El mundo se caracteriza cada vez más por la divergencia: en el desempeño económico, la política monetaria y, por consiguiente, los mercados financieros. La divergencia mundial ya ha contribuido a la volatilidad bursátil, a caídas sin precedentes de los rendimientos de los bonos soberanos de las economías avanzadas y a movimientos cambiarios desmesurados. Y la tendencia no está remitiendo, lo que ejerce una presión creciente sobre sistemas políticos que ya están bajo tensión.
Las economías de importancia sistémica del mundo pueden clasificarse en cuatro categorías. El primer grupo incluye países como India y Estados Unidos, donde la recuperación económica se está ampliando y permite superar los desequilibrios financieros. El segundo grupo está ejemplificado por China, que está logrando un aterrizaje suave en una senda de crecimiento que, aunque más lenta que en los últimos años, sigue siendo suficiente para sostener el avance hacia la condición de país de ingreso alto y la estabilidad financiera.
El tercer grupo incluye economías —como Brasil, varios países de la eurozona y Japón— que no crecen lo bastante rápido y afrontan riesgos a la baja. Por último, el cuarto grupo está formado por comodines económicos y financieros como Grecia y Rusia: países que podrían lograr restablecer el crecimiento y la estabilidad financiera, pero que también podrían implosionar con la misma facilidad y enviar ondas de choque por toda Europa y más allá.
Esta divergencia es tanto un fenómeno político como económico y financiero. Superarla —y garantizar un crecimiento mundial constante y financieramente estable— exigirá políticas nacionales receptivas y coordinación multilateral. Por desgracia, los entornos políticos nacionales e internacionales bastante caóticos de hoy han impedido hasta ahora ese enfoque.
No obstante, las políticas monetarias experimentales de las economías avanzadas —como las compras de activos a gran escala que inició este mes el Banco Central Europeo— han ralentizado el círculo vicioso de un desempeño económico inferior al esperado y una política confusa. Pero dista mucho de estar claro que esto vaya a continuar, sobre todo dada la salida gradual de la Reserva Federal de Estados Unidos de esas políticas, que sitúa a Estados Unidos en una senda distinta de la de la mayoría de las demás economías avanzadas.
Además, las fuerzas del mercado han asumido un papel cada vez mayor en la conciliación de las divergencias económicas mundiales, lo que ha provocado cambios drásticos en los tipos de cambio. La lista de esos movimientos cambiarios —que hasta ahora incluye la caída del euro del 25 % frente al dólar, un mínimo histórico del peso mexicano y depreciaciones desordenadas del real brasileño y de otras monedas de economías emergentes— se alarga día a día. Incluso economías saludables como Corea del Sur buscan debilitar sus monedas, lo que deja a Estados Unidos como el único dispuesto a tolerar una apreciación cambiaria significativa.
Por sí solos, los mercados de divisas no propiciarán el reequilibrio económico mundial favorable al crecimiento que se necesita. También son esenciales mejores políticas a nivel nacional, regional y mundial, y eso requiere una mejor política.
Demasiados líderes políticos de todo el mundo siguen siendo incapaces —o no están dispuestos— de cumplir sus responsabilidades de gobernanza económica. Esto es particularmente lamentable, dado que existe un amplio consenso sobre los componentes técnicos de la respuesta política necesaria: reformas estructurales para revitalizar los motores del crecimiento, esfuerzos para reequilibrar la demanda agregada y eliminación de los excesos de deuda. (La eurozona también debe trabajar para completar los pilares esenciales de su histórico proyecto de integración.) Lo que falta es la implementación.
Sin embargo, parece poco probable que los gobiernos superen pronto su disfunción. En Estados Unidos, el Congreso y el poder ejecutivo están atrapados en un estancamiento. Los sistemas políticos de Europa se ven sacudidos por el auge de los partidos populistas, muchos de los cuales están ganando apoyo con una plataforma antieuropea.
En el mundo emergente, el gobierno de Brasil se ha enfrentado a múltiples escándalos de corrupción. Y el liderazgo de Rusia sigue comprometido con sus aventuras regionales desestabilizadoras, pese a su impacto devastador en la economía del país.
En la mayoría, si no en todos estos casos, vemos ejemplos de un fenómeno más amplio: lo que podría llamarse gobernar por inercia, una mentalidad de «no se puede, no se quiere y no se debe», para parafrasear al economista Mark Blyth, que bloquea la formulación eficaz de políticas.
A medida que la inercia política prolonga el débil crecimiento y perjudica la creación de empleo, resulta aún más difícil abandonarla. Dada la dificultad que tienen los gobiernos para iniciar un cambio hacia una nueva modalidad de formulación de políticas (es decir, para transformarse a sí mismos), la presión aumentará desde fuera. En una democracia, esto suele ocurrir mediante la fragmentación de los partidos tradicionales y la aparición de partidos no tradicionales: algunos ofrecen alternativas genuinas y otros recurren al miedo y los prejuicios.
La economía mundial se encuentra en un momento crítico. La mayoría de los economistas coincide en lo que hace falta para evitar otra ronda de oportunidades de crecimiento perdidas, empleo insuficiente, inestabilidad financiera y aumento de la desigualdad.
Los bancos centrales y los mercados no pueden lograr por sí solos un reequilibrio mundial ordenado. Por difícil que sea, los políticos deben adoptar respuestas políticas integrales. Cuanto más se demoren, menos eficaces serán sus esfuerzos. Mientras la mala política bloquea las oportunidades económicas, la confianza pública en los gobiernos seguirá erosionándose, con posibles consecuencias graves para los sistemas políticos y las economías que administran en todo el mundo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Mohamed A. El-Erian, asesor económico jefe de Allianz y miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, es presidente del Consejo de Desarrollo Global del presidente Barack Obama.
Imagen: Un hombre mira un panel electrónico que muestra cotizaciones bursátiles en Tokio. REUTERS/Yuriko Nakao


