Es tan evidente como bien sabido que el mundo es desigual en cuanto a los ingresos de las personas (p. ej., Mohammed 2015). Pero lo es de una manera muy particular: al dividir la desigualdad en «desigualdad dentro de los países» y «desigualdad entre países», esta última representa, con mucho, la mayor brecha.
La desigualdad dentro de los países mide, por ejemplo, las brechas entre estadounidenses pobres y ricos, o entre chinos pobres y ricos. Para simplificar, llamémosla desigualdad de «clase». Pero también existe otra desigualdad igualmente evidente: la que hay entre naciones ricas y pobres. Más concretamente, esta desigualdad se mide como la brecha entre las personas «representativas» o «promedio» de dos países cualesquiera, ya sean Marruecos y España o México y EE. UU. Para simplificar, llamémosla desigualdad «de ubicación».
La desigualdad, tal como se entiende comúnmente en el mundo actual, es tal que, cualquiera que sea la medida que elijamos, la mayor parte de la desigualdad mundial se «explica» por las diferencias entre los ingresos medios de los países.
No siempre fue así. Aunque nuestros datos sobre el pasado son mucho más provisionales que los datos actuales sobre la distribución mundial de los ingresos, podemos afirmar sin apenas dudas que el tipo de desigualdad predominante en el siglo XIX era la que existía dentro de los países (véase Milanovic 2011).
Primas y penalizaciones de ciudadanía
Si las diferencias de ingresos entre países son grandes, tus ingresos dependerán significativamente del lugar donde vivas, o incluso del lugar donde hayas nacido (el 97 % de la población mundial permanece en los países donde nació). A esto lo llamo «prima de ciudadanía» (o «penalización de ciudadanía»): una «renta» que recibe una persona por haber nacido en un país rico o, si usamos la terminología introducida por John Roemer, una «circunstancia exógena» independiente del esfuerzo y la suerte episódica de cada individuo (Roemer 2000).
¿Qué magnitud tiene la renta de ciudadanía, cómo varía según la posición de cada persona en la distribución de ingresos y qué implica para la igualdad mundial de oportunidades y la migración?
Estimación de la renta de ciudadanía
Estimo la renta de ciudadanía utilizando datos recopilados mediante encuestas de hogares realizadas en 118 países alrededor del año 2008 (Milanovic 2015). Para cada país, dispongo de datos a nivel microeconómico (de hogares), ordenados en 100 percentiles, con las personas clasificadas según el ingreso per cápita de su hogar. Esto da 11.800 pares de país-percentil con ingresos per cápita «representativos», expresados en dólares de paridad de poder adquisitivo, lo que permite comparar los ingresos entre países.
«Explico» estos ingresos usando una sola variable: el país donde viven las personas. Por supuesto, quienes viven en EE. UU. tenderán a tener ingresos más altos en cualquier percentil de la distribución que quienes viven en países pobres, por ejemplo en África. Pero ¿qué aspecto tendrá esto en el conjunto del mundo? En una regresión de mínimos cuadrados con variables ficticias, uso el Congo (el país más pobre del mundo) como «país omitido», para poder expresar la prima de ciudadanía de cada uno de los demás países como la ganancia de ingresos en comparación con el Congo. La prima de EE. UU. es del 355 %, la de Suecia del 329 % y la de Brasil del 164 %. Pero la de Yemen, otro país muy pobre, es del 32 %.
Según esta regresión, podemos explicar más de dos tercios de la variabilidad de los ingresos entre países y percentiles con una sola variable: el país donde viven las personas. Esta estimación muestra que, tal como pensábamos, gran parte de nuestros ingresos depende del lugar donde vivimos.
La renta de ciudadanía a lo largo de la distribución
Pero esta es solo una prima promedio que compara países. ¿Varía la renta de ciudadanía a lo largo de toda la distribución de ingresos? Si tuviera en cuenta únicamente a las personas que se encuentran en la parte más baja de la distribución de ingresos de cada país, ¿seguiría siendo la prima la misma?
La intuición puede ayudar. Supongamos que me centro únicamente en los ingresos del decil más bajo (y que los países ricos son más igualitarios que los pobres). En ese caso, la brecha entre países ricos y pobres debería ser mayor para las personas muy pobres que para la persona promedio. Y eso es precisamente lo que encontramos: la prima de ciudadanía de Suecia en comparación con el Congo es ahora del 367 %, frente al 329 % promedio. Pero la de Brasil es del 133 %, frente al 164 %. En la parte alta ocurre exactamente lo contrario: la posición ventajosa de Suecia en el percentil 90 de la distribución de ingresos es «solo» del 286 %, mientras que la de Brasil asciende al 188 %.
