La desigualdad de riqueza e ingresos tiene muchas causas, y está prácticamente fuera de toda discusión que cualquier sociedad capitalista que funcione bien tendrá cierto grado de disparidad entre las personas más ricas y las más pobres.
También está fuera de toda discusión que nos acercamos a un consenso social según el cual la desigualdad de riqueza e ingresos en Estados Unidos hoy ahora amenaza con dañar seriamente nuestro tejido social. Ese tejido está fundamentado en dos ideas fundamentales: la libertad, o la capacidad de determinar nuestro propio destino, y la igualdad. El problema es que en los últimos treinta años, a la par del aumento de la desigualdad, hemos favorecido la libertad por encima de la igualdad.
Nuestro énfasis en la libertad ha contribuido a crear lo que llamo una brecha de empatía, que a su vez ha permitido la creación de un excedente de egoísmo, que explicaré más adelante.
Similitudes superficiales
David Hume y Adam Smith entendieron bien este fenómeno. Él sostuvo que nuestra brújula moral procede de nuestra capacidad de identificarnos con los demás, es decir, de nuestra empatía. Entendemos intuitivamente que, como los demás son como nosotros, sufren dolores similares y disfrutan de placeres similares. Hasta aquí, todo bien.
El problema —la desconexión, por así decirlo— es que a veces esas similitudes son superficiales. Los trabajadores pobres pueden parecerse a quienes gozan de mayores ventajas: tienen empleos, casas, automóviles, etc. Pero lo cierto es que viven al borde de la ruina financiera. Como parecen personas aventajadas, estas últimas suponen que los trabajadores pobres son como ellas en todos los aspectos relevantes, salvo en lo que respecta al trabajo duro. La similitud superficial permite a los ricos y poderosos suponer que su éxito se debe simplemente a que trabajaron más, porque, a su juicio, está claro que los pobres podrían ser como ellos; solo son más perezosos o no desarrollaron las mismas habilidades.
La realidad es distinta. Los trabajadores pobres no son como quienes gozan de mayores ventajas, pese a las similitudes superficiales. Un componente muy significativo del éxito —uno que incluso podría ser más determinante que el trabajo duro— es la suerte. Esto es cierto incluso si quienes gozan de mayores ventajas se han esforzado por maximizar los beneficios de esa suerte. Por suerte me refiero principalmente a las circunstancias de nacimiento y a los talentos y capacidades naturales (que bien podrían incluir la inclinación a trabajar duro).
Irónicamente, nuestra capacidad de identificarnos con los demás debido a nuestras similitudes esenciales conduce a una singular falta de empatía por parte de quienes gozan de mayores ventajas. Como las personas desfavorecidas se parecen a nosotros, pese a las diferencias muy reales, concluimos que su desventaja es culpa suya. Creemos que las personas desfavorecidas tendrían éxito, igual que nosotros, si tan solo trabajaran más. En efecto, concluimos que han elegido libremente no tener éxito. Esto, en su mayor parte, es falso.
La justicia ya no es justa
El segundo problema está en nuestras leyes. Muchas de nuestras leyes parten de cierta idea de justicia, siguiendo a Aristóteles. Entendemos la justicia como cierta noción de equidad en la distribución de oportunidades. Nuestro sentido de lo justo es estructural o procedimental, y supone que todos tienen acceso a los mismos recursos o empleos y la libertad individual para buscarlos.
Pero no podemos, o no queremos, decir que la justicia suponga una forma particular de garantizar que los bienes económicos se distribuyan equitativamente o que se adhiera a algún concepto colectivo de propósito social. El debido proceso constitucional, por ejemplo, intenta equilibrar el poder del Estado con los derechos de la persona de manera formal y estructural, pero sin detallar cómo debería funcionar en la práctica. El enfoque está en el sistema, no en el resultado.
Como puede decir cualquier abogado o economista, cuando uno se centra en la estructura o el proceso, el resultado suele ser el statu quo. Así, si partimos de la desigualdad, terminamos con desigualdad. Nuestras intenciones son buenas, o eso espero. Pero por lo general no funciona, al menos si nuestro objetivo es la movilidad social. Y los aparentes éxitos, como el debido proceso en el siglo XIX, son escasos y, aun hoy, no han alcanzado plenamente sus objetivos.
El excedente de egoísmo de los ricos
Si combinamos la brecha de empatía con la justicia estructural y procedimental, obtenemos lo que llamo el excedente de egoísmo. Ese excedente es lo que reciben de más los ricos y poderosos por encima de lo que habrían recibido si los recursos de nuestra sociedad se hubieran distribuido de forma más justa y si nuestras leyes hubieran promovido más la redistribución en aras de la equidad. Como explico en detalle en otro lugar, este excedente es real y puede identificarse empíricamente.
¿Por qué toleran esta situación las personas desfavorecidas? Por el mito estadounidense de la autosuficiencia. Sean cuales sean los vaivenes de la fortuna, constatamos sistemáticamente que los estadounidenses de todos los niveles creen en alguna variante del mito de Horatio Alger —la clásica historia estadounidense de éxito que va de la pobreza a la riqueza—, pese a las sólidas pruebas empíricas que lo desmienten. Creo que hay algunas pruebas de que en los últimos años la creencia en este mito se está erosionando, un hecho que será peligroso para la sociedad si el sistema continúa tal como está ahora.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autor: Lawrence Mitchell es profesor de Derecho en Case Western Reserve University.
Imagen: Un 3 de marzo de 2011, peatones pasan junto a un hombre que pide dinero sentado con un cachorro en una acera del distrito financiero de Nueva York. REUTERS/Lucas Jackson.



