China está generando mucha confusión hoy en día, tanto dentro del país, donde altos funcionarios presentan ahora como un hecho la «nueva normalidad» de la economía, como en el extranjero, como demuestra la adopción por parte de Estados Unidos de tácticas propias de la Guerra Fría para contener el ascenso de China. En ambos frentes, las discrepancias son notables y añaden una nueva dimensión de riesgo al impacto del «factor China» en un mundo frágil.
La opinión oficial en China es que su economía ya ha llegado a la tierra prometida de la «nueva normalidad». De hecho, ese fue el tema del recién concluido Foro de Desarrollo de China (CDF, por sus siglas en inglés), una importante plataforma de debate entre altos funcionarios chinos y un amplio abanico de participantes internacionales, que se celebra inmediatamente después de la Asamblea Popular Nacional anual.
Desde la creación del CDF en 2000, el gobierno chino ha utilizado el evento para señalar sus prioridades políticas. En 2002, por ejemplo, el CDF se centró en el impacto de la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio, precursora de un espectacular auge del crecimiento impulsado por las exportaciones. En 2009, el énfasis estuvo en la agresiva estrategia de estímulo de China tras la crisis. Y el evento del año pasado abordó la aplicación de las llamadas reformas del Tercer Pleno.
Esto sugiere que la «nueva normalidad» de China será la máxima prioridad del gobierno este año. Pero sigue habiendo una considerable ambigüedad sobre qué implica exactamente esa nueva normalidad, o incluso si ya se ha alcanzado.
En su discurso inaugural en el CDF, Zhang Gaoli, uno de los siete miembros del Comité Permanente del Politburó (el máximo órgano de toma de decisiones del Partido Comunista Chino), declaró que la cúpula dirigente había emitido el «juicio estratégico de que la economía china ha entrado en la etapa de la nueva normalidad». Sin embargo, en la sesión de clausura del CDF, el primer ministro Li Keqiang sugirió, con algo menos de contundencia, que China básicamente está siguiendo la transición de la economía mundial hacia una nueva normalidad.
En resumen, el gobierno chino está confundiendo el camino con el destino final: un punto que destaqué en mis intervenciones ante el CDF, donde sostuve que China se encuentra en las primeras etapas de reequilibrar su economía hacia los servicios y el consumo. De hecho, China está lejos de haberse instalado en una nueva normalidad.
La mejor manera de medir cuánto camino le queda por recorrer a China es considerar el desarrollo de su sector de servicios, la infraestructura de la demanda de consumo en una economía. La buena noticia es que los servicios crecen ahora más rápido que cualquier otro sector y alcanzaron el 48% del PIB en 2014 (superando así, con mucha antelación, el objetivo del 47% fijado para finales de 2015). La noticia menos alentadora es que esta proporción sigue siendo muy inferior al 60-65% típico de una economía más «normal».
En vista de ello, resulta preocupante que los dirigentes chinos crean que la nueva normalidad ya está aquí. La idea de que esta transición crucial ya se ha producido corre el riesgo de generar complacencia en un momento en que China debería centrarse en el arduo, pero esencial, proceso de ajuste estructural, que llevará al menos otra década completar.
Seguir avanzando hacia un modelo de crecimiento impulsado por los servicios es importante por varias razones. Dado que los servicios en China emplean un 30% más de trabajadores por unidad de producción que la industria manufacturera y la construcción, la expansión del sector contribuirá a preservar la estabilidad social, incluso cuando el crecimiento económico se desacelere hasta el 7%. Los observadores de Occidente, centrados en gran medida en la desaceleración del crecimiento general del PIB, siguen pasando por alto este punto clave. Además, como el sector de servicios también requiere menos materias primas y menos energía, esta transición ayudará a China a afrontar sus graves problemas ambientales.
Mientras tanto, China se enfrenta a otro desafío igualmente abrumador: la creciente determinación de Estados Unidos de contener el aumento de su influencia. En el CDF de este año, se debatieron ampliamente las tensiones entre la potencia hegemónica y la potencia emergente, tanto en las sesiones formales como en los pasillos.
Tres acontecimientos fueron especialmente notables: la resistencia de Estados Unidos a los esfuerzos de China por establecer el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, una postura que ahora rechazan la mayoría de los aliados más cercanos de Estados Unidos; la iniciativa comercial emblemática del presidente Barack Obama, la Asociación Transpacífica, que excluye a China; y un nuevo intento del Senado estadounidense de aprobar legislación sobre manipulación cambiaria que apunta directamente a China. Junto con las disputas en curso sobre ciberseguridad y reivindicaciones territoriales en los mares de China Oriental y Meridional —por no mencionar las dudas sobre el «giro» geoestratégico de Estados Unidos hacia Asia—, estos asuntos han enfriado las relaciones sino-estadounidenses.
Le correspondió a Henry Kissinger, presente en los albores de las relaciones modernas entre Estados Unidos y China, poner todo en contexto. En el CDF, destacó cuán distinta es la situación actual en comparación con 1972, cuando él y el entonces presidente Richard Nixon se reunieron por primera vez con Mao Zedong y Zhou Enlai. A diferencia de las amenazas militares inmediatas de entonces, los desafíos actuales —como el cambio climático, la ciberseguridad y la salud mundial— solo pueden abordarse mediante un compromiso estratégico colaborativo.
El imperativo de cooperar es una consecuencia inevitable de la globalización. Como subrayó Kissinger, la China imperial de las dinastías no sabía nada del Imperio romano, y viceversa. Sin embargo, en el mundo actual ninguna gran potencia puede permitirse actuar en el vacío. Reciben retroalimentación instantánea unas de otras —especialmente sobre desafíos compartidos—, les guste o no.
En cierto sentido, no sorprende que Estados Unidos se irrite ante el ascenso de China. Al fin y al cabo, las potencias dominantes siempre han tenido dificultades para lidiar con las potencias emergentes. No obstante, China, marcada por 150 años de humillación percibida a manos de Occidente, no recibe esa reacción con agrado.
Al afrontar los desafíos que plantea la transición de su economía hacia una nueva normalidad, China tendrá que encontrar puntos en común con Estados Unidos. Y Estados Unidos deberá esforzarse por comprender mejor la transición de China. Ambos países tendrán que demostrar liderazgo, visión y apertura a la colaboración. Lamentablemente, en el CDF de este año hubo pocas señales de ello.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
Para mantenerse al día con Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Stephen S. Roach, expresidente de Morgan Stanley Asia y economista jefe de la firma, es investigador sénior del Jackson Institute of Global Affairs de la Universidad de Yale y profesor titular de la Escuela de Administración de Yale.
Imagen: Una bandera nacional china ondea en la sede de un banco comercial en una calle financiera cercana a la sede del Banco Popular de China, el banco central del país, en el centro de Pekín. REUTERS/Kim Kyung-Hoon


