Cómo evitar la enfermedad holandesa

Cómo evitar la enfermedad holandesa
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¿Qué harías si ganaras mil millones de dólares? ¿Simplemente comprarías más hamburguesas para el almuerzo o unos pares de calcetines adicionales? Probablemente no. Pensarías en grande: quizá un barco, una mansión, un coche lujoso: bienes de lujo. O tal vez intentarías hacerte la vida más fácil con una persona encargada de las tareas domésticas, un chófer, un chef: servicios de lujo. Este cambio en la lista de compras es tan común que los economistas tienen un nombre técnico para él: preferencias «no homotéticas». Es decir, la gente compra cosas distintas cuando tiene más dinero.

Resulta que esta dinámica es pertinente para el desarrollo, como descubrimos nosotros (Bill Battaile, Richard Chisik y Harun Onder) en «Servicios, desigualdad y enfermedad holandesa», un documento de trabajo de investigación sobre políticas del Banco Mundial publicado este año. En particular, los países que reciben una rápida entrada de ingresos tras descubrir un recurso natural —por ejemplo, petróleo o diamantes— son vulnerables a este patrón, que podría perjudicar sus perspectivas generales de crecimiento económico.

Así es como funciona: pensemos en un país que vive un auge de los recursos naturales. Cuando llega el auge, la gente recibe más dinero. No se limita a comprar más de lo que ya compraba. De hecho, aumenta su demanda de bienes y servicios de lujo: aparecen mansiones en la costa, los chóferes sustituyen los viajes en autobús y los chefs privados se incorporan al servicio doméstico. Este fenómeno puede observarse en todo el mundo, desde las islas artificiales frente a la costa de Dubái hasta las lujosas casas de playa en Ilhasa, Nigeria.

Esta tendencia al gasto personal repercute en la economía en su conjunto. Cuando la población del país compra más bienes de lujo, aumentan las importaciones de lujo, lo cual no supone un gran problema. Pero los servicios son diferentes: por lo general, deben producirse localmente. En este caso, se produce un cambio estructural en la economía nacional: la mano de obra pasa a las industrias que prestan estos servicios. Por ejemplo, un hombre que trabaja en una fábrica de muebles podría darse cuenta de que cortar el césped de la mansión cercana es más lucrativo y cambiar de profesión. Pero ese desplazamiento de mano de obra también significa, a mayor escala, que el país deja de producir algunos de los bienes que solía fabricar. Como las fábricas de muebles ya no son tan rentables, el país importa muebles de otros lugares: algo que antes fabricaba lo bastante bien como para exportarlo.

Todo esto está muy bien hasta que se agota el recurso natural. Cuando eso ocurre, el país en su conjunto dispone de menos ingresos para adquirir servicios de lujo, que dejan de ser una buena fuente de empleo e ingresos. Además, el sector manufacturero, que antes era productivo —fabricaba muebles, automóviles o monitores de computadora que se comerciaban en todo el mundo—, se ha estancado por falta de inversión. Los competidores internacionales han entrado en esos sectores y han aprendido a ser más productivos; han cerrado las oportunidades para que los productores nacionales entren o vuelvan a entrar en esas industrias. Esto se conoce como efecto de la enfermedad holandesa: la contracción de un sector de bienes transables en respuesta a una gran entrada de ingresos (procedentes de un recurso natural u otras fuentes, como la ayuda exterior). La economía sufre pérdidas a largo plazo.

Pero esa no es toda la historia. Aquí también interviene otra dinámica importante: la distribución del ingreso. En nuestro documento mostramos que, si la nueva riqueza generada por el auge de un recurso natural queda concentrada en menos manos, el efecto de la enfermedad holandesa es más grave. Es decir, el estancamiento del sector manufacturero es más pronunciado.

