Los crecientes problemas financieros del Gobierno griego lo llevan a contemplar lo que antes era impensable: incumplir el pago de un préstamo del Fondo Monetario Internacional. En lugar de exigir el reembolso y más austeridad, el FMI debería reconocer su responsabilidad en la situación del país y condonar gran parte de la deuda.
Las onerosas obligaciones de Grecia con el FMI, el Banco Central Europeo y los gobiernos europeos se remontan a abril de 2010, cuando cometieron un error decisivo. En vez de permitir que Grecia incumpliera el pago de sus insuperables deudas con acreedores privados, optaron por prestarle el dinero para pagarles íntegramente.
En aquel momento, muchos pidieron una «reestructuración» inmediata de la deuda en manos privadas, imponiendo así pérdidas a los bancos e inversores que habían prestado dinero a Grecia. Entre ellos estaban varios miembros de laJunta del FMI y Karl Otto Pohl, expresidente del Bundesbank y uno de los principales artífices del euro. El FMI y las autoridades europeas respondieron que la reestructuración provocaría el caos financiero mundial. Como señaló Pohl con franqueza, aquello no era más que una excusa para rescatar a los bancos alemanes y franceses, que habían sido de los principales facilitadores del derroche griego.
En última instancia, el enfoque de las autoridades simplemente sustituyó un problema por otro: se utilizaron préstamos del FMI y de las instituciones europeas para reembolsar a los acreedores privados. Así, pese a una reestructuración tardía en 2012, las obligaciones de Grecia siguen siendo insoportables; solo que ahora se deben casi en su totalidad a acreedores oficiales.
Cinco años después del inicio de la crisis, la deuda pública ha pasado del 130 por ciento del producto interno bruto a casi el 180 por ciento. Mientras tanto, una profunda recesión económica y la deflación han mermado gravemente la capacidad del Gobierno para pagar.
Prácticamente todos coinciden ahora en que presionar a Grecia para que pagara a sus acreedores privados fue una mala idea. La austeridad fiscal exigida fue sencillamente excesiva y provocó el colapso de la economía. El FMI reconoció el error en un informe sobre Grecia publicado en 2013. En un reciente documento de trabajo, el Fondo afirmó que, cuando una crisis amenaza con propagarse, debería buscar una solución colectiva mundial en vez de obligar a la economía en dificultades a soportar toda la carga. Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, ha advertido que más austeridad aplastará el crecimiento.
Curiosamente, la propuesta del FMI para que Grecia salga adelante no ha cambiado: pedir más dinero prestado (esta vez a las autoridades europeas) para reembolsar a un grupo de acreedores (el FMI) y mantener el rumbo de la austeridad. Las últimas proyecciones del Fondo suponen que el superávit presupuestario del Gobierno (excluidos los pagos de intereses) alcanzará el 4,5 por ciento del PIB, un nivel de ajuste fiscal que pocos gobiernos han mantenido durante un período significativo.
Siguiendo el ejemplo de Alemania, los funcionarios del FMI han depositado su confianza en las «reformas estructurales»: cambios en los mercados laborales y otros mercados que supuestamente mejorarían el potencial de crecimiento a largo plazo de la economía griega. Deberían saberlo. El último informe Perspectivas de la economía mundial del Fondo pone en duda que esas reformas vayan a resolver el problema de la deuda griega de manera fiable y oportuna. Las medidas más valiosas fomentan la investigación y el desarrollo y ayudan a impulsar los sectores de alta tecnología. Todo ello es positivo, pero esos avances son irrelevantes para los próximos cinco años. La prioridad debe ser evitar que Grecia se hunda más en una espiral de deuda y deflación. Por desgracia, algunas reformas acelerarán de hecho esa espiral al debilitar la demanda.
El 9 de abril, Grecia reembolsó 450 millones de euros al FMI y debe pagar otros 2.000 millones en mayo y junio. Christine Lagarde, directora gerente del FMI, ha dejado claro que no se tolerarán retrasos en los reembolsos. «Yo, desde luego, no lo respaldaría», dijo a Bloomberg Television.
Inevitablemente, se concederá alivio de la deuda, pero en pequeñas dosis y acompañado de un sufrimiento implacable. El Gobierno griego tendrá que retener pagos a proveedores y trabajadores, y recurrirá a los fondos de pensiones. Dentro de cinco años, la tensión económica y social del país bien podría ser aún más aguda. La pregunta será: ¿por qué no se condonó más deuda antes? Nadie está dispuesto a afrontar esa desagradable aritmética, y prevalece el pensamiento ilusorio.
Tras suspender su primera prueba griega, el FMI corre el riesgo de volver a hacerlo. Sigue atrapado por las prioridades de sus accionistas, incluidos en años recientes el Reino Unido y Alemania. Para reafirmar su independencia y recuperar la credibilidad perdida, debería condonar una gran parte de la deuda de Grecia y hacer que sus accionistas ricos asuman las pérdidas.
Este artículo se publicó originalmente en Bruegel, el centro de estudios con sede en Bruselas. Lea el artículo en su sitio web aquí. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Ashoka Mody es profesor visitante Charles and Marie Robertson de Política Económica Internacional en la Woodrow Wilson School de la Universidad de Princeton.
Imagen: Un hombre pasa junto a la sede del Banco de Grecia, en el centro de Atenas. REUTERS/Yannis Behrakis.


