Como autor de una reciente evaluación de impacto que examina los efectos de las transferencias de efectivo totalmente incondicionales en las zonas rurales de Kenia, y como cofundador de GiveDirectly, la organización que facilitó las transferencias de efectivo, he seguido de cerca las investigaciones en este ámbito. Gran parte de ellas han sido sumamente rigurosas, y las pruebas indican que las transferencias aportan beneficios considerables: reducen la pobreza y la desigualdad, y permiten a las familias pobres acumular activos. Esto no quiere decir que las transferencias de efectivo sean una panacea, pero, en conjunto, pueden mejorar de manera significativa la vida de las personas pobres. Entonces, ¿qué camino debemos seguir?
Además de aliviar la pobreza de muchos hogares, creo que las transferencias de efectivo pueden desempeñar un papel transformador en el sector de la ayuda. En primer lugar, pueden servir como referencia para el sector. La idea de utilizar las transferencias de efectivo como parámetro de desempeño no es nueva, pero creo que su utilidad práctica es limitada y que se puede obtener más valor considerándolas un parámetro de preferencias. En segundo lugar, las transferencias de efectivo son una solución excepcionalmente escalable y de bajo riesgo para reducir la pobreza, algo nada desdeñable en un sector propenso a buscar soluciones milagrosas que solo ofrecen una posibilidad incierta de resolver realmente la pobreza.
Las transferencias de efectivo como parámetro de referencia
Una posible función de las transferencias de efectivo es ser un «fondo indexado» para el sector del desarrollo. Los fondos indexados tienen las comisiones de gestión más bajas, y las transferencias de efectivo ofrecen una forma de transferir recursos a las personas pobres con los menores gastos generales. Además, los fondos de inversión de gestión activa se esfuerzan por justificar sus comisiones superando al índice, y las organizaciones de ayuda pueden «justificar» sus gastos generales haciendo más bien que limitarse a repartir su presupuesto.
Por atractiva que pueda parecer esta idea, es más compleja de lo que parece a primera vista. Existen diferencias fundamentales entre la inversión y la reducción de la pobreza que limitan la capacidad de las transferencias de efectivo para servir como índice de desempeño de los programas de reducción de la pobreza. Podemos comparar un fondo de inversión de gestión activa, como uno especializado en acciones farmacéuticas, con un fondo indexado porque la medida del valor es la misma. El fondo farmacéutico busca maximizar la rentabilidad para los inversores, y el fondo indexado se mide con el mismo criterio. En cambio, cuando el objetivo es reducir la pobreza, importan muchas cosas además del rendimiento puramente monetario de la inversión: la salud, la nutrición, la felicidad, la educación, etc. Así que nos enfrentaríamos a la ingente tarea de traducir cada resultado a un equivalente monetario. Sin una buena forma de hacerlo, sigue siendo difícil sopesar las alternativas. Por ejemplo, ¿es mejor destinar fondos de ayuda a un programa que reduce la mortalidad infantil en un 30 por ciento o a uno que reduce la violencia doméstica en un 50 por ciento?
Es razonable, útil y poco aprovechado como recurso retórico exigir que las organizaciones de ayuda justifiquen por qué sus programas son mejores que simplemente repartir dinero en efectivo. Pero incluso si comparamos cada posible uso de los fondos de ayuda con los beneficios de entregar efectivo, no necesariamente sabemos qué opción es «mejor» en términos científicos. Además, cualquier programa también debería ser mejor que la siguiente mejor alternativa, sea cual sea. La recopilación y medición de datos nos permiten evaluar qué programas de ayuda funcionan mejor, y esto no es algo exclusivo de las transferencias de efectivo.
Sin embargo, lo que sí es exclusivo de las transferencias de efectivo es quién decide qué programas tienen valor. Aunque la analogía del fondo indexado implica que las transferencias de efectivo son un parámetro de desempeño, estas ofrecen un índice singular de preferencias. Si hacer que las personas sean menos pobres significa permitirles obtener más de aquello que valoran, darles dinero y observar cómo lo gastan proporciona información muy valiosa. Es cierto que quizá no puedan comprar todo lo que mejoraría su bienestar (por ejemplo, si no hay servicios de salud adecuados, quienes reciben transferencias no pueden comprar servicios de salud aunque los deseen). Sin embargo, este enfoque ofrece una visión sólida de las prioridades de las personas pobres, lo que, a su vez, puede orientar la asignación de la ayuda y fomentar la rendición de cuentas entre los donantes y las organizaciones ejecutoras.
Una solución escalable y de bajo riesgo
Las transferencias de efectivo también son una estrategia de reducción de la pobreza notablemente poco arriesgada. Si nos centramos únicamente en la dimensión monetaria de la pobreza, la vía más clara para aliviarla no es el microcrédito ni la atención sanitaria, que pueden traducirse o no en una mayor actividad empresarial o productividad laboral, sino simplemente dar dinero en efectivo a las personas: por definición, dejarán de ser pobres. Aunque sea una opción de bajo riesgo, ¿es realmente asequible erradicar la pobreza mediante transferencias de efectivo? Actualmente, alrededor de 1.2 mil millones de personas viven con menos de $1.25 al día. Darles a todas $1 al día costaría $438 mil millones anuales, una suma enorme. Pero, para ponerlo en perspectiva, equivale a cerca del 0.6 por ciento del PIB mundial (y al 1.3 por ciento del PIB de EE. UU. y la UE), lo que supone una contribución media de $0.17 por persona al día (o $1.45 por residente de EE. UU. y la UE). En comparación, la ayuda al desarrollo actual representa aproximadamente el 0.2 por ciento del PIB de EE. UU. y hasta el 1 por ciento en los países europeos.
Diversos factores afectan al costo de proporcionar transferencias de efectivo a las personas más pobres del mundo: el ajuste por paridad del poder adquisitivo reduce el costo, mientras que los costos de entrega lo aumentan. Además, aunque las transferencias universales de efectivo son el enfoque menos arriesgado para erradicar la pobreza mundial, existen riesgos, como posibles efectos inflacionarios o un aumento de la corrupción a medida que crece el volumen de las transferencias. Por último, poner en práctica un programa así plantea enormes dificultades prácticas y políticas. La cuestión es simplemente que, por ahora, las transferencias universales de efectivo son nuestra opción menos arriesgada para acabar con la pobreza, y su costo no es inconcebible, aunque sí lo sean quizás sus dificultades prácticas.
El sector de la ayuda coincide en el objetivo de un mundo en el que todas las personas vivan con más de $1.25 o $2 al día. Históricamente, la atención se ha centrado en buscar la «mejor» manera de alcanzar ese objetivo con recursos limitados, lo que puede exigir inversiones de alto riesgo con la esperanza de lograr grandes efectos en la reducción de la pobreza. Un enfoque distinto y potencialmente transformador consiste en preguntarse cuál es la forma menos arriesgada de alcanzar el objetivo y determinar si vale lo que cuesta.
Esta publicación apareció primero en el blog del Banco Mundial
Autor: Jeremy Shapiro es investigador asociado en la Universidad de Princeton.
Imagen: Personas se preparan para moler raíces de yuca en Bingerville, cerca de Abiyán, el 24 de junio de 2008. REUTERS/ Thierry Gouegnon



