indicador: el comercio en relación con el PIB mundial, los flujos de capital en relación con el stock mundial de capital, etcétera; todos ellos están en aumento.
Pero las políticas económicas se establecen a nivel nacional y, con algunas excepciones notables, como las negociaciones comerciales y el seguimiento de la financiación del terrorismo y del blanqueo de capitales, los responsables políticos fijan objetivos con miras a beneficiar a la economía nacional. Y estas políticas (o los cambios de política) afectan cada vez más a otras economías y al sistema global, dando lugar a lo que podría denominarse «externalidades de política», es decir, consecuencias que se extienden fuera del entorno objetivo de los responsables políticos.
Por supuesto, estas externalidades siempre han existido. Pero solían ser pequeñas. A medida que se vuelven más significativas (como resultado de una mayor conectividad global), inevitablemente resultan más difíciles de gestionar. Al fin y al cabo, la optimización global requeriría una autoridad mundial de formulación de políticas, de la que no disponemos.
Estos efectos externos son especialmente relevantes en el sector financiero, debido al potencial de cambios grandes y relativamente abruptos en los flujos de capital, los precios de los activos, los tipos de interés, la disponibilidad de crédito y los tipos de cambio, todos los cuales tienen efectos poderosos sobre el crecimiento de la producción y el empleo.
La crisis económica y sus secuelas son un ejemplo claro de ello. Los modelos de crecimiento defectuosos de los países avanzados, basados en el exceso de crédito y en la demanda agregada interna (y agravados por deficiencias estructurales y mecanismos de ajuste limitados en Europa), provocaron inestabilidad, una crisis y una fuerte perturbación negativa para la economía real. Las economías emergentes se vieron afectadas de inmediato por el endurecimiento del crédito (incluida la financiación del comercio) y por el rápido descenso de las exportaciones, lo que provocó perturbaciones similares también en ellas.
Los países avanzados actuaron para evitar una espiral descendente mediante herramientas de política monetaria y fiscal. Estas también tuvieron efectos externos; pero, al menos a corto plazo, el remedio (distorsiones en los mercados de capitales) se consideró, en general, menos perjudicial que la enfermedad (el colapso económico de las economías avanzadas).
A esto le siguió una versión ampliada del modelo de crecimiento asistido en los países avanzados, basada en gran medida en la política monetaria no convencional; en Estados Unidos, esto implicó varias rondas de flexibilización cuantitativa, que no es más que el gobierno tomando prestado de sí mismo, una forma de control de precios. Se reprimió a los ahorradores para reducir el coste del crédito para los deudores (incluidos los gobiernos) y para quienes buscaban endeudarse para expandir sus negocios.
Esto no funcionó muy bien, porque la inversión estaba limitada por una demanda agregada interna insuficiente en relación con la capacidad. Así pues, los ahorradores hicieron lo que cabría esperar: buscar mayores rendimientos ajustados al riesgo en las economías emergentes, lo que provocó aumentos del crédito y alimentó presiones al alza sobre los tipos de cambio y los precios de los activos.
Esta externalidad evidente exigió respuestas políticas en los países emergentes: límites a las entradas de capital, acumulación de reservas y medidas para restringir el crédito y frenar la inflación de los precios de los activos. Las quejas de los responsables políticos de los mercados emergentes sobre los efectos distorsionadores de las políticas de los países avanzados fueron en gran medida ignoradas.
Todo eso ha cambiado radicalmente desde mayo, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos comenzó a señalar su intención de «reducir» («taper») sus masivas compras mensuales de activos a largo plazo. Los precios de los activos se desplazaron y el capital salió en tromba de los mercados emergentes, lo que provocó un endurecimiento de las condiciones crediticias y una caída de los tipos de cambio.
Como mínimo, una desaceleración del crecimiento a corto plazo es casi segura; algunos se preguntan si el impacto desestabilizador de la reversión de los flujos de capital tendrá efectos adversos a más largo plazo. En su mayor parte, este último temor parece exagerado, aunque no deben subestimarse ni descartarse los riesgos derivados de cambios de política inesperados y de los ajustes financieros conexos.
Las economías emergentes disponen, en general, de los instrumentos de política, los balances y la experiencia necesarios para responder con eficacia. Además, aunque la producción de China se ve afectada por el desempeño económico de los países avanzados, su sistema financiero está en gran medida aislado de las externalidades de la política monetaria. La cuenta de capital está menos abierta, las reservas de divisas por valor de 2,5 billones de dólares significan que el tipo de cambio es controlable y, dado que el ahorro supera a la inversión (el superávit por cuenta corriente está disminuyendo, pero sigue siendo positivo), China no depende del capital extranjero.
La importancia sistémica de China para el crecimiento de los mercados emergentes, su relativa estabilidad y las respuestas de política interna de otros países emergentes sugieren que el principal efecto del próximo cambio de política de la Fed será un nuevo equilibrio con precios de los activos menos distorsionados. Esto debería crear oportunidades para los inversores, especialmente si se produce un sobreajuste a la baja a medida que surja el nuevo equilibrio.
Cierto nivel de coordinación de políticas podría lograrse mediante un sistema de alerta temprana, que proporcionaría tiempo suficiente para una respuesta organizada. Pero la comunicación multilateral de cambios significativos de política daría casi inevitablemente lugar a filtraciones y a operaciones con información privilegiada que dañarían la confianza.
Con un mandato ampliado y un balance mucho mayor, el Fondo Monetario Internacional, con notificación previa, podría en principio actuar de forma fiable para estabilizar los volátiles flujos internacionales de capital, ganando tiempo para respuestas nacionales más ordenadas. Pero eso supondría un paso bastante grande en la dirección de la gobernanza y la gestión económica global.
La descentralización de las políticas y el crecimiento de las externalidades darán lugar a una desglobalización parcial, especialmente en las configuraciones macroeconómicas, las finanzas y las cuentas de capital. Así, no es buena idea mantener déficits persistentes por cuenta corriente y depender de capital extranjero (temporalmente) de bajo coste. Las cuentas de capital abiertas podrían ser sustituidas no por caprichosas intervenciones ad hoc que aumenten la incertidumbre y debiliten la confianza, sino por restricciones predecibles basadas en reglas sobre los flujos de capital financiero.
En segundo lugar, como aprendimos de la crisis, es crucial que una parte sustancial del sector bancario sea de propiedad nacional, en parte porque los mecanismos multinacionales de resolución en casos de insolvencia son en gran medida inexistentes. Además, el patrón de acumulación de reservas mediante superávits por cuenta corriente, entradas netas de capital privado, o ambos —un legado de la crisis financiera asiática de 1997-1998— continuará y quizá se acentúe aún más. Por último, las compras públicas de activos nacionales para estabilizar los precios de los activos y los flujos netos de capital serán cada vez más habituales.
Estamos aprendiendo a gestionar la creciente interdependencia de las políticas sin mucha coordinación entre ellas. El reto consiste en identificar mecanismos de contención de políticas con relaciones beneficio/coste relativamente altas. El tiempo y la experiencia ayudarán; es decir, siempre que la alta volatilidad no desestabilice muchas economías mientras tanto.
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Las opiniones expresadas aquí son las del autor, y no necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con Project Syndicate.
Autor: Michael Spence, premio Nobel de Economía, es profesor de Economía en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York y Senior Fellow del Hoover Institution.
Imagen: Un operador mira un gráfico en la pantalla de su ordenador mientras trabaja en el parqué de la Bolsa de Nueva York poco después de la apertura del mercado en Nueva York el 11 de julio de 2013. REUTERS/Lucas Jackson



