El oro es escaso. Más del 99,9 % de la corteza terrestre está compuesta por óxidos de silicio, aluminio, calcio, magnesio, sodio, hierro, potasio, titanio y fósforo. Así, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la gente se ha entusiasmado mucho al descubrir oro. A pesar de las graves consecuencias ambientales de la minería del oro, incluidas la contaminación por mercurio y cianuro y la devastación de los paisajes, la humanidad no ha abandonado la búsqueda, y parece poco probable que lo haga en un futuro próximo.
Pero existe una mina de oro figurada, más segura y potencialmente al menos tan lucrativa como la real, que la mayoría de los países posee, pero pocos optan por explotar plenamente: las compras gubernamentales.
Las posibles consecuencias negativas de las compras gubernamentales son bien conocidas. Pueden permitir que las empresas cobren precios excesivos por bienes de baja calidad y servicios poco fiables, al tiempo que facilitan la corrupción, los abusos de poder y el despilfarro.
Para mitigar estos riesgos, la mayoría de los países han implantado requisitos para los procesos de licitación abiertos y normas estrictas de transparencia en las compras gubernamentales. De hecho, la mayoría de los acuerdos comerciales recientes exigen a los signatarios abrir las compras gubernamentales a las empresas de los demás, y el Banco Mundial publica los nombres de las empresas inhabilitadas por fraude o corrupción para participar en licitaciones de proyectos financiados por el Banco. Los países que renuncian a los procesos de licitación abiertos acaban sufriendo el tipo de robo a gran escala que se ha documentado en Venezuela y casi con toda seguridad se produjo en Ucrania bajo el mandato del presidente depuesto Viktor Yanukovych.
Pero bajo todo esto de arsénico hay oro. La mayor parte de la producción moderna implica no solo el coste de hacer las cosas, sino también el coste de averiguar cómo hacerlas. Antes de que los fabricantes de aviones puedan producir y vender un nuevo modelo de avión, deben invertir miles de millones de dólares durante una década o más de desarrollo, costes que luego deben recuperarse. Si no estuvieran seguros de que habrá mercado para el nuevo modelo, pocos asumirían estos costes. Ahí es donde entran las compras gubernamentales.
Por ejemplo, en 1946, el gobierno de Estados Unidos emitió un contrato para que Boeing desarrollara el B-52. El gobierno, obviamente, no quería que la empresa entregara más de lo mismo; quería el primer bombardero estratégico rápido con propulsión a reacción. Al fin y al cabo, el segundo mejor ejército en una guerra es el perdedor. Por tanto, el contrato debía reflejar los riesgos inherentes a descubrir cómo diseñar y producir la aeronave más avanzada de su época.
Pero los beneficios de la compra gubernamental fueron más allá de su objetivo específico, cuando Boeing utilizó el know-how adquirido al desarrollar el B-52 para crear su avión comercial B-707. Aunque el gobierno nunca promovió deliberadamente el desarrollo de aviones comerciales, sus compras de aeronaves militares de alta calidad y tecnológicamente avanzadas fueron esenciales para el surgimiento de la industria aeronáutica comercial de Estados Unidos, dominante a escala mundial.
En pocas palabras, averiguar cómo hacer una cosa a menudo facilita hacer otras. De este modo, un gobierno que sea exigente con la calidad de sus compras puede tener un impacto poderoso en la evolución de la ventaja comparativa de su país.
El gobierno de Israel ha tenido un impacto similar a través de su esfuerzo por gestionar sus limitados recursos hídricos. Supongamos que el país incurre en un coste de 100 de alguna unidad por su escasez de agua. Las innovaciones que fomenta el gobierno, como el riego por goteo o la desalinización, no solo reducen el coste interno de dichas escaseces a, digamos, 70, sino que también sustentan una industria que, al vender sus productos en los mercados más exigentes, genera un valor global de más de 1.000. En este sentido, la escasez de agua ha hecho al país más rico de lo que habría sido de otro modo.
Asimismo, las inversiones militares de Israel han generado un conjunto de soluciones que, con algo de esfuerzo adicional, han tenido aplicaciones civiles útiles y lucrativas. Esto ayuda a explicar por qué la inversión privada en investigación y desarrollo representa una mayor proporción del PIB en Israel que en ningún otro lugar del mundo.
Las lecciones de las compras militares pueden aplicarse en otros ámbitos. Los gobiernos se dedican a adquirir soluciones para los desafíos más apremiantes de sus sociedades. Dado que los problemas de un país rara vez son únicos, las soluciones innovadoras pueden dar lugar a industrias con competitividad global, e incluso dominantes. Y las soluciones a un problema pueden tener aplicaciones en otras áreas.
Esto debería servir de modelo para América Latina en su esfuerzo por mejorar la calidad de sus sistemas educativos. En la actualidad, los ocho países latinoamericanos que realizan el examen PISA estandarizado de la OCDE figuran entre los 15 países con peores resultados de los 65 que participan en el programa.
En lugar de invertir enormes cantidades de dinero en sistemas escolares de bajo rendimiento, los gobiernos latinoamericanos sin duda estarían interesados en soluciones innovadoras, como los libros de texto en tabletas, que pueden ayudar a los docentes a impartir clases eficaces, supervisar el progreso de sus alumnos e identificar estrategias de refuerzo. Más allá de mejorar el rendimiento de sus propios hijos, estos esfuerzos podrían dar lugar a una industria con competitividad global en herramientas didácticas de última generación.
Estos son solo algunos ejemplos del valor que puede extraerse de la mina de oro de las compras gubernamentales. Al comprometerse a adquirir grandes cantidades de productos de alta calidad que aborden los principales desafíos nacionales, los gobiernos pueden alentar a organizaciones privadas, públicas o mixtas a asumir los costes fijos de encontrar soluciones. En muchos casos, los beneficios de esas soluciones irán mucho más allá de su propósito original.
Pero, al seguir ese camino, los gobiernos deben recordar que la minería es una industria potencialmente peligrosa que debe abordarse con cuidado. Para ello, podrían empezar por destinar, digamos, el 5 % de sus presupuestos de compras a impulsar soluciones de necesidad urgente en áreas con mercados globales potencialmente grandes. Al fin y al cabo, todo lo que vale la pena hacer vale la pena hacerlo mejor.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autor: Ricardo Hausmann, antiguo ministro de Planificación de Venezuela y antiguo economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es catedrático de la práctica del desarrollo económico en la Universidad de Harvard, donde también dirige el Centro de Desarrollo Internacional.
Imagen: Vista general de la ciudad de Chicago, 23 de marzo de 2014. REUTERS/Jim Young