Implicaciones para la migración
La existencia de la prima de ciudadanía tiene implicaciones evidentes para la migración: las personas de países pobres tendrán la oportunidad de duplicar o triplicar sus ingresos reales al trasladarse a un país rico.
Pero el hecho de que la prima varíe en función de la posición de cada persona en la distribución de ingresos tiene implicaciones adicionales. Si considero trasladarme a uno de dos países con el mismo ingreso promedio, mi decisión sobre adónde emigrar —basada únicamente en criterios económicos— también dependerá de mis expectativas sobre el lugar que podría ocupar en la distribución de ingresos del país receptor. Por tanto, mi decisión estará influida por el grado de desigualdad de la distribución de ingresos del país receptor.
Supongamos que Suecia y EE. UU. tienen el mismo ingreso medio. Si espero acabar en la parte baja de la distribución del país receptor, debería emigrar a Suecia. Las personas pobres de Suecia están mejor situadas con respecto al promedio, y la prima de ciudadanía evaluada en los tramos inferiores de la distribución es mayor. Si espero acabar en la parte alta de la distribución del país receptor, se desprende la conclusión opuesta: debería emigrar a EE. UU.
Este último resultado tiene implicaciones desagradables para los países ricos con mayor igualdad «interna». Los países ricos más igualitarios tenderán a atraer a migrantes con menos cualificaciones, quienes por lo general esperan situarse en la parte baja de la distribución del país receptor. Desarrollar un estado de bienestar nacional tendría el efecto perverso de atraer a migrantes que pueden contribuir menos.
Incluso en este esbozo aproximado, también debemos tener en cuenta los niveles de movilidad social de los países receptores, porque, en igualdad de condiciones, los países más desiguales con una movilidad social sólida tenderán a resultar más atractivos para los migrantes más cualificados.
Igualdad mundial de oportunidades
La mera existencia de una prima de ciudadanía elevada implica que no existe tal cosa como la igualdad mundial de oportunidades, porque gran parte de nuestros ingresos depende del azar del nacimiento.
Entonces, ¿deberíamos aspirar a la igualdad mundial de oportunidades o no? Es una cuestión de filosofía política sobre la que los filósofos han reflexionado mucho más que los economistas. Algunos, siguiendo a John Rawls en The Law of Peoples, creen que esta cuestión no existe y que cualquier argumento a favor de la igualdad mundial de oportunidades entraría en conflicto con el derecho a la autodeterminación nacional. Pero otros filósofos políticos, como Thomas Pogge, creen que, en un mundo interdependiente, no se debe aceptar a la ligera el papel dominante del azar en la vida de las personas (Pogge 2008). Aún no propongo una solución a esta cuestión, pero creo que los economistas no deberían rehuir abordarla.1
A medida que se reducen las brechas entre las naciones, sobre todo gracias a las altas tasas de crecimiento de los países asiáticos, la renta de ciudadanía tenderá a disminuir. Pero la brecha actual es tan enorme que ni siquiera un siglo de crecimiento mucho mayor en los países pobres (en comparación con los países ricos) eliminará la renta de ciudadanía.
Sin embargo, sí la reducirá. Y, al hacerlo, también reducirá la desigualdad mundial general. Esto podría llevarnos entonces a un mundo no muy distinto del de mediados del siglo XIX, en el que la clase volvería a ser más importante que la ubicación para determinar la posición de una persona en la distribución mundial de ingresos.
¿Oigo a lo lejos el sonido de Marx?
Referencias
Milanovic, B (2011), The haves and the have-nots: a short and idiosyncratic history of global inequality, Nueva York: Basic Books.
Milanovic, B (2015), «Global Inequality of Opportunity: How Much of Our Income Is Determined By Where We Live?», The Review of Economics and Statistics 97(2): 452-460.
Mohammed, A (2015), «Deepening income inequality», informe del Foro Económico Mundial.
Pogge, T (2008), World Poverty and Human Rights, Polity Press.
Rawls, J (2001), The Law of Peoples, Cambridge, MA: Harvard University Press.
Roemer, J (2000), Equality of Opportunity, Cambridge, MA: Harvard University Press.
Shachar, A (2009), The Birthright Lottery, Cambridge, MA: Harvard University Press.
Nota al pie
1 Juristas como Ayalet Shachar han escrito sobre cómo abordar la desigualdad mundial desde una perspectiva jurídica y han propuesto una definición de ciudadanía mucho más flexible y abierta (véase Shachar 2009).
Este artículo se publica en colaboración con Vox EU. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Branko Milanovic es profesor visitante con cátedra presidencial en el Graduate Center de la Universidad de Nueva York y académico sénior en el Luxembourg Income Center.
Imagen: Una joven iraquí extiende su dinero mientras hace cola para conseguir el pan de primera hora de la mañana en la fábrica de pan de Bagdad. REUTERS/Kieran Doherty.



