Cómo frenar el aumento de la desigualdad de ingresos

Cómo frenar el aumento de la desigualdad de ingresos
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El libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI ha captado la atención mundial, al situar en el centro del debate económico la relación entre la acumulación de capital y la desigualdad. Lo que hace tan singular el argumento de Piketty es su insistencia en una tendencia fundamental que surge de la propia naturaleza del crecimiento capitalista. Se trata de un argumento muy en la línea de los grandes economistas de los siglos XIX y principios del XX. En una era de tuits, su best seller apenas se queda corto de mil páginas.

La publicación del libro llega tras más de una década de minuciosa investigación de Piketty y otros, entre ellos Tony Atkinson, de la Universidad de Oxford. Hubo problemas menores en el tratamiento del conjunto masivo de datos, en particular en la medición de las rentas del capital en el Reino Unido. Pero las tendencias a largo plazo identificadas –un aumento de la participación de los propietarios del capital en la renta y la concentración de la «renta primaria» (antes de impuestos y transferencias) en la cúspide de la distribución en Estados Unidos y otras grandes economías– siguen sin ser cuestionadas.

La ley de los rendimientos decrecientes lleva a esperar que el rendimiento de cada unidad adicional de capital disminuya. Una clave de los resultados de Piketty es que, en las últimas décadas, el rendimiento del capital ha disminuido, si es que lo ha hecho, proporcionalmente mucho menos que la tasa a la que ha crecido el capital, lo que conduce a una participación creciente de las rentas del capital.

En el marco de la teoría microeconómica de manual, esto ocurre cuando la «elasticidad de sustitución» en la función de producción es mayor que uno: el capital puede sustituir al trabajo, de forma imperfecta, pero con una caída de la tasa de rendimiento suficientemente pequeña como para que la participación del capital aumente con una mayor intensidad de capital. Larry Summers sostuvo recientemente que, en un contexto dinámico, la evidencia de una elasticidad de sustitución mayor que uno es débil si se mide el rendimiento neto de la depreciación, porque la depreciación aumenta proporcionalmente con el crecimiento del stock de capital.

Pero la elasticidad de sustitución tradicional mide la facilidad de sustitución con un dado nivel de conocimiento técnico. Si hay un cambio técnico que ahorra trabajo, el resultado a lo largo del tiempo se asemeja a lo que produciría una elasticidad de sustitución alta. De hecho, hace solo unos meses, el propio Summers propuso una reformulación de la función de producción que distinguía entre el capital tradicional (K1), que sigue siendo, en cierta medida, complementario del trabajo (L), y un nuevo tipo de capital (K2), que sería un sustituto perfecto de L.

Un aumento de K2 conduciría a incrementos de la producción, de la tasa de rendimiento de K1 y de la participación del capital en la renta total. Al mismo tiempo, aumentar la cantidad de «trabajo efectivo» –es decir, K2 + L– haría caer los salarios. Esto sería cierto incluso si la elasticidad de sustitución entre K1 y el trabajo efectivo agregado fuera menor que uno.

Hasta hace poco, muy poco capital podía clasificarse como K2, ya que las máquinas que podían sustituir al trabajo lo hacían de forma muy alejada de la perfección. Pero, con el auge de las máquinas y el software «inteligentes», la participación de K2 en el capital total está creciendo. Un estudio de la Universidad de Oxford realizado por Carl Benedikt Frey y Michael Osborne estima que este tipo de máquinas podrían llegar a desempeñar aproximadamente el 47 % de los empleos existentes en Estados Unidos.

Si eso es cierto, la participación agregada del capital está destinada a aumentar. Dado que la propiedad del capital sigue concentrada entre quienes tienen ingresos altos, la participación de la renta que va a la cúspide de la distribución también aumentará. La tendencia de estos propietarios de capital a ahorrar una gran proporción de sus ingresos –y, en muchos casos, a no tener muchos hijos– aumentaría aún más la concentración de la riqueza.

Otros factores podrían contribuir a aumentar aún más la desigualdad. Uno que ha sido en gran medida ignorado en el debate sobre el libro de Piketty es la tendencia de los superricos a casarse entre sí –un fenómeno cada vez más común, a medida que más mujeres se unen al grupo de altos ingresos. Esto también hace que la concentración de ingresos se produzca más rápido que hace dos o tres décadas, cuando los hombres adinerados se casaban con mujeres con menos probabilidades de tener ingresos comparablemente altos. A ello se suman los modernos efectos de escala sobre los ingresos profesionales y «superestrella» –resultado de los mercados globales de tipo «el ganador se lo lleva todo»– y surge un panorama de fuerzas fundamentales que tienden a concentrar la renta primaria en la cúspide.

Sin políticas eficaces orientadas a contrarrestar estas tendencias, la desigualdad casi con total seguridad seguirá aumentando en los próximos años. Restablecer cierto equilibrio en la distribución de la renta y fomentar la movilidad social, al tiempo que se refuerzan los incentivos a la innovación y el crecimiento, serán algunos de los retos más importantes –y formidables– del siglo XXI.

Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Autor: Kemal Derviş, exministro de Asuntos Económicos de Turquía y antiguo administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), es actualmente vicepresidente de la Brookings Institution.

Imagen: Una mujer lleva en brazos a su hijo mientras pide dinero en un semáforo en rojo en una concurrida calle de Shanghái. REUTERS/Carlos Barria

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