¿Cómo debemos ayudar a los países afectados por el aumento de los tipos de interés?

¿Cómo debemos ayudar a los países afectados por el aumento de los tipos de interés?
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Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

SAO PAULO – Este mes, los líderes del G-20 se reunirán en Antalya, Turquía, para su décima cumbre desde la crisis financiera mundial de 2007. Sin embargo, a pesar de todas estas reuniones —eventos de alto perfil con la participación de los principales responsables de la toma de decisiones de las economías más influyentes del mundo—, no se ha logrado ningún avance real en la reforma de la arquitectura financiera internacional. De hecho, el grupo no se ha ocupado seriamente de este tema desde la cumbre de 2010 en Seúl. En pocas palabras, el G-20 está fracasando en su propósito principal y original de potenciar la estabilidad financiera y monetaria mundial.

Una gran parte del problema es que la agenda del G-20 se ha ido congestionando cada vez más a lo largo de los años. En un momento de inminentes turbulencias financieras, el G-20 debe dejar de intentar abordar simultáneamente una amplia gama de cuestiones —un objetivo que ha demostrado ser imposible— y volver a lo básico.

La Reserva Federal de Estados Unidos se prepara ahora para subir los tipos de interés, que ha mantenido cerca de cero desde la crisis. Si bien el endurecimiento de la política monetaria puede ser necesario, corre el riesgo de desencadenar una grave crisis de liquidez en los países en desarrollo, con un gran impacto en el crecimiento y el desarrollo económicos. Por ello, en la cumbre del G-20 de este mes, los participantes deben centrarse en proporcionar un respaldo institucional creíble para los difíciles tiempos que se avecinan.

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Fuente: VoxEU

En concreto, el G-20 debería avanzar hacia el fortalecimiento del Fondo Monetario Internacional, tanto presionándolo para que haga más con sus facultades actuales como impulsando una reforma institucional. Raghuram Rajan, gobernador del banco central de India, subrayó esto en las recientes reuniones anuales del FMI y del Banco Mundial en Lima, Perú, cuando pidió al Fondo que construya una red global de seguridad sostenible que ayude a los países ante futuras crisis de liquidez.

El arreglo institucional necesario ya existe: el departamento de Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI. Dentro de este departamento, las entidades oficiales pueden intercambiar DEG —el activo de reserva internacional del propio FMI— por otras monedas. Además, el FMI puede designar a un país con una sólida posición de balanza de pagos para que proporcione la liquidez que necesita otro miembro. Mediante este denominado «mecanismo de designación» —que nunca se ha utilizado—, el FMI puede garantizar un acceso seguro a las monedas globales en tiempos de crisis.

Por supuesto, si el departamento de DEG del FMI ha de convertirse en un centro mundial de liquidez capaz de mitigar futuras crisis, la reforma es vital. Idealmente, las grandes potencias apoyarían los esfuerzos por fortalecer el FMI. Pero hasta ahora Estados Unidos no ha estado dispuesto a hacerlo, ya que la política partidista interna lleva al Congreso a bloquear las reformas pertinentes.

Si bien el G-20 no debería renunciar a las reformas para fortalecer el FMI, sí debería cubrirse las espaldas. En concreto, debería trabajar con una «coalición de los dispuestos» —que incluya a las principales economías emergentes, a países avanzados preocupados y a otros países en desarrollo— para crear un mecanismo institucional con el que responder eficazmente a la próxima crisis mundial de liquidez.

Una opción evidente sería replicar el diseño institucional del departamento de DEG incorporándolo a un acuerdo entre los países de la coalición. El Banco de Pagos Internacionales, que fue la contraparte en los swaps de divisas en el marco del sistema de paridades fijas de Bretton Woods en la década de 1960, podría ser el gestor de este sistema.

Este enfoque tiene, sin duda, importantes deficiencias. De hecho, la ventaja clave del departamento de DEG del FMI —que es un sistema casi universal e impulsado por los gobiernos, mediante el cual las monedas se intercambian con un «colateral» fiable (el DEG)— se perdería.

Pero no se debe permitir que lo perfecto sea enemigo de lo bueno. Mientras un sistema ideal esté fuera de alcance, habrá que conformarse con una opción imperfecta. Con el riesgo de una crisis de liquidez en aumento, y con una arquitectura financiera internacional existente mal preparada para responder a dicha crisis, no hacer nada no es una opción.

En los últimos años, el sistema financiero internacional se ha fragmentado cada vez más, lo que se ejemplifica en la proliferación de acuerdos bilaterales y multilaterales de swap de divisas. Por ejemplo, la Chiang Mai Initiative Multilateralization involucra a los países de la ASEAN, además de China, Japón y Corea del Sur. Y el Contingent Reserve Arrangement (CRA) fue creado por los países BRICS (Brasil, China, India, Rusia y Sudáfrica).

Los contratos de swap implican recursos comprometidos de antemano, que no se transfieren a una organización internacional con una misión institucional específica. En cambio, las reservas de divisas —es decir, la liquidez en monedas aceptadas para pagos internacionales— se mantienen en agencias nacionales hasta la activación del swap.

Esto significa que no hay garantía de que, en caso de crisis, un banco central vaya a proporcionar efectivamente la línea de swap que ha comprometido, al menos no sin imponer condiciones políticas. En el CRA, por ejemplo, los miembros pueden optar por no prestar apoyo y pueden solicitar el reembolso anticipado si surge una necesidad de balanza de pagos.

Está claro que la red de acuerdos de swap de divisas, en constante expansión en todo el mundo, está lejos de ser un mecanismo fiable para responder a las crisis. Esto resulta especialmente problemático para las economías emergentes, que en este momento son especialmente vulnerables.

Turquía, que actualmente ostenta la presidencia del G-20, y China, que asumirá la presidencia el próximo año, deberían tener motivos de sobra para exigir medidas que creen salvaguardas frente a los riesgos actuales de liquidez. Además de instar a Estados Unidos a aprobar las reformas de gobernanza del FMI, ambos países deberían trabajar intensamente en la construcción de una coalición de los dispuestos y en el diseño de un mecanismo eficaz de respuesta a crisis.

Hasta ahora, Turquía parece quedarse corta, al promover una agenda sobrecargada e ineficaz. Se espera que sus líderes recapaciten con rapidez, para que la próxima cumbre pueda producir los resultados que las cumbres anteriores no lograron ofrecer y que el mundo necesita más que nunca.

La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.

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Autora: Camila Villard Duran, profesora de Derecho en la Universidad de São Paulo, es Oxford-Princeton Global Leaders Fellow en el Global Economic Governance Program, Universidad de Oxford.

Imagen: Trabajadores en silueta caminan frente a las torres de oficinas del distrito financiero de Canary Wharf en Londres, en febrero de 2011. REUTERS/Luke MacGregor.

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