El desarrollo financiero suele malinterpretarse como concepto. Para muchos significa aumentar la sofisticación de una economía para que pueda gestionar el tipo de productos financieros que son complejos y lucrativos, pero muy alejados de la vida de una persona media.
En realidad, el desarrollo financiero significa simplemente aumentar la capacidad: la de una persona para financiar las ambiciones de su vida, la de una empresa para prosperar y alcanzar su potencial y, en última instancia, la de una economía para prosperar y crecer.
Los bancos son fundamentales en este proceso por los productos y servicios que ofrecen y por la posición que ocupan entre prestatarios y prestamistas, al conectar depósitos a corto plazo con préstamos a largo plazo en una «transformación de vencimientos». Pero esto implica que, a medida que cambia el mundo y los hábitos de las personas con él, los bancos deben adaptar sus productos para atender las necesidades de sus clientes dondequiera que estén y como decidan operar.
Parte de la evolución de la demanda de los clientes está impulsada por la tecnología. Por ejemplo, el auge relativamente reciente de los teléfonos inteligentes ha hecho que el comportamiento de los clientes en mercados diversos converja, de modo que el joven de 20 años con dominio de la tecnología en Brasil empieza a reflejar las expectativas de sus pares en Francia o China.
Al mirar hacia el futuro de la banca, creo que seguirá estando impulsada por la forma cambiante en que los clientes eligen interactuar con los bancos y por la naturaleza cada vez más internacional de los clientes minoristas.
El dinero se mueve cada vez más rápido y las formas de acceder a él no dejan de multiplicarse. Mientras que hace apenas unos años la banca en línea y por teléfono se consideraba innovadora, en 2016 más de 500 millones de personas realizarán la mayor parte de sus operaciones bancarias desde sus teléfonos inteligentes. Si bien, hasta hace poco, transferir dinero de una cuenta a otra podía tardar hasta tres días, el número de pagos realizados en el mismo día solo en el Reino Unido ha aumentado ahora un cuarto en apenas tres meses, hasta alcanzar los 145 millones.
Además, los clientes ya no están mayoritariamente arraigados en un solo país. Esto significa que buscan productos que, por naturaleza, sean «sin fronteras». Una tarjeta de crédito que deja de funcionar en el momento en que se saca de su país de origen no sirve de nada a un viajero internacional. Del mismo modo, los productos financieros que no ofrecen a los clientes exposición a mercados fuera de su mercado nacional corren el riesgo de limitar su horizonte de inversión.
Estos cambios plantean retos considerables para los bancos, sobre todo en materia de tecnología y seguridad. Pero es necesario superarlos para mantener la capacidad de atender a los clientes, sea cual sea la forma en que decidan interactuar con los bancos, dándoles la capacidad de crecer.
Los clientes bancarios están cambiando: son cada vez más internacionales, más dinámicos y más exigentes en las formas en que pueden interactuar con los bancos. El desarrollo financiero y la innovación son esenciales para garantizar que el sector bancario pueda satisfacer las necesidades de los clientes, ahora y en el futuro.
Autor: Antonio Simoes es director regional de Banca Minorista y Gestión de Patrimonios en HSBC. Antonio se incorporó a HSBC en septiembre de 2007 como director de Estrategia del Grupo, con sede en Londres. Posteriormente, en octubre de 2009, fue nombrado director de Estrategia y Planificación del Grupo y jefe de gabinete del consejero delegado del Grupo. Antonio es máster en Administración de Empresas (MBA) con honores por la Universidad de Columbia y fue nombrado Young Global Leader por el World Economic Forum en 2009.
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