Pero ¿por qué ocurre eso? La respuesta está en las llamadas preferencias «no homotéticas». Comparemos dos casos: en el primero, el descubrimiento de petróleo crea 10 multimillonarios. En el segundo, crea 10 000 millonarios. Naturalmente, cada multimillonario muestra un cambio más drástico hacia las compras de lujo. Si cada uno tiene un millón de dólares para cubrir sus necesidades básicas, le quedan 999 millones para gastar en islas, mansiones, barcos y personal doméstico. Así, la demanda general del país de bienes y servicios de lujo aumenta más en ese caso que en el de los 10 000 millonarios. Esta demanda, a su vez, desvía más mano de obra de los sectores transables (a menudo, manufactureros).

Con nuestro modelo obtuvimos otro resultado interesante: suele creerse que una de las causas del efecto de la enfermedad holandesa es el aumento de los salarios reales. Pues bien, no necesariamente es así. De hecho, en cierta medida paradójicamente, un país podría ver estancarse sus sectores transables incluso si sus salarios disminuyen en comparación con los de sus socios comerciales. Esto se debe principalmente a que esos sectores también pierden productividad con el tiempo cuando la mano de obra se desplaza a sectores con mayor prioridad a corto plazo, por ejemplo, los servicios de lujo. (Por supuesto, todo este razonamiento está respaldado por matemáticas y ecuaciones; quienes tengan interés pueden leer más sobre la metodología en nuestro documento.)

Entonces, ¿cuál es la lección y qué se puede hacer? Nuestros resultados sugieren que la enfermedad holandesa puede surgir simplemente de los patrones de gasto —el giro hacia los bienes y servicios de lujo— que acompañan a la nueva riqueza. También observamos que la distribución del ingreso importa y que, cuanto más concentrada está la riqueza, mayores son los efectos perjudiciales. Todo esto concuerda con investigaciones recientes que encuentran una correlación entre la mala gobernanza y los efectos negativos de los descubrimientos de recursos naturales.

Sin duda, la pregunta de qué se puede hacer es compleja. Es difícil especificar políticas concretas a gran escala. Pero nuestra investigación parece respaldar algunas ideas recientes. Marcelo Giugale y Shanta Deverajan, por ejemplo, abogan por pagos universales y directos a la población de los países africanos ricos en recursos. Aunque no analizamos formalmente esta opción en el documento, nuestros resultados principales demuestran que una distribución más equitativa de las rentas de los recursos naturales podría mitigar las dinámicas negativas de la enfermedad holandesa. Otro elemento que conviene considerar es la política tributaria: en particular, un impuesto al consumo sobre los servicios de lujo no transables sería una política mucho mejor que una que afecte directamente al comercio, como un gravamen sobre los bienes manufacturados importados.

Nuestro modelo aborda claramente algunas cuestiones delicadas. Pero lo que está en juego es mucho. Los pobres de muchos de los países más vulnerables del mundo soportan una doble carga: no pueden beneficiarse de los recursos naturales de su país y pagan el precio más alto —la pérdida de empleos y de poder adquisitivo— cuando la economía de su país pierde la capacidad de su sector manufacturero u otros productores de bienes y servicios transables. ¿Cómo podemos cambiar esta situación de estancamiento en países ricos en recursos? Para muchos economistas, esta es una pregunta de mil millones de dólares. Basta pensar en lo que podrías hacer con todo ese dinero.

Esta publicación apareció primero en el blog del Banco Mundial

Autor: Harun Onder es economista en la Práctica Global de Macroeconomía y Gestión Fiscal del Grupo Banco Mundial. Julia Oliver es responsable de comunicaciones en línea para las Prácticas Globales de Comercio y Competitividad y de Macroeconomía y Gestión Fiscal del Banco Mundial.

Imagen: Una vista aérea muestra charcas de agua de colores minerales acumuladas en salinas excavadas por recolectores de sal en la costa senegalesa, cerca de la frontera con Gambia, el 12 de junio de 2006. REUTERS/Finbarr O’Reilly

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