La corrección del sistema financiero tras su colapso en 2008 exigió acciones rápidas, drásticas y no convencionales, respaldadas por una coordinación internacional sin precedentes. Al frente de este enorme esfuerzo se encontraban algunas de las instituciones más conservadoras del mundo: bancos centrales, reguladores financieros y ministerios de Hacienda. Aunque aplaude una respuesta tan excepcional, John Lipsky, exdirector gerente adjunto primero del FMI, ha señalado que la agenda de reforma de los mercados financieros es un «asunto inacabado» incluso según medidas convencionales, y que apenas hemos empezado si se tienen en cuenta los cambios necesarios para asegurar una financiación adecuada que permita la transición necesaria hacia el desarrollo sostenible.
Hace dos años, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente decidió determinar qué sería necesario para alinear de manera efectiva el sistema financiero —sin reservas— con el desarrollo sostenible. Encargó una investigación, guiada por un Consejo Asesor extraordinario que incluía a Rick Samans, del Foro Económico Mundial; Atiur Rahman, gobernador del banco central de Bangladés; Naina Kidwe, presidenta de HSBC India; Murilo Portugal, presidente de la Asociación Brasileña de Banqueros y, sí, John Lipsky, por citar solo algunos.
El momento parecía perfecto: lo peor de la crisis financiera ya había pasado, por lo que había más margen para mirar hacia el futuro. Además, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y las negociaciones sobre el clima proporcionaban un contexto internacional crítico para la acción, con pruebas claras de una enorme brecha de financiación, estimada en 2,5 billones de dólares anuales solo para los países en desarrollo. Sobre todo, había quedado claro que se necesitaban ideas y acciones nuevas; como destacó el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, en su reciente discurso sobre el clima, cuando recordó a su audiencia que la financiación de la transición nunca podría ser una actividad de nicho, y que, por ello, debía ir más allá incluso de las finanzas públicas más inteligentes y muy apalancadas para lograr un cambio masivo en la asignación de recursos.
El 8 de octubre, en las Reuniones Anuales del FMI y el Banco Mundial en Lima, la Investigación presentó su informe global. Basado en 15 estudios nacionales y un total de 60 trabajos encargados, cientos de eventos y miles de conversaciones, el informe expondrá sus conclusiones principales. Las noticias son buenas, quizá de forma inesperada. La Investigación ha descubierto una «revolución silenciosa», no tan visible como el rescate de la crisis financiera mundial, pero potencialmente más importante. Un número creciente de banqueros centrales y otros guardianes de los mercados financieros y de capitales mundiales han empezado a incorporar consideraciones sociales y ambientales en el diseño y la práctica de la toma de decisiones financieras. Algunos de estos impulsores son los mismos que lideraron la respuesta a la crisis financiera. El Banco de Inglaterra es un caso ilustrativo con su enfoque en el impacto del clima en la estabilidad financiera, y el Banco Popular de China, cuya flexibilización cuantitativa ha mantenido a China como motor del crecimiento mundial en tiempos turbulentos, es otro caso ejemplar en su liderazgo del Grupo de Trabajo sobre Finanzas Verdes de China y en los pasos posteriores ya dados para aplicar sus conclusiones.
Muchos otros, sin embargo, desempeñaron un papel modesto en la gestión de la crisis a corto plazo, pero están activos en la atención a desequilibrios quizá más fundamentales. El banco central de Kenia, en colaboración con la Asociación de Banqueros de Kenia, ha adoptado medidas para impulsar la inclusión financiera; el banco central de Brasil, también con el fuerte apoyo de la asociación de banqueros del país, ha promovido normativas para garantizar una gestión del riesgo más eficaz. La Bolsa de Johannesburgo ha liderado el camino, junto con la BOVESPA de Brasil, al exigir que el desarrollo sostenible se integre en los requisitos de cotización, justo cuando China está a punto de emitir las primeras directrices de bonos verdes respaldados por el gobierno.
La respuesta a la crisis financiera demuestra que la comunidad internacional puede actuar de forma decidida y a gran escala para garantizar que el sistema financiero pueda formar parte de la solución, y no del problema. Esa ambición vuelve a ser necesaria para asegurar que el núcleo de la economía mundial, el sistema financiero, pueda evolucionar para cumplir su propósito fundamental de financiar la economía real. El informe del PNUMA abre un nuevo capítulo al exponer cómo puede lograrse en la práctica esa evolución.
Autor: Simon Zadek es codirector de la Inquiry into Design Options for a Sustainable Financial System del PNUMA. Puede seguirlo en Twitter en @SimonZadek. El informe global de la Inquiry, junto con numerosos documentos de trabajo subyacentes, podrá descargarse a través de este enlace tras su publicación el 8 de octubre.
Imagen: Transeúntes se reflejan en un tablero de cotizaciones de una correduría en Tokio, Japón, 29 de septiembre de 2015. REUTERS/Issei Kato



