Con la crisis en Ucrania intensificándose, Estados Unidos y la Unión Europea están enfrascados en una batalla de voluntades –y de sanciones– con Rusia. De hecho, en represalia por la intensificación de las sanciones financieras occidentales, Rusia ha anunciado una prohibición de importaciones de alimentos y productos agrícolas procedentes de EE. UU. y de la UE. Pero la verdadera amenaza para Occidente radica en el posible impacto de una crisis financiera provocada por sus propias sanciones contra Rusia.
Recordemos la crisis financiera rusa de 1998. En agosto de ese año, el entonces presidente Boris Yeltsin declaró: “No habrá devaluación; eso es firme y definitivo”. Tres días después, el rublo fue devaluado y los mercados financieros rusos se desplomaron. Con la salida masiva de capitales del país, el Gobierno ruso se vio obligado a reestructurar su deuda y la economía entró en una profunda recesión.
Aunque Rusia era financieramente poco relevante, su crisis tuvo consecuencias de gran alcance. Entre los más afectados estuvo Argentina: la crisis rusa agravó el descenso de la confianza de los inversores en los mercados emergentes, que culminó en el impago soberano de Argentina menos de cuatro años después. Incluso Estados Unidos y Europa no fueron inmunes, pues el colapso del importante fondo de cobertura Long-Term Capital Management (LTCM) alimentó la ansiedad sobre la viabilidad de muchas otras instituciones financieras.
Los dramas financieros actuales guardan un notable parecido con esta experiencia. Argentina ha incurrido técnicamente en impago; las instituciones y los mercados financieros estadounidenses y europeos están nerviosos; y Rusia asegura que las sanciones a las que se enfrenta no tendrán ningún impacto en su economía.
La similitud más evidente son las afirmaciones del presidente ruso, Vladímir Putin, de que su país puede resistir todas las sanciones occidentales. Eso puede ser un pensamiento desiderativo. De hecho, impedir que la mayoría de los grandes bancos rusos operen libremente en los mercados de capitales occidentales podría afectar a toda la economía rusa, no solo a los propios bancos. Y la decisión del banco central de subir los tipos de interés para sostener el rublo puede dar lugar a condiciones crediticias mucho más restrictivas para empresas y hogares, lo que podría empujar a la economía rusa a una recesión este año y el próximo.
El problema de las sanciones financieras es que nadie sabe con precisión cómo se desarrollarán, especialmente en una economía tan grande como la rusa. Si resultan más eficaces de lo previsto, supondrán una grave amenaza para la estabilidad financiera mundial.
Las restricciones a los bancos rusos que operan en Europa y EE. UU. parecen modestas. Los bancos todavía pueden acceder a los mercados monetarios, cubrir sus necesidades de financiación a corto plazo y contar con el banco central como respaldo. Pero el apetito por el riesgo de los inversores podría cambiar con facilidad, lo que los llevaría a retirar grandes cantidades de capital. Aunque la deuda pública de Rusia es modesta, sus reservas de divisas son elevadas y su economía es mucho más sólida que en 1998; una vez que la manada se ha puesto en marcha, es imposible detenerla.
Los bancos europeos han concedido préstamos por casi 200 000 millones de euros (268 000 millones de dólares) a instituciones y empresas rusas, y poseen una parte significativa de los activos de Rusia denominados en euros, lo que los hace especialmente vulnerables. Además, las actuales pruebas de resistencia de la eurozona podrían revelar importantes agujeros de capital en los principales bancos europeos en los próximos meses. Tras haber salido apenas de una profunda recesión, las perturbaciones financieras podrían hacer que Europa volviera con facilidad a la recesión, sobre todo dados los estrechos vínculos de la economía de la eurozona con Rusia a través del comercio y la energía.
Agravando el problema, nadie entiende realmente las conexiones precisas entre las instituciones y los mercados rusos y europeos. El colapso de LTCM en 1998 fue totalmente inesperado. ¿Está hoy Europa preparada para afrontar un fracaso similar de una institución financiera importante?
Las sanciones financieras contra Rusia no están dirigidas, no son temporales ni plenamente creíbles. Si afectan a toda la economía rusa, golpeando con más fuerza a los ciudadanos corrientes, es posible que el apoyo popular al régimen de Putin se consolide aún más. Por supuesto, una desaceleración económica podría erosionar el apoyo popular de Putin, que se basa en las mejoras del nivel de vida logradas bajo su liderazgo. En ese caso, la respuesta de Putin podría ser aún más perjudicial.
Otro problema es que aplicar sanciones que no pueden revertirse con rapidez elimina el incentivo de Rusia para volver a la mesa de negociaciones, sobre todo porque la amenaza de una escalada de las sanciones financieras carece de credibilidad, dado el riesgo para la estabilidad financiera europea y estadounidense.
Una vez que estas sanciones empiecen a surtir efecto, nadie puede decir quién resultará perjudicado, ni cuánto. Y, como demostraron la experiencia de Rusia en 1998 y la de Argentina tras 2002, el proceso de restablecer la confianza de los participantes en el mercado es largo y doloroso.
Estas preocupaciones no significan que EE. UU. y la UE no deban imponer sanciones a Rusia por su ilegal anexión de Crimea y sus continuos esfuerzos por desestabilizar el este de Ucrania. Pero las sanciones que golpean el lado real de la economía rusa –como la energía, los recursos naturales y el ámbito militar– podrían ofrecer una solución mejor. Aunque estas sanciones quizá no funcionen tan rápido, serían específicas, temporales y creíbles, lo que permitiría a Estados Unidos y a Europa controlar –y ajustar– el impacto sobre el liderazgo y la economía rusos.
En cualquier caso, los líderes estadounidenses y europeos deben reconocer que todas las sanciones tendrán costes –muchos de ellos inesperados– para ambas partes. Si no están dispuestos a arriesgar la estabilidad financiera mundial en un impredecible juego de gallina con Putin, quizá sería prudente replantearse la composición de las sanciones que imponen.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autor: Marcel Fratzscher, antiguo director de Análisis de Política Internacional del Banco Central Europeo, es presidente del DIW Berlín, un instituto de investigación y centro de análisis, y catedrático de macroeconomía y finanzas de la Universidad Humboldt.
Imagen: Dólares estadounidenses y rublos rusos aparecen en esta ilustración fotografiada en Moscú el 17 de febrero de 2014. REUTERS/Maxim Shemetov



