Cómo afectó la recesión a la familia estadounidense

Cómo afectó la recesión a la familia estadounidense
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Los observadores pueden apresurarse a calificar las tendencias sociales de «buenas» o «malas» para las familias, pero rara vez están justificadas esas conclusiones. Lo que es bueno para una familia —o un grupo de familias— puede ser malo para otra. Y, dentro de las familias, los intereses no siempre coinciden. El divorcio es «malo» para una familia en el sentido de que la desintegra, pero puede ser beneficioso, o incluso esencial, para uno o ambos miembros de la pareja o para sus hijos.

Esta ambigüedad dificulta evaluar qué impacto tuvieron en las familias la reciente recesión y sus consecuencias. Pero, al menos para los investigadores, ofrece mucha seguridad laboral: tantas preguntas y tantas cosas en marcha. En cualquier caso, esto es lo que sabemos hasta ahora.

El efecto de la Gran Recesión en las tendencias familiares de Estados Unidos ha sido drástico en lo que respecta a las tasas de natalidad y divorcio, y ha apuntado con fuerza a un aumento de la violencia familiar, pero ha sido menos claro en cuanto al matrimonio y la cohabitación.

Las tasas de matrimonio disminuyeron y las de cohabitación aumentaron, pero estas tendencias ya estaban en marcha y la recesión no las alteró mucho. Cuando las tendencias no cambian de rumbo, es difícil identificar el efecto de una conmoción tan amplia. Sin embargo, tanto en las tasas de natalidad como en las de divorcio surgieron patrones claros.

Tasas de natalidad: un descenso pronunciado

El impacto más drástico se produjo en las tasas de natalidad, que cayeron precipitadamente, sobre todo entre las mujeres jóvenes, como resultado de la crisis económica. ¿Cómo lo sabemos? En primer lugar, el momento en que cayó la fecundidad resulta muy revelador. Tras aumentar de forma constante desde comienzos de 2002 hasta finales de 2007, las tasas de natalidad descendieron bruscamente. (Desde 2010, el descenso se ha ralentizado en algunos grupos, pero Estados Unidos siguió registrando tasas de natalidad históricamente bajas entre las adolescentes y las mujeres de 20 a 24 años todavía en 2012.)

En segundo lugar, el descenso de la fecundidad fue más pronunciado en los estados donde el desempleo aumentó más. Aunque no disponemos de datos para determinar qué parejas tuvieron o no tuvieron un hijo en respuesta a los cambios económicos, este patrón respalda la idea de que las preocupaciones financieras convencieron a algunas personas de no tener hijos.

Esta interpretación se ve respaldada por la tercera tendencia: la caída de la fecundidad fue más pronunciada entre las mujeres más jóvenes y no hubo descenso alguno entre las mujeres mayores de 40 años. Esto podría significar que la caída de la fecundidad refleja nacimientos aplazados por familias que tienen la intención de tener hijos más adelante —una opción que quizá no tengan las mujeres de más edad—, lo que concuerda con investigaciones anteriores sobre las conmociones económicas.

Parece probable que las personas indecisas sobre tener un bebé puedan dejarse influir por las dificultades financieras percibidas o la incertidumbre. A partir de investigaciones sobre 27 países europeos, sabemos que es más probable que las personas con dificultades económicas familiares digan que no están seguras de si alcanzarán sus objetivos declarados de tener hijos; es decir, la incertidumbre económica no cambia sus metas familiares, pero puede aumentar la incertidumbre sobre si las alcanzarán.

Sin embargo, algunos nacimientos aplazados inevitablemente se convierten en nacimientos que nunca llegan a producirse. Según el efecto del desempleo en las tasas de natalidad en períodos anteriores, parece que un número considerable de mujeres jóvenes que aplazaron la maternidad acabarán no teniendo hijos. Según una estimación, se proyecta que las mujeres que tenían poco más de 20 años durante la Gran Recesión tendrán unos 400.000 nacimientos menos a lo largo de su vida y que un 1,5 % adicional de ellas nunca tendrá hijos.

Tasas de divorcio: una reacción contraria a la intuición

En el caso del divorcio, el patrón es contrario a la intuición. Aunque las dificultades y la inseguridad económicas añaden tensión a las relaciones y aumentan el riesgo de divorcio, la tasa general de divorcios suele disminuir cuando aumentan las tasas de desempleo.

Los investigadores creen que, al igual que con los nacimientos, las personas aplazan los divorcios durante las crisis económicas debido a sus costos: no solo los honorarios legales, sino también los cambios de vivienda (que fueron especialmente difíciles durante la Gran Recesión) y las interrupciones laborales.

Mi propia investigación reveló que en 2009 se produjo una fuerte caída en la tasa de divorcios que puede atribuirse razonablemente a la recesión. Pero, como sospechamos que ocurrirá con los nacimientos, parece que en los años siguientes hubo un repunte de la tasa de divorcios.

Violencia doméstica: un repunte junto con el desempleo

La violencia familiar se ha vuelto mucho menos común desde la década de 1990. Las razones no están del todo claras, pero sin duda incluyen el descenso general de los delitos violentos, una mejor respuesta de los servicios sociales y las organizaciones no gubernamentales, y mejoras en la situación económica relativa de las mujeres. Sin embargo, cuando golpeó la recesión, se produjo un repunte de la violencia en la pareja, coincidente con el fuerte aumento de las tasas de desempleo masculino (muestro las tendencias aquí).

Violencia de pareja y cambios en la tasa de desempleo masculino, 1999-2013. Philip N. Cohen

Como ocurre con las demás tendencias, es difícil argumentar basándose únicamente en el momento en que ocurrieron, pero las pruebas son bastante sólidas de que la conmoción económica aumentó el estrés y la violencia familiares. Por ejemplo, un estudio mostró que era más probable que las madres declararan haber dado nalgadas a sus hijos durante los meses en que cayó la confianza de los consumidores. Otro estudio halló un aumento de los casos de traumatismo craneal por maltrato durante la recesión en varias regiones. También ha habido numerosos testimonios anecdóticos y relatos periodísticos sobre aumentos de la violencia familiar, que surgieron ya en 2009. ¿Son resultados directos del estrés económico o una mera correlación? Es difícil afirmarlo con certeza.

Es probable que el impacto definitivo de estas tendencias en las familias estadounidenses tarde años en hacerse evidente. La recesión quizá afectó el patrón de matrimonios de maneras que todavía no comprendemos —cómo se eligieron las parejas, quiénes se casaron y quiénes no— y quizá dé lugar a un grupo cuantificable de matrimonios marcados por efectos futuros aún imprevisibles. Al igual que las trayectorias profesionales de los jóvenes adultos que ingresaron al mercado laboral durante el período de alto desempleo, y que se verán alteradas para siempre de forma desfavorable, no es posible predecir cómo cargarán estas familias con las cicatrices. El tiempo lo dirá.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Philip Cohen es profesor de Sociología en la Universidad de Maryland

Imagen: Monica Cabbler posa para una amiga con una cámara frente a la bandera estadounidense. REUTERS/Larry Downing

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