¿Deberían los reguladores bancarios cambiar su enfoque?

¿Deberían los reguladores bancarios cambiar su enfoque?
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En una conferencia a puerta cerrada a la que asistieron altos directivos de bancos, reguladores y algunos académicos, el gobernador de la Reserva Federal Daniel Tarullo y el presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, William Dudley, aprovecharon su tribuna para hacer algo inesperado. En lugar de centrarse en cómo reforzar la estabilidad bancaria —canalizando más capital hacia las mayores instituciones, limitando sus actividades más arriesgadas y determinando cómo gestionar un banco en quiebra sin rescatarlo—, los funcionarios hablaron de los propios banqueros.

Tarullo se centró en la conducta indebida de los directivos, y sostuvo que los directivos que no cumplan plena y voluntariamente las normas deberían enfrentarse a sanciones más severas que las actuales. En vez de culpar a «unas pocas manzanas podridas» de las faltas, insistió, las instituciones deberían implantar controles que impidan que las «manzanas podridas» envenenen la organización. Para ello, las organizaciones deberían incorporar el respeto a la ley, la regulación y la confianza pública en sus sistemas internos de remuneración.

Además, Tarullo señaló que el procesamiento penal y el encarcelamiento de personas son la forma más eficaz de disuadir conductas ilícitas, como las infracciones de la legislación antimonopolio. Por supuesto, como reconoció, es difícil procesar a una persona por ese tipo de infracciones, porque los reguladores carecen de facultades de aplicación penal, los obstáculos probatorios son considerables y las circunstancias suelen ser inciertas. Pero los reguladores no han aprovechado suficientemente las facultades que sí tienen para sancionar a los directivos que incurren en faltas: pueden prohibir a estas personas trabajar en el sector financiero.

Según Tarullo, unas pocas «prohibiciones de trabajar en la banca» bien elegidas podrían mejorar el sector financiero. Instó a los consejos de administración y a los altos ejecutivos de los bancos a anticiparse a esas prohibiciones despidiendo públicamente a los directivos muy problemáticos, en lugar de hacer que salgan discretamente por la puerta trasera. Las ejecuciones públicas disuadirían al resto de la organización de incurrir en conductas indebidas.

Dudley también atribuyó a los altos directivos bancarios la responsabilidad del cambio. Al hablar de la cultura bancaria —un tema de gran interés para él y para la Reserva Federal de Nueva York—, animó a los altos directivos bancarios a armonizar la cultura de sus organizaciones con el interés público y los parámetros regulatorios. En vez de considerar la ley un problema que hay que gestionar y, si es posible, eludir, los banqueros deberían reconocer y respetar su importancia vital (un punto que también planteó Tarullo). En este sentido, dijo Dudley, el sector bancario «está lejos de donde debe estar».

Al igual que Tarullo, Dudley recalcó que las infracciones no deberían tratarse como actos aislados de empleados desviados, sino como pruebas del fracaso de los altos directivos —desde el consejo de administración hasta la cúpula ejecutiva— a la hora de orientar adecuadamente la cultura bancaria. Por tanto, las infracciones deberían desencadenar un esfuerzo concertado de los altos directivos para controlar a los llamados banqueros descarriados e infundir en sus organizaciones una ética de cumplimiento e integridad. Si no son capaces de hacerlo, argumentó Dudley, sería razonable concluir que la organización es demasiado grande para gestionarla.

Para al menos unos cuantos asistentes, esta afirmación probablemente evocó recuerdos del operador conocido como la «ballena de Londres», que perdió al menos 6.000 millones de dólares en JP Morgan Chase —el mayor banco de Estados Unidos— en 2012. El equipo de gestión de riesgos del banco, considerado el mejor del mundo, no logró identificar a un operador descarriado entre sus filas hasta que ya fue demasiado tarde.

El énfasis en la responsabilidad individual dentro de los bancos representa un cambio notable en el enfoque de los reguladores, reforzado por una tercera iniciativa que destacaron otros ponentes: utilizar remuneraciones diferidas basadas en deuda para vincular la paga de los directivos con la seguridad y solidez de los bancos.

Catalizar un cambio en la cultura bancaria no será fácil. Los banqueros saben que asumir cantidades sustanciales de riesgos de baja probabilidad y gran impacto suele beneficiar a los accionistas de los bancos e incrementar sus propias bonificaciones. Pero, cuando las cosas salen mal, el gobierno asume gran parte de la factura y la economía real sufre.

Para complicar aún más las cosas, la asunción de riesgos por parte de los bancos —incluso en niveles extremos— no siempre es poco ética, descarriada o fraudulenta. A menudo parece responsable e innovadora. El problema de la innovación es que nadie puede predecir el impacto preciso que tendrá. De hecho, la crisis financiera de 2008-2009 fue más consecuencia de errores y desorientación que de fraude y conducta indebida explícita por parte de los banqueros.

No obstante, vale la pena impulsar el tipo de iniciativas culturales y conductuales que propusieron Tarullo y Dudley. De hecho, armonizar los intereses financieros de los directivos y altos banqueros con los esfuerzos de los reguladores por aumentar el capital, reducir el riesgo y hacer que la quiebra bancaria sea una posibilidad real contribuiría en gran medida a que los bancos fueran más seguros.

Pero hay una salvedad fundamental: los objetivos organizativos centrales de los reguladores deben tener prioridad sobre los objetivos blandos relacionados con la cultura, y estos últimos deben apoyar —no desplazar— a los primeros. Tarullo y Dudley lo entienden, pero puede que otros funcionarios menos competentes no.

Si los esfuerzos centrados en las personas empiezan a eclipsar las responsabilidades centrales de los reguladores, se perderá gran parte de los avances logrados en los últimos años para reforzar la seguridad bancaria. Esa podría resultar la medida más arriesgada de todas.

Publicado en colaboración con Project Syndicate

Autor: Mark Roe, profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, es experto en derecho de valores y mercados financieros.

Imagen: Un hombre pasa junto a edificios en el distrito central de negocios de Singapur el 14 de febrero de 2007. REUTERS/Nicky Loh.

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