Los marcos teóricos son muy útiles porque nos permiten comprender aspectos fundamentales de un mundo complejo en términos mucho más sencillos, igual que los mapas. Pero, como los mapas, solo son útiles hasta cierto punto. Los mapas de carreteras, por ejemplo, no indican las condiciones actuales del tráfico ni ofrecen información sobre las obras en las autopistas.
Una forma útil de entender la economía mundial es el elegante marco presentado por Thomas Piketty en su celebrado libro El capital en el siglo XXI. Piketty divide el mundo en dos sustancias fundamentales: el capital y el trabajo. Ambos se utilizan en la producción y comparten los beneficios.
La principal diferencia entre ambos es que el capital es algo que se puede comprar, poseer, vender y, en principio, acumular sin límite, como han hecho los superricos. El trabajo es el uso de una capacidad individual que puede ser remunerada, pero que no puede ser poseída por otros, porque la esclavitud es ilegal.
El capital tiene dos características interesantes. En primer lugar, su precio se determina en función de cuántos ingresos futuros generará. Si una parcela de tierra genera el doble de producción que otra, en términos de fanegas de trigo o de renta comercial, debería valer naturalmente el doble. De lo contrario, el propietario de una parcela la vendería para comprar la otra. Esta condición de ausencia de arbitraje implica que, en equilibrio, todo el capital produce el mismo rendimiento ajustado al riesgo, que Piketty estima históricamente en un 4-5% anual.
La otra característica interesante del capital es que se acumula mediante el ahorro. Una persona o un país que ahorra 100 unidades de ingreso debería poder obtener, a perpetuidad, unos ingresos anuales de alrededor de 4-5 unidades. A partir de aquí, es fácil ver que, si el capital se reinvirtiera por completo y la economía creciera a menos de un 4-5%, el capital y su participación en la renta se volverían mayores en relación con la economía.
Piketty sostiene que, dado que los países ricos del mundo crecen a menos de un 4-5%, se están volviendo más desiguales. Esto puede apreciarse en los datos, aunque en Estados Unidos una gran parte del aumento de la desigualdad se debe no a esta lógica, sino al auge de lo que Piketty denomina «superdirectivos», que perciben salarios extremadamente altos (aunque él no nos explica por qué).
Apliquemos, pues, esta teoría al mundo para ver hasta qué punto encaja. Entre 1983 y 2013, es decir, durante 30 años, Estados Unidos se endeudó con el resto del mundo, en términos netos, por más de 13,3 billones de dólares, o alrededor del 80% del PIB de un año. En 1982, antes de que comenzara este periodo, obtenía unos 36 000 millones de dólares del resto del mundo en concepto de ingresos financieros netos, fruto del capital que había invertido previamente en el extranjero.
Si suponemos que la rentabilidad de este capital era del 4%, equivaldría a poseer 900 000 millones de dólares en capital extranjero. Así pues, si hacemos las cuentas, Estados Unidos debe hoy al resto del mundo unos 12,4 billones de dólares (13,3 menos 0,9). Con un 4%, esto debería representar un pago anual de 480 000 millones de dólares. ¿Verdad?
No, y ni mucho menos. Estados Unidos no paga nada en términos netos al resto del mundo por su deuda. Al contrario, en 2013 obtuvo unos 230 000 millones de dólares. Suponiendo una rentabilidad del 4%, esto equivaldría a poseer 5,7 billones de dólares en capital extranjero. De hecho, la diferencia entre lo que Estados Unidos «debería» pagar si el cálculo de Piketty fuera correcto es de unos 710 000 millones de dólares en ingresos anuales, o 17,7 billones de dólares en capital, equivalente a su PIB anual.
Estados Unidos no es la única excepción a este error de cálculo, y las discrepancias son sistemáticas y considerables, como Federico Sturzenegger y yo hemos demostrado.
En el extremo opuesto se encuentran países como Chile y China. Chile ha pedido prestado poco en términos netos durante los últimos 30 años, pero paga al resto del mundo como si hubiera tomado prestado el 100% de su PIB. China ha prestado al resto del mundo, en términos netos, durante la última década, alrededor del 30% de su PIB anual, pero no obtiene prácticamente nada a cambio. Desde el punto de vista de la riqueza, es como si esos ahorros no existieran.
¿Qué está ocurriendo? La respuesta sencilla es que las cosas no se producen solo con capital y trabajo, como sostiene Piketty. También se producen con conocimientos técnicos (know-how).
Para ver el efecto de esta omisión, considérese que el endeudamiento neto de 13 billones de dólares de Estados Unidos subestima de forma notable el alcance del endeudamiento bruto, que se acercaba más a 25 billones de dólares en términos brutos. Estados Unidos utilizó 13 billones de dólares para cubrir su déficit y el resto para invertir en el extranjero.
Este dinero se combina con conocimientos técnicos en forma de inversión extranjera directa, y la rentabilidad de ambos se acerca más al 9%, frente al 4% o menos que se paga a los prestamistas. De hecho, un 9% sobre 12 billones de dólares es más que un 4% sobre 25 billones de dólares, lo que explica el aparente enigma.
Chile y China colocan sus ahorros en el extranjero sin combinarlos con conocimientos técnicos —compran acciones y bonos— y, en consecuencia, obtienen únicamente el 4-5% o menos que asume Piketty. En cambio, los inversores extranjeros en Chile y China aportan valiosos conocimientos técnicos; de ahí que el capital bruto que llega genere más rendimiento que el ahorro bruto colocado en el extranjero. Este diferencial de rentabilidad no puede eliminarse mediante arbitraje, porque se necesitan los conocimientos técnicos para obtener los rendimientos más altos.
La clave está en que crear y desplegar conocimientos técnicos es una fuente importante de creación de riqueza. Después de todo, Apple, Google y Facebook valen conjuntamente más de 1 billón de dólares, aunque el capital invertido originalmente en ellas sea una fracción minúscula de esa cifra.
Quién se queda con la diferencia está por decidir. Los conocimientos técnicos residen en equipos coherentes, no en individuos. Todos los miembros del equipo son cruciales, pero fuera del equipo cada individuo vale mucho menos. Los accionistas pueden querer quedarse con la diferencia en forma de beneficios, pero no pueden prescindir del equipo.
Aquí es donde entran en escena los superdirectivos: se esfuerzan por apropiarse de parte del valor que genera el equipo. Detrás del crecimiento de la riqueza y de la desigualdad no solo está el capital, sino también los conocimientos técnicos.
Autor: Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y execonomista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es catedrático de Economía en la Universidad de Harvard, donde también dirige el Centro para el Desarrollo Internacional. Publicado en colaboración con Project Syndicate.
Imagen: la sombra de un transeúnte se refleja en un panel electrónico que muestra los precios de las acciones frente a una casa de bolsa en Tokio, el 31 de octubre de 2011. REUTERS/Issei Kato


