Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.
La campaña del Gobierno chino para que su moneda, el renminbi, sea incluida en el activo de reserva del Fondo Monetario Internacional parece estar a punto de culminar con éxito. La semana pasada, el personal del FMI recomendó formalmente añadir el renminbi a la cesta de monedas que determina el valor de sus llamados Derechos Especiales de Giro (DEG).
La inclusión del renminbi en la cesta, que actualmente incluye el dólar estadounidense, el euro, la libra esterlina y el yen japonés, supondría para China un impulso a su prestigio. Más importante aún, avanzaría en los esfuerzos del Gobierno por internacionalizar el renminbi. Pero también sería un error. La decisión de recomendar la inclusión del renminbi, lejos de haberse tomado por motivos económicos sólidos, solo puede entenderse como política. Como tal, es probable que sus consecuencias a largo plazo sean lamentables.
Desde un punto de vista puramente técnico, las credenciales del renminbi para su inclusión en la cesta de DEG son cuestionables. Tradicionalmente, el FMI ha insistido en dos criterios: el país emisor de una moneda debe estar entre los principales exportadores del mundo, y la moneda debe ser “de libre uso” – es decir, ampliamente utilizada y negociada.
Como mayor exportador del mundo, China cumple claramente el primer criterio. El segundo, sin embargo, probablemente todavía está fuera de su alcance. El renminbi no está en modo alguno a la altura de las cuatro monedas que actualmente forman la cesta de DEG. En 2014, la moneda china ocupaba el séptimo lugar en reservas de bancos centrales a nivel mundial, el octavo en emisiones de bonos internacionales y el undécimo en negociación de divisas a nivel mundial. Además, el renminbi sigue sin ser convertible para la mayoría de las operaciones de capital, los mercados financieros chinos son incipientes y las autoridades monetarias siguen fijando a diario los márgenes de negociación del tipo de cambio.
Efectivamente, tan recientemente como en agosto, el FMI se mostraba escéptico ante la incorporación del renminbi a la cesta de DEG, afirmando que aún se necesitaba “un trabajo significativo” y sugiriendo que la decisión debía aplazarse hasta 2016 para garantizar una transición “fluida”.
Entonces, ¿por qué cambió de postura el FMI? La respuesta es evidente: China desplegó una presión a gran escala para cambiar opiniones. En agosto, el régimen de tipo de cambio de la moneda se flexibilizó ligeramente. En Londres se emitieron bonos gubernamentales denominados en renminbi, y se trazaron planes para crear nuevas plataformas de negociación de la moneda en varios centros financieros europeos. Además, los responsables políticos chinos dejaron muy claro lo insatisfechos que quedarían si la decisión fuera negativa.
Su presión dio resultado. Uno tras otro, los gobiernos occidentales se alinearon con el renminbi, pese a sus limitaciones prácticas. El Fondo captó el mensaje y ahora todo está decidido. La recomendación de ampliar la cesta de DEG ha sido calurosamente respaldada por Christine Lagarde, directora gerente del FMI, y se espera que el consejo ejecutivo del Fondo tome una decisión final a finales de mes.IMF
Muchos sostendrían que se trata de un avance positivo. Sin duda, apacigua a los dirigentes chinos, ofreciéndoles un incentivo más sólido para seguir trabajando dentro del régimen monetario internacional vigente. Las recientes iniciativas chinas, en especial la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, han suscitado temores de que el país pretenda construir un nuevo conjunto de instituciones internacionales que compitan con organizaciones de dominio occidental como el FMI. La decisión de añadir el renminbi a la cesta de DEG puede haber puesto ese peligro en remisión.
Por otro lado, la medida sienta un precedente preocupante, al introducir la política en un ámbito que se regía por consideraciones económicas objetivas. Es concebible que, a largo plazo, la exitosa campaña de China abra ahora la puerta a que otros gobiernos presionen para incluir también sus monedas. ¿Por qué no añadir el franco suizo o el dólar canadiense? O, ya puestos, ¿por qué no incluir el rublo ruso o la rupia india? Lo que fue el digno coto de monedas claramente de élite podría convertirse en escenario de confusas batallas políticas por un estatus más elevado.
Por supuesto, puede argumentarse que la trayectoria económica reciente de China significa que solo es cuestión de tiempo que el renminbi llegue a igualar a las monedas que actualmente forman la cesta de DEG. Al fin y al cabo, el uso internacional de la moneda ha crecido de forma exponencial. Pero esa valoración optimista sobreestima las perspectivas del renminbi y muestra el peligro de extrapolar linealmente el pasado hacia el futuro.
Asimismo, el uso del renminbi para facturar y liquidar el comercio con China seguirá creciendo inevitablemente. Pero en cuanto a las funciones, de importancia capital, de una moneda como vehículo de inversión o activo de reserva, las perspectivas del renminbi son mucho menos prometedoras, debido a los controles de capital, todavía estrictos, y al bajo nivel de desarrollo financiero de China.
Tampoco es probable que la inclusión del renminbi en la cesta de DEG aporte a la internacionalización de la moneda un impulso tan grande como muchos creen. Algunos bancos centrales podrían decidir seguir ese camino, añadiendo activos denominados en renminbi a sus reservas para reflejar la composición de la cesta. Pero el aumento será marginal como mucho: unos 40.000 millones de dólares en los próximos años, según los cálculos del FMI. Dado que las reservas mundiales superan ya los 10 billones de dólares, eso no es más que una simple gota en el mar.
Las razones políticas para incluir el renminbi en los DEG son más que evidentes. Desafortunadamente, los riesgos de hacerlo no son menos obvios.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial suscriba las opiniones expresadas.
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Autor: Benjamin J. Cohen es catedrático de Economía Política Internacional en la Universidad de California, Santa Bárbara.
Imagen: Un hombre sube por una escalera mecánica cerca de la Torre de Shanghái. REUTERS/Carlos Barria.




