¿Cómo debería gestionar la UE su relación con China?

¿Cómo debería gestionar la UE su relación con China?
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La falta de coordinación de la UE ante el anuncio de solicitudes para ingresar en el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), liderado por China, en marzo volvió a poner de relieve la dificultad de larga data que tiene la UE para encontrar una sola voz con la que tratar con China. Un frente unido es menos importante de lo que suele pensarse, pero una mayor consulta y comunicación debería ser prioritaria para evitar que los intereses estratégicos europeos se sacrifiquen en favor de beneficios nacionales a corto plazo.

Como ideal, una política unificada hacia China tiene sentido y, como han señalado los analistas, daría más influencia a la UE. Pero, dadas las dinámicas internas actuales de la UE, sencillamente no es realista, y los responsables políticos europeos deberían partir de reconocerlo. De lo contrario, Europa solo operará en dos modalidades cuando se trate de China: unidad cuando sea posible y, por defecto, competencia bilateral entre los Estados miembros. Este último escenario podría volverse cada vez más común. Los intereses de Europa —y los intereses a más largo plazo de los Estados miembros— podrían beneficiarse más de la elaboración de mecanismos alternativos que se sitúen entre ambas opciones.

Aunque China claramente está dando prioridad a sus relaciones con Estados Unidos y sus vecinos asiáticos, la frecuencia de las recientes interacciones de alto nivel sugiere que Europa quizá vuelva a ser más importante para Pekín de lo que habría sugerido el declive de la autoridad europea inmediatamente después de la crisis de 2008. Este interés quedó simbolizado por la visita del año pasado de Xi Jinping a las instituciones de la UE, la primera de un presidente chino.

Con esto en mente, algunos dicen que a Pekín le preocupa la falta de una voz unificada de la UE y que preferiría tener un único interlocutor; otros sostienen que China juega cínicamente a dividir y gobernar entre los Estados miembros y las instituciones de la UE. Ninguna de estas interpretaciones es acertada. Los anuncios de marzo del Reino Unido y otros Estados europeos sobre sus solicitudes para convertirse en miembros fundadores del AIIB reflejaron una falta de coordinación de la UE, no un intento de China de dividirla. Y, aunque hay indicios de esfuerzos chinos por fomentar la unidad europea en al menos algunas cuestiones, Pekín parece tan capaz como cualquiera de manejar la complejidad de los procesos de toma de decisiones de la UE.

Un enfoque flexible ante cuestiones clave

De cara al futuro, la UE y sus Estados miembros necesitarán flexibilidad y capacidad de adaptación para responder a las innovaciones constantes de la política exterior china y a la cambiante distribución del poder. Aunque no sea posible desarrollar posiciones políticas comunes, una mayor comunicación y coordinación que la observada en torno al AIIB ayudaría, al menos, a formular posiciones que vayan más allá de la competencia por defecto entre los Estados miembros. Este enfoque debería aplicarse a tres cuestiones actuales.

En primer lugar, está la iniciativa emblemática de política exterior de Xi: las redes terrestres y marítimas de logística y comunicación, inspiradas en la Ruta de la Seda y denominadas «una franja, una ruta», que conectan Asia, Europa y África. Europa —en el extremo occidental de Eurasia— ocupa claramente un lugar en ellas. La geografía de esta visión la hace especialmente pertinente para Europa central (las rutas terrestres, o «franja») y el Mediterráneo (las rutas marítimas —confusamente, la «ruta»). Dada la importancia de esta visión en la política exterior actual de China, las respuestas de los Estados miembros deberían complementarse con un debate y una consulta proactivos a escala europea.

La segunda cuestión es la cambiante agenda comercial y de inversión. Para Europa, las cuestiones son cómo responder al deseo de China de utilizar el comercio para contribuir a su reforma interna y a la modernización de su economía, así como al crecimiento continuado que se prevé de la inversión china en Europa. Es cada vez más probable que ese crecimiento provenga de empresas privadas y medianas, en lugar de gigantes estatales. La prioridad inmediata de la UE es avanzar hacia el mejor acuerdo posible en la negociación del tratado bilateral de inversión entre la UE y China, sin perder de vista que la promoción de inversiones se lleva a cabo a escala nacional.

En tercer lugar, la respuesta europea al AIIB fue un ejemplo de una situación en la que los intereses de los Estados miembros de la UE estaban, de hecho, ampliamente alineados, pero divergían de la postura de Washington. A medida que el ascenso de China crea más oportunidades que amenazas para Europa, las tensiones estratégicas con Estados Unidos podrían ser más habituales, y es necesario debatir más sus implicaciones dentro de la UE, así como en el diálogo con Estados Unidos.

Las dinámicas varían entre estas cuestiones, pero en todas será difícil que la UE determine posiciones comunes integrales. Sin embargo, de cara a la cumbre UE-China de finales de junio y tras la primera visita a Pekín, a principios de mayo, de Federica Mogherini, la nueva jefa de la política exterior de la UE, es más importante que nunca que los funcionarios de la UE definan cómo desarrollar una política hacia China más ágil y centrada.

Este artículo se publica en colaboración con Chatham House. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Tim Summers es Senior Consulting Fellow del Programa de Asia (con sede en Hong Kong).

Imagen: Peatones caminan bajo faroles rojos instalados recientemente como decoración para el Año Nuevo chino, en el distrito financiero de Pudong, Shanghái, el 24 de enero de 2014. REUTERS/Aly Song.

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