¿Puede el desarrollo ser más inteligente, más equitativo y estar más en sintonía con el cambiante reparto de la riqueza entre los países tradicionalmente ricos y las economías emergentes? Estoy convencido de que sí.
La forma en que los países colaboran en cuestiones de desarrollo no es solo una cuestión de ayuda oficial al desarrollo (AOD), lo que tradicionalmente llamamos «ayuda», aunque sin duda sigue formando parte de la ecuación. La AOD es un mecanismo internacional para la transferencia de flujos, ya sea de dinero o de conocimientos especializados, de un país a otro, con condiciones y objetivos específicos. Históricamente, la AOD, proporcionada principalmente por los miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se consideraba la principal fuente de financiación para el desarrollo.
Hoy, sin embargo, el número y el tipo de organizaciones que participan en la cooperación para el desarrollo se están multiplicando, al igual que las fuentes de financiación para el desarrollo. El aumento de la tributación interna permite a los países pobres financiar la salud y la educación; la creciente inversión privada impulsa el crecimiento económico y el empleo; las remesas de la diáspora de un país permiten a las familias llevar una vida mejor.
Por ello, la importancia relativa de la AOD está disminuyendo, y esto es positivo. Pero también debemos recordar que en un gran número de países pobres, así como en países inmersos en un conflicto o que acaban de salir de él, como Liberia, Sierra Leona y Burundi – la AOD sigue siendo una fuente crucial de financiación. Sin la AOD, estos países retrocederían muchos años en su lucha por el desarrollo.
Esto plantea la cuestión de si una proporción cada vez mayor de la AOD debería destinarse a los países que tienen dificultades para obtener financiación de otras fuentes. Ello contribuiría a nivelar el terreno de juego y ofrecerles una oportunidad más equitativa de desarrollo.
Pero la cooperación para el desarrollo no se limita solo al dinero. Además de las transferencias financieras, la cooperación para el desarrollo consiste también en la transferencia de conocimientos y experiencia. Esto resulta especialmente importante si consideramos que los pobres se encuentran cada vez más no solo, o incluso principalmente, en los países más pobres. La proporción de pobres en el mundo actual se concentra en países que han crecido rápidamente, pasando de la categoría de bajos ingresos a la de ingresos medios, y es probable que esta tendencia continúe. Se estima que la mitad de los pobres extremos del mundo se encuentran en India y China, una cuarta parte en otros países de ingresos medios como Nigeria, Pakistán e Indonesia, y la cuarta parte restante en países de bajos ingresos. Así pues, la cuestión es: ¿a quién corresponde garantizar que el crecimiento sea equitativo? ¿Es la pobreza un problema que debe abordarse a escala mundial, o es una responsabilidad nacional, o incluso local? Creo que la respuesta es ambas.
La cooperación para el desarrollo ofrece buenos ejemplos de cómo el intercambio de conocimientos entre países puede ayudar a combatir la pobreza. Los países que han logrado equilibrar su desarrollo y su crecimiento para volverse más equitativos tienen mucho que ofrecer a los que todavía luchan por conseguirlo. Las soluciones probadas en un país pueden ayudar a otros a fortalecer su capacidad para hacer frente a sus propios problemas de pobreza. Estas soluciones pueden ir desde una tecnología que identifica a los hogares vulnerables hasta un índice que mide el empoderamiento de las mujeres. Estos y otros ejemplos de lo que se requiere para promover un crecimiento equitativo se destacan en el informe de la OCDE Development Cooperation Report 2013: Ending Poverty. La AOD todavía puede ser necesaria para poner en marcha algunas de estas iniciativas, pero en cuantías mucho menores.
Dando un paso más, un enfoque conocido como «cooperación triangular» aprovecha el poder de la colaboración. El «donante» tradicional promueve y respalda el intercambio de la experiencia de desarrollo exitosa de un país con otro. No existe un modelo único de cooperación triangular: todo vale si sirve para aprovechar oportunidades y compartir lecciones. Un ejemplo puede ilustrar mejor este punto.
Japón y Sri Lanka mantuvieron un programa de cooperación bilateral exitoso para mejorar la calidad de la gestión hospitalaria en Sri Lanka. Al reconocer que el proceso innovador implantado por Sri Lanka podía ser útil en los hospitales de Tanzania, Japón ayudó a Sri Lanka a replicar el modelo. Tras obtener buenos resultados en sus propios hospitales, Tanzania compartió después las lecciones aprendidas con países vecinos, de nuevo con el apoyo de Japón. La clave del éxito fue que cada una de estas iniciativas fue oportunista, al identificar y aprovechar las oportunidades para promover el intercambio de conocimientos entre países con desafíos similares.
Por último, está la cuestión del reparto de la carga. ¿Debe la cooperación para el desarrollo ser únicamente una obligación de los países tradicionalmente ricos, o los países que pasan de la pobreza a la prosperidad también deberían tener la obligación de prestar cooperación para el desarrollo? En 2010, Corea, un país que solía ser un importante receptor de ayuda al desarrollo, se unió al CAD de la OCDE. En 2013, se sumaron cinco miembros más, señalando su disposición a asumir esta obligación. ¿Deberían servir de ejemplo para otros países?
Para volver a la pregunta inicial: ¿puede la cooperación para el desarrollo ser más eficaz y justa, al tiempo que responde a la evolución de las dinámicas económicas? Sí. Un uso más inteligente de la AOD, un mayor intercambio de conocimientos y un enfoque centrado en garantizar que nadie se quede atrás pueden hacerlo realidad.
Autor: Jon Lomøy es director de la Dirección de Cooperación para el Desarrollo de la OCDE.
Imagen: Un niño de pie en una carretera al amanecer en Freetown, Sierra Leona. REUTERS/Susana Vera